Guerra de trincheras en Karabaj, donde el Kalashnikov es el arma más utilizada

Lo que más preocupa a los soldados armenios y también a los civiles en la retaguardia son los drones de combate

Los combates en algunos sectores del frente en Nagorno Karabaj recuerdan a la guerra de trincheras de la I Guerra Mundial, donde los enemigos están separados por unos centenares de metros, solo que en esta ocasión el arma más utilizada es el fusil Kaláshnikov. “Es mi primera guerra”, comentó a Efe Grisha, un barbudo soldado armenio destinado a una trinchera en el frente central del enclave separatista.

Veteranos de la guerra de los Cuatro Días (2016), reclutas y voluntarios integran esta guarnición militar que tiene a tiro al enemigo, aunque su misión es clara, defender sus posiciones hasta el último cartucho. Para ello, el Ejército armenio construyó un laberinto de trincheras de varios kilómetros de largo, cuyo objetivo es impedir el avance azerbaiyano hacia Stepanakert, capital karabají.

Fortificadas como en la primera contienda mundial, las trincheras incluyen búnkeres, torretas de observación, posiciones de tiro y casetas para el descanso de los soldados. Las paredes están reforzadas con paño y alambre para evitar derrumbes, mientras el suelo está cubierto de piedra en previsión de lluvia y nieve, que harían impracticable el paso a través de las trincheras.

Las casetas, levantadas con bloques de piedra en medio de una zona desértica, son rudimentarias por fuera y simples en su interior, donde sólo hay camastros de hierro. Y es que aquí no hay donde esconderse. Es un campo abierto, donde hay ni rastro de árboles. Cruzar las líneas enemigas exigiría recorrer un campo de minas.

Además, las trincheras están protegidas por alambradas, donde los armenios colgaron latas para llamar la atención en caso de incursión enemiga. En esta zona, la línea del frente es inamovible. Y es que ésta es una guerra de desgaste en la que el invierno dictará sentencia e, irremediablemente, minará la moral de los soldados de ambos bandos.

Una carretera permite recorrer las trincheras en coche, aunque hay que tener cuidado, ya que el adversario recurre no sólo a Kaláshnikov, sino también a misiles antitanque, lanzagranadas, cañones de gran calibre y lanzaderas múltiples de misiles Grad.

ENEMIGO A LA VISTA

“Ya hemos aprendido a combatir de día y de noche”, explica ufano Grisha, quien llegó al frente el mismo día en que se iniciaron las hostilidades, el 27 de septiembre. Aunque nadie cree que ésta sea una guerra religiosa, se enorgullece al mostrar un tatuaje con una cruz, ya que los armenios fueron el primer pueblo en adoptar el cristianismo como religión oficial.

El enemigo está a la vista. Se oyen disparos y lanzamientos de mortero. Los soldados armenios deben de estar siempre listos para el combate. Aunque lo que más preocupa a los soldados armenios y también a los civiles en la retaguardia son los drones de combate, como los que destruyeron una batería en el sur del Karabaj.

Cuando llegaron los reporteros, aún podía verse el humo del impacto y un buen número de proyectiles desperdigados, mientras en las inmediaciones una piara de cerdos comía sin inmutarse los restos de las conservas abandonadas por los soldados.

Cada cien metros hay un destacamento de entre 15 a 20 hombres. Todos, en un bando y en el otro, están equipados con el omnipresente Kaláshnikov, el fusil más utilizado en todo el mundo, que nunca se encasquilla y aguanta tanto el frío como la lluvia. En los descansos de las guardias aprovechan para hacer ejercicio. Tienen una barra fija para hacer dominadas, neumáticos y unas pesas caseras.

CRUCES BLANCAS

Ludwig es voluntario. Dice que se enroló para apoyar a los más jóvenes. Le preocupa lo que ocurre en otras partes del frente, especialmente en el sur, pero confía en sus comandantes. Muchos de los presentes han pedido que les movilicen a otros sectores del frente para entrar en acción, aunque Ludwig asegura que sólo mata en defensa propia.

No odia a los azerbaiyanos, pero sí cree que alguien en Bakú les está llevando por el mal camino. Eso sí, quieren que el mundo reconozca cuanto antes la independencia del territorio. Todos llevan cruces blancas en sus uniformes, tradición heredada de la primera guerra (1992-1994). Además, es un inmejorable medio de identificación rápida en combate.

El más joven de los soldados es Vague, que dice tener 18 años, aunque es un joven barbilampiño que llegó al frente hace sólo mes y medio. No puede vivir sin su móvil, donde descarga música para matar el tiempo. Fue llamado a filas justo antes del estallido del conflicto. Sus compañeros de batallas dicen que estaba perdido al principio, pero ahora ya sabe lo que tiene que hacer en cada momento. “Lucho por nuestra patria, por nuestra familia, nuestro pueblo y por la libertad”, asegura Grisha, el alma del batallón.