El experimento del voto por correo en las elecciones americanas

La pandemia del coronavirus ha disparado este sistema de votación a distancia en cinco estados pero en otros 16 las autoridades exigen una “justificación”

El voto por correo es ya el voto más deseado y polémico en 2020. Históricamente minoritario en estados como Nueva York, el coronavirus y el miedo a multiplicar los contagios han aconsejado a millones de electores a enviar la papeleta con semanas de antelación. Para entender los múltiples problemas asociados hay que saber, tal y como explicaba el analista Nathaniel Rakich en un vídeo reciente para la web FiveThirtyEight, cinco estados ya votan mayoritariamente por correo, Washington, Oregon, Hawaii, Utah, Colorado. Otros 29 estados permiten hacerlo previa petición de la papeleta. Pero en los restantes 16 resulta imperativo añadir una justificación que los oficiales al cargo consideren fundada.

En un país de violentas diferencias sociales y culturales, donde los segmentos de la población más desfavorecidos rara vez viven incorporados al mainstream burocrático, resulta razonable suponer la magnitud del reto.

Más importante todavía, los estados cuyos electores siempre han votado de forma mayoritaria de forma presencial carecen de la infraestructura necesaria para garantizar que el proceso fluya sin problemas. Rakich le pone números a la inversión necesaria para contratar a todos los empleados necesarios y reforzar las herramientas disponibles: nada menos que 1.400 millones de dólares.

Muchos en la contienda, y especialmente los candidatos republicanos, contemplan con evidente recelo la hipótesis de un voto por correo masivo. Lo avisó el mismísimo presidente, Donald Trump, el pasado abril: «Los republicanos deberían de luchar duramente cuando se trata de votar por correo en todo el país. Los demócratas lo reclaman. Tiene tremendo potencial para el fraude electoral, y por alguna razón, no funciona bien para los republicanos».

Ciertamente las acusaciones de Trump responden a una de sus viejas obsesiones. Nadie ha demostrado nunca que el voto por correo en EE UU sea más susceptible de ser adulterado. Da igual. La acusación encaja con facilidad en las nunca fundamentadas acusaciones de estafa electoral que Trump viene repitiendo desde las primarias republicanas en 2016. Pero que Trump exagere o mienta no significa, en absoluto, que el voto por correo logre resolverse con éxito.

Basta con recordar lo sucedido en los caucus demócratas de Iowa: el sistema colapsó, las asambleas eran incapaces de contar sus votos, hubo acusaciones cruzadas de fraude, baile de ganadores, y finalmente los resultados definitivos tardaron días en llegar. Para entonces el descrédito era tan grande que los republicanos hacían mofa de sus rivales y plantearon de forma directa si unas presidenciales dominadas por el voto por correo no podrían transformarse en un caos inmanejable.

Un presagio que redobla su sombra ominosa si las autoridades locales no se comprometen para garantizar los resultados, mientras las incertidumbres crecían cuando la Casa Blanca le declaró la guerra al Servicio Nacional de Correos. Trump acusaba a la venerable institución de tratar demasiado bien a Amazon, propiedad de Jeff Bezos, uno de sus archienemigos, dueño del Washington Post.

Con este panorama el hecho de que millones de estadounidenses ya hayan enviado su voto podría perjudicar a quienes, en teoría, más podrían beneficiarse: dada la distinta percepción de los riesgos de la epidemia entre los electores demócratas y republicanos parece razonable suponer que muchos de los primeros optaron por el correo mientras que los segundos esperan al 3 de noviembre. Los resultados de esa noche pueden favorecer claramente a Trump. Y está por ver que la descomunal montaña de votos que será computada en los siguientes días al cierre de las urnas, buena parte de los cuales se presupone que favorables a Joe Biden, pueda incorporarse sin mediar un enjambre de demandas.

La carrera de los 270 votos electorales

Más allá los observadores harán bien en recordar que en EE UU impera un sistema de voto que no necesariamente concede la victoria al candidato que reuna más papeletas. De hecho en 2016 Trump perdió el voto popular por tres millones de papeletas frente a Hillary Clinton. No importo, pues la victoria hay que jugársela en los colegios electorales, que conceden una serie de escaños por Estado. Y ahí Trump sacó 304 por los 227 de Hillary. Con la mayoría fijada en los 270, todas las miradas están puestas en Florida y Arizona, que pueden pasarse del lado azul, así como en Pensilvania, Michigan y Wisconsin, donde hace cuatro años Trump obtuvo una victoria tan ajustada como histórica.

Ahora mismo Joe Biden lidera holgadamente las encuestas de muchos de estos estados. Con las encuestas técnicamente empatadas en lugares tan tradicionalmente republicanos como Georgia (49,7% para Biden y 49.5% para Trump), Carolina del Norte (50,9% Biden y 48,4% Trump), Arizona (50,9% Biden ) y Florida (51,3% Biden y 47,9% Trump) la noche del 3 posiblemente durará más, mucho más que las tradicionales 24 horas.

La gran esperanza de Trump, más allá de los miles de recursos que parecen inevitables, y de lo que finalmente pueda decidir el Tribunal Supremo, es que sus rivales, capitaneados por sus guerreros woke, incendien de nuevo las calles. O sea, que a los lomos de BLM y Antifa conviertan unas elecciones centradas en la crisis sanitaria y económica en otras, mucho más ideológicas, enconadas y sucias, donde el actual presidente juegue de forma decisiva la carta nixoniana (Ley y Orden) mientras los radicales del otro lado reclaman la disolución de la policía y el advenimiento de una siniestra república identitaria.