Revitalizar el orden liberal

Sea cual sea el resultado del martes urge recomponer el vínculo transatlántico como contrapeso a las potencias autoritarias

Republicanos y demócratas coinciden en pocas cosas pero una de ellas es la excepcionalidad de las elecciones presidenciales del próximo martes. La polarización, una vieja dolencia americana, se ha disparado hasta el extremo por el histrionismo del presidente Donald Trump, que suscita adoración entre sus seguidores y un rechazo casi hostil entre sus detractores. La pandemia del coronavirus ha añadido tensiones sanitarias y económicas extra que alteran el curso de estas elecciones presidenciales sin precedentes.

Los sondeos otorgan una amplia ventaja al candidato demócrata, Joe Biden, pero quien puede confiar ciegamente en esta ciencia demoscópica después del fiasco de 2016, en el que no supieron anticipar el sonado triunfo de Trump. La inesperada conexión entre un multimillonario neoyorquino y la América popular y conservadora sigue vigorosa cuatro años después. La gran diferencia en estos comicios es el sustancial aumento del voto anticipado y por correo por el miedo al coronavirus. A dos días de las elecciones, más de 80 millones de votantes han depositado su papeleta, lo que supone que un tercio del electorado ya habría cumplido con su obligación democrática.

Dada la campaña de Trump contra el voto por correo se puede deducir que gran parte de esos sobres corresponden al Partido Demócrata. Hablamos de ciudadanos preocupados por el virus que optan por este sistema para reducir los contactos sociales y las posibilidades de contagio. Una actitud que casa poco con el discurso negacionista del presidente republicano. Estos datos, además, avanzan una participación récord que, a priori, también beneficiaría a los demócratas. Los expertos creen que el martes se pueden alcanzar los 150 millones de papeletas, la cifra más alta desde 1908. Este voto masivo devolvería la vitalidad y el brío a la democracia en América.

Por todas estas circunstancias nos encontramos ante la carrera más abierta y apasionante de la historia reciente de Estados Unidos. En Washington nadie descarta que la contienda sea tan ajustada que lleguemos al miércoles sin un ganador claro y haya que esperar al voto por correo. Podría ocurrir como en el año 2000 con la discutida batalla por Florida entre Bush hijo y Al Gore. Ganó el republicano por medio millar de votos mediante la intervención del Tribunal Supremo. Trump cuenta con un tribunal favorable con la reciente incorporación de la juez Amy Barrett. Pero ésta ya advirtió que se regiría por la Ley y no por sus creencias. Veremos.

Sea cual sea el resultado en las urnas, la recuperación de las relaciones transatlánticas debe ser prioritaria. Una victoria de Biden facilitaría las cosas, pero los europeos no deben confiarse en exceso. Una presidencia demócrata romperá con la estrategia de desestabilización de la Unión Europea y de los aliados de la OTAN cristalizada con el repliegue de 9.500 soldados de Alemania. Probablemente retome los grandes consensos internacionales como el Acuerdo del Clima de París o el Acuerdo Nuclear de Irán (JCPOA, en sus siglas en inglés) y regrese a los foros multilaterales como el Pacto Mundial por las Migraciones o la UNESCO para devolverles vitalidad.

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La disputa comercial y la guerra de aranceles aparece como un dossier aparte. El levantamiento de las tarifas impuestas por Estados Unidos a los países de la Unión Europea tras el conflicto abierto por los subsidios que recibió la europea Airbus frente a la estadounidense Boeing será más complicado. También está pendiente el caso de los aranceles a la aceituna de mesa española por la denuncia de los productores californianos y que han provocado un desplome de las exportaciones. Desde la AmChamSpain se espera que las autoridades europeas y estadounidenses puedan sentarse en la mesa de negociación y llegar pronto a algún acuerdo. La Administración Biden será más proclive a un entendimiento de lo que ha sido hasta ahora la Administración Trump. Pero como me advierte un diplomático francés los demócratas deberán demostrar antes de que el giro a Asia («pivot to Asia», en inglés) conceptualizado por Barack Obama cuando Biden era vicepresidente no significa «dar la espalda a la Unión Europea».

En este sentido, Pol Morillas, director del CIDOB, destaca que Estados Unidos es una potencia en transformación y que los europeos no podemos pretender que vuelva al pasado. «La responsabilidad sobre un mayor protagonismo geopolítico recae en este lado del Atlántico. El refuerzo del pilar europeo de la OTAN, el desarrollo de capacidades en defensa vía la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) o la coherencia de los instrumentos de acción exterior (seguridad, defensa, comercio o política industrial y tecnológica) dependen en primera instancia de la voluntad política de los Estados miembros», sostiene Morillas.

La pinza EE UU y Europa

En la adversidad también surgen las oportunidades y en el contexto de la pugna entre Estados Unidos y China por la hegemonía global, la Unión Europea se presenta como el único socio fiable para garantizar el orden liberal en el siglo XXI. El vínculo transatlántico debe servir de contrapeso a los autoritarismos de Xi Jinping, Putin o Erdogan.

En estos momentos, me recuerda el diplomático francés, el principal temor de Pekín es una alianza entre la UE y EE UU en su contra. Por tanto, una asociación estratégica más estrecha podría ser eficaz contra el gigante asiático. Eso sí, queda por ver si los europeos preocupados por su autonomía estratégica y los americanos más centrados en el Pacífico realmente lo quieren.