Trump recibe el alta: “No tengáis miedo del virus”

A su llegada a la Casa Blanca, el presidente se quitó la mascarilla y declaró: “Me siento bien”

Donald Trump ha abandonado el hospital a las 18:30 horas (00:30 de la madrugada en España) tras tres días ingresado en el hospital militar Walter Reed y después de recibir un tratamiento experimental para casos severos.

Una vez en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump, se quitó la máscara y se dirigió al público estadounidense en un mensaje que seguramente enfurecerá a los médicos que tratan de mantener el país a salvo: “no teman” al coronavirus" y destacó que después de pasar tres noches ingresado el hospital militar Walter Reed, tras haber dado positivo, se siente mejor “que hace 20 años”.

“He aprendido mucho sobre el coronavirus y una cosa es segura, no se dejen dominar, no tengan miedo. Lo pueden vencer. Tenemos los mejores equipos, los mejores médicos”. “Me siento muy bien, hace dos días que me siento genial, mejor que desde hace mucho tiempo, lo dije recientemente, me siento mejor que hace 20 años”, ha remarcado Trump, quien ha insistido nuevamente a los estadounidense en no dejar que el virus “tome el control” de sus vidas.

“Somos el mejor país del mundo. Volveremos, volveremos al trabajo, volveremos al frente y vuestro líder hará eso. Sé que es peligroso también, pero tengo que hacerlo. Nadie es un líder sin hacer lo que yo hice. Sé que es un riesgo, que es peligroso, pero está bien”, ha dicho.

Por último, Trump, quien ha agradecido en un primer momento el trabajo del personal médico que le trató, ha pedido a la población que continúe con sus vidas, pero teniendo cuidado, y ha anunciado que la vacuna está próxima.

Unas polémicas declaraciones que se unen al paseo de ayer, dentro de un todoterreno con conductor y miembros de seguridad, con las ventanas herméticamente cerradas. El presidente escribió que «los medios de comunicación están molestos porque me subí a un vehículo seguro para agradecer a los muchos seguidores y simpatizantes que estuvieron de pie fuera del hospital durante muchas horas, e incluso días, para presentar sus respeto a su presidente. Si no lo hiciera, los medios de comunicación me llamarían ¡¡¡GROSERO!!!». El del saludo a sus fieles, saltándose la cuarentena y acompañado, en un vehículo sellado, por dos miembros del Servicio Secreto, no ha sido el último seísmo en sacudir la Casa Blanca.

Pero pese al triunfalismo al presidente se le acumulan los incendios. El último foco ha llegado vía Kayleigh McEnany, secretaria de prensa de la Casa Blanca, que ha revelado que ha dado positivo por Covid-19.

Dos miembros de su equipo, Chad Gilmartin y Karoline Leavitt, también han enfermado. McEnany, que insiste en que es asintomática, es ya el número once en la lista de altos cargos del gobierno infectados en los últimos días.

Una de las primeras fue la asesora presidencial, Hope Hicks, que regresó con síntomas de coronavirus del primer debate, mientras el resto de la comitiva, incluido el presidente, departía en el Air Force One sin atender a ninguna de las medidas profilácticas recomendadas por los expertos que asesoran al gobierno de EE UU en su respuesta a la pandemia.

El positivo de McEnany se suma a los contagios en el círculo de Donald Trump. Desde su esposa, Melania Trump, pasando por su director de campaña, Bill Stepien, el Partido Republicano sufre bajas importantes a un mes de las elecciones presidenciales.

Asimismo, varios medios estaounidenses informan que otros trabajadores de la Casa Blanca han dado positivo. Según la prensa, Chad Gilmartin, que trabaja también en el departamento de prensa, habría dado positivo durante este fin de semana. Otra ayudante del equipo de comunicaciones, Karoline Leavitt, así como otros miembros de medio nivel del Gabinete, han dado positivo en covid-19.

La secretaria de prensa ha asegurado que inicia su cuarentena. Posiblemente igual que los dos agentes del Servicio Secreto obligados a acompañar al presidente en un un vehículo blindado y sellado. Empeñado en saludar a sus admiradores, congregados en las puertas del Centro Médico Walter Reed, Trump hizo un cameo desde el SUV acorazado y desató la enésima galerna.

«Esto es una locura», escribió en Twitter el doctor de urgencias del Walter Reed, James Phillips, adscrito también a la Universidad de Washington, «Cada persona en el vehículo durante ese “paseo” presidencial completamente innecesario ahora tiene que ser puesta en cuarentena durante 14 días. Pueden enfermar. Pueden morir. Por un teatro político. Enviados por Trump a arriesgar sus vidas por teatro».

