Arizona, nuevo campo de batalla de cara al 3-N

Trump lanza una ofensiva en este estado sureño para evitar que caiga del lado azul

Seguidores del presidente Trump esperan su llegada para participar en un mitin en Phoenix
Seguidores del presidente Trump esperan su llegada para participar en un mitin en PhoenixAlex BrandonAP

Los mítines de Donald Trump en Arizona tienen algo de maniobra de reanimación. La caravana de coches que este fin de semana saludaba la llegada del presidente olía a gran espectáculo televisivo, pero también a masaje cardiopulmonar ligeramente desesperado. Un RCP en toda la regla para una campaña amenazada con perder un estado crucial. Trump, que venía de sendos actos electorales en California y Nevada, mantiene el ánimo intacto. De hecho ha asegurado que si le hubieran preguntado hace dos semanas habría tenido dudas respecto a la posibilidad de victoria.

Pero que ahora mismo está convencido. Y al hilo de las informaciones publicadas por el New York Post sobre Hunter Biden, hijo del exvicepresidente, ha afirmado que «Joe Biden es un político corrupto y todo el mundo lo sabe. Ahora tiene la prueba, tal vez como nunca antes se había tenido en un político importante. ¡Este es el segundo escándalo político más grande de nuestra historia!». El primero claro está, debe de ser el del supuesto espionaje por parte del FBI y los servicios secretos a su campaña en 2016. O quizá se refiera al fraude electoral masivo del que viene avisando desde hace años. O a la teóricamente falsificada partida de nacimiento de Barack Obama. En el mundo de Trump los titulares grandiosos y las acusaciones hiperbólicas desfilan a tal velocidad que cuesta seguirles el ritmo.

Lo que sí es seguro es que nadie en el partido republicano pensó que Arizona pudiera estar en juego. Al fin de cuentas el propio Trump le sacó 90.000 votos a Hillary Clinton hace cuatro años, algo más de 3 puntos porcentuales. Es cierto que Joe Biden ni siquiera necesita ganar allí para asegurarse la Casa Blanca. Teóricamente le basta con asegurar estados como Wisconsin (52.9 para Biden y 46,2 para Trump), Michigan (53,4% Biden y 44,5% Trump), Pennsylvania (52,8% Biden y 46,5% Trump) o Nevada (52,7% Biden y 45,7% Trump).

Ya Arizona (50,9% Biden por 47,8 Trump), Florida (51,3% Biden y 47,9% Trump), Carolina del Norte (50,9% Biden y 48,3% Trump) o Georgia (49,5% Biden y 49,7% Trump) constituirían la guinda de una victoria que, entonces sí, resultaría estruendosa. Hay que tener en cuenta que estos no son sondeos particulares, sino resultados predecidos por modelos matemáticos como el FivethirthyEight, que simulan los resultados de las elecciones 40.000 veces tras verter los resultados de las últimas encuestas y añadir toda suerte de variables.

Si atendemos a las últimas encuestas, entonces la ventaja de Biden va con comodidad de los 5 a los 12 puntos porcentuales; dependiendo de la empresa. Sin duda el precedente de 2016 provoca que muchos votantes contemplen con justificada desconfianza los análisis. Pero si Trump repite la hazaña de entonces a lo mejor habrá llegado el momento para que las empresas de sondeos, que juran haber aprendido de la debacle, afronten algo así como una reinvención radical. Una cosa es que Trump acumule un voto oculto que puede variar en proporción dependiendo de quién haga el estudio y otra, muy distinta, que semejante bolsa le proporcione una victoria a día de hoy más que sorprendente.

En el caso de Arizona hay que remontarse a casi un cuarto de siglo para encontrar una victoria del candidato demócrata en el Estado: sucedió en 1996, cuando Bill Clinton en apenas 31.000 papeletas a un candidato tan poco carismático como Bob Dole. Ni siquiera logró ganar allí el Obama de 2008, que arrasó a nivel nacional y sin embargo perdió Arizona frente a John McCain por casi 200.000 votos y más de 8 puntos porcentuales. Antes de Clinton toca viajar hasta 1948, cuando el estado apenas concedía 4 votos electorales, para encontrar a un triunfal Harry S. Truman y, antes de él, durante la Gran Depresión y la II Guerra Mundial, a Franklin Delano Roosevelt.

Pero Arizona, con sus 11 votos electorales, empieza a alejarse de la sombra del empate técnico. La suma de los últimos sondeos arroja un 50,9% de votos favorables para Biden por el 47,8% que dice apostar por el actual presidente. Al menos a los asesores electorales de Trump les cabe el consuelo de que la pandemia por coronavirus parece haber aflojado su garra terrible sobre un Estado que llegó a registrar cerca de 5.000 positivos diarios a principios del mes de julio. Y la cuestión de la enfermedad no es baladí. EE.UU. cabalga a lomos de las peores cifras de contagios desde que empezó la pandemia y los expertos pronostican que las próximas semanas pueden resultar devastadoras.

De no haber mediado el virus es muy posible que Trump no estuviera cerca de perder las elecciones, por mucho que en lugares como Arizona la base electoral, más heterogénea y mestiza, haya mutado en los últimos tiempos. Pero el coronavirus llegó para quedarse y su sombra de muerte y decadencia resulta ya inescapable.