Poco después añadía que «Ese SUV presidencial no está sólo a prueba de balas, sino que está sellado herméticamente contra ataques químicos. El riesgo de transmisión de Covid-19 en el interior es tan alto como el de acometer un procedimiento médico. La irresponsabilidad es asombrosa. Mis pensamientos están con el Servicio Secreto obligado a participar».

Tratamiento para casos graves

El paseo de un Trump que había recibido el esteroide dexametasona, generalmente indicado para pacientes de Covid-19 severo, ha sido criticado por numerosos expertos.

Así, en la cadena NBC, la doctora Esther Choo, de la Universidad de Ciencias y Salud de Oregon, exclamó «Me enferma verlo de cerca con otros en ese automóvil». Y la profesora de la Universidad de Nueva York, Céline Gounder, experta en enfermedades infecciosas lo culpó de «poner en riesgo la salud de los demás».

La actitud de Trump, y el hecho de que hubiera recibido permiso para saltarse la cuarentena, destaca incluso más al considerar que la propia Casa Blanca había señalado el sábado que la primera dama, Melania Trump, que también dio positivo por coronavirus, no visitará a Trump para evitar poner en riesgo a terceras personas. Como le dijo un empleado del Gobierno a la NBC, «Tiene Covid», dijo, «Eso expondría a los agentes que la llevarían allí y al personal médico que la acompañaría hasta el presidente».

A la estrategia para salir de esta crisis también le persiguen las contradictorias declaraciones efectuadas por el equipo médico a lo largo de las últimas horas. El médico de la Casa Blanca, Sean Conley, ha contradicho la versión oficial, asegurando que Trump fue diagnosticado muchas horas antes de hacerlo público, negó que hubiera recibido oxígeno y luego admitió que le fue administrado en dos ocasiones, y en general pintó un panorama luminoso al tiempo que el sábado una fuente cercana al presidente enviaba a la prensa una nota, que nadie contradijo, para informar siguientes 48 horas serían cruciales y que el estado de salud del presidente distaba de ser tranquilizador.

Conley también admitió el domingo que el presidente sufrió dos descensos en la la saturación del oxígeno en sangre. Sometido al creciente escrutinio de los medios, Conley se ha justificado explicando que intentó «reflejar la actitud optimista que han mantenido el equipo y el presidente durante el curso de su enfermedad. No quise dar ninguna información que pudiera desviar este curso en otra dirección. Y al hacerlo, ya saben, pareció que tratábamos de ocultar algo».

Sin información al Congreso

Tampoco ayudan a serenar las aguas las declaraciones de Nancy Pelosi, presidente del Congreso y tercera autoridad estatal. Encargada por la Constitución de tomar las riendas del gobierno en el caso de que tanto el presidente como el vicepresidente no pudieran complir con su cometido, Pelosi ha comentado en varias ocasiones que toda la información que ha recibido respecto al estado de salud del presidente le ha llegado a través de los medios de comunicación. Nadie se habría dirigido a ella y nadie sabe, más allá de la Casa Blanca y el equipo de médicos de Walter Reed, cuál ha sido la situación real durante el fin de semana.

La presión del presidente

Aunque sí ha trascendido que Trump vivió con creciente angustia los primeros síntomas de la enfermedad. El presidente habría expresado en varias ocasiones su vehemente deseo de recibir el alta e incluso habría presionado para lograrla el pasado domingo.

No es sólo la natural inclinación de cualquiera por reponerse y recuperar la normalidad, sino, sobre todo, la urgencia de un político, agudamente consciente de su imagen, de proyectar una imagen resplandeciente. Algo muy necesario cuando apenas restan 30 días de campaña y parece claro que al menos la mitad de estos los sufrirá en algo más o menos parecido a un confinamiento. Y un revulsivo de imagen doblemente necesario mientras los modelos matemáticos más prestigiosos predicen el recrudecimiento de la epidemia a medida que llegue el invierno.

Con 7,4 millones de positivos y 210.000 muertos los modelos proyectan entre 2.700 y 8.600 muertos semanales entre el sábado 17 y el sábado 24 de octubre. Y el modelo de la Universidad de Washington proyecta hasta miles de muertes diarias en diciembre y enero.

Unas cifras que por su magnitud podrían aproximarse a las de la gripe española de 1918. Quizá para poner un poco de sensatez y calma al caos vivido en estos últimas horas la primera dama, Melania Trump, ha dado las gracias por todas «las oraciones y el apoyo». «Me siento bien y seguiré descansando en casa», asegura, «Gracias al personal médico y a todos los cuidadores, y mis continuas oraciones por aquellos que están enfermos o tienen un familiar afectado por el virus».

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