Trump y Biden pelean voto a voto en una jornada electoral de infarto

El recuento podría alargarse durante días debido a la avalancha de papeletas por correo. Los candidatos apuran la jornada electoral para hacer campaña en los Estados clave

Elecciones EE.UUAgencias La Razón

EE UU llegó a las elecciones presidenciales del 3 de noviembre con unas cifras de participación históricas. Hasta el punto de que horas antes de que abrieran los primeros colegios electorales en la Costa Este el número total de votos, 99,7 millones, ya suponía el 72,2% del total en 2016, 138 millones de votos. La participación, récord, parecía venir de ambos lados del espectro político. 35,7 millones de personas habían votado ya en persona, en los lugares que permiten votar por adelantado, y otros 63,9 millones lo habían hecho por correo.

Resultaba impresionante que considerar que en estados como Texas, por vez primera disputado después de años de férreo control republicano, antes de que amaneciera la jornada del 3 ya habían votado más personas que en 2016. Y según todos las encuestas disponibles los demócratas fueron más proclives a votar primero que los republicanos. Pero el maremoto de papeletas anticipadas, especialmente las que llegaron por correo, también anticipaba futuros problemas: nadie sabe cuántas de estas acabarán en la basura, pero hay casos, como el registrado en Pensilvania, donde los jueces desestimaron los votos por correo que no vayan envueltos en un segundo sobre.

Una medida de seguridad extra que tradicionalmente quedaba en manos de los condados locales y que de extenderse amenaza con relegar las papeletas de los más descuidados, que no por casualidad suelen ser los votantes con un menor nivel educativo. Demandas similares, en Texas, fueron recibidas de forma opuesta por los tribunales. Así, un juez federal rechazó la petición republicana de que fueran desechados cerca de 130.000 votos emitidos en los llamados drive-thru, que permiten votar sin bajarse del coche por mor de los peligros asociados a la pandemia del coronavirus.

Y el Tribunal Supremo de Texas falló en un sentido similar apenas 24 horas antes. Pero puede que apenas sea el anticipo de las innumerables batallas legales pronosticadas para los próximos días. Unas guerras por la validez de los votos emitidos que podría aparcar frente a los jueces del Tribunal Supremo. Y mientras era casi seguro que Joe Biden necesitaba ganar por un mínimo de seis puntos del voto popular para cimentar la victoria, simuladores como el de Nate Silver en el influyente FiveThirhyEight dejaban claro que si ganaba el voto popular por menos de 3 puntos el triunfo real, el que dictamina la suma de los colegios electorales, caería del lado de Trump.

Los dos candidatos habían cerrado sus respectivas campañas con una última salva de comparecencias, mítines, entrevistas, publicidad y viajes. El último empujón de la campaña más atípica que nadie pueda recordar, marcada por la brutal disrupción que supuso el coronavirus lo había dado Trump con una serie de mítines en emblemáticos y disputados como Grand Rapids, Michigan, donde recordó la victoria de 2016. Entrevistado en la cadena Fox, en el programa Fox & Friends, rechazó que pensara proclamarse vencedor antes de tiempo, sin tener detrás los votos contantes y sonantes que lo demuestran. Con la voz enronquecida, quebrada de una recta final de verdadero infarto, derrochaba tanta confianza como cansancio.

Antes, en redes sociales, había agradecido a todos sus seguidores por su apoyo constante, prometió que los anhelos de sus votantes son los suyos propios y auguró otros cuatro años de proyecto político en pos del Make America Great Again. Y en una parrafada que resume todo lo que significa el populismo, comentó que «El “depravado pantano” [por Washington D.C.] ha tratado de detenerme porque sabe que no respondo ante ellos y sí ante vosotros. Juntos, venceremos al corrupto establishment, DESTRONAREMOS a una clase política fallida, drenaremos el pantano de Washington salvaremos EL SUEÑO AMERICANO».

La gran esperanza del presidente pasaba porque el coronavirus y sus plagas asociadas quedaran enterradas por las buenos números macroeconómicos de los primeros tres años de su presidencia, su pretensión de reflotar la industria pesada estadounidense y su teórica enmienda a un orden mundial encabezado por una China a la que siempre ha acusado de esquilmar al trabajador estadounidense. En ese sentido su mensaje y su programa no quedaba muy lejos del de un Bernie Sanders que también criticaba los acuerdos de libre comercio y culpa a la globalización y los neoliberales de haber destruido el tejido económico y social de los Estados Unidos no volcados a la alta tecnología y la educación de y para las élites.

Joe Biden, en cambio, representaba en más de un sentido la conexión no sólo con las políticas demócratas entre 2008 y 2016, sino también con la visión multilateral y volcada la política mundial y el liderazgo internacional abanderada por los republicanos hasta la victoria de hace cuatro años. En Pensilvania, el Estado que necesitaba ganar para no quedar a merced de otros territorios mucho más dudosos, como Florida o Texas, Biden dio un discurso final esperanzado y cauto. «Mañana es el comienzo de un nuevo día», dijo en Pittsburgh, para a continuación enfatizar su certidumbre en la victoria.

Acompañado por la cantante Lady Gaga, que pidió el voto para el hombre que fue vicepresidente con Barack Obama, Biden prometió trabajar para un futuro capaz de superar la atroz brecha entre rojos y azules, habló de cicatrizar las llagas sectarias y juró que pondría coto desde el primer día a un coronavirus que sigue desatado. Que sea capaz de lograrlo está por ver, pero que el virus respiratorio avanza imparable es algo que nadie puede discutir. El primer martes después del primer lunes de noviembre recibió a millones de votantes mientras las radios y televisiones recuerdan que son ya 9.380.000 los positivos detectados, 93.300 el último día, y 231.000 fallecidos, 539 el 2 de noviembre. Para dentro de un par de semanas las predicciones apuntan a la posibilidad de cerca de 2.000 muertos diarios.

Una de las obsesiones de Biden durante sus mítines de Pensilvania fue la de asegurar que entre sus planes no está la prohibición del fracking, la salvación de la economía local estos últimos años, por más que dentro de los demócratas abundan las voces, especialmente las situadas más a la izquierda, que llevan tiempo hablando de ponerle coto. A continuación afirmar que su rival «piensa que Wall Street construyó Estados Unidos. Wall Street no construyó Estados Unidos. La clase media construyó Estados Unidos y los sindicatos construyeron la clase media». Un mensaje que también había repetido en Ohio, mientras Trump, de

Carolina del Norte a Pensilvania, de Michigan a Wisconsin, vaticina malos tiempos para los trabajadores estadounidenses si su oponente, al que volvió a tachar de inútil, viejo y vendido, alcanzaba el Despacho Oval. La gran preocupación republicana ha sido que sus votantes no caigan en la desesperanza proyectada por los sondeos y salgan masivamente; los demócratas, por su lado, trataban de compensar el previsible crecimiento del voto republicano el día de las elecciones animando a los votantes negros e hispanos, que se han mostrado más renuentes en su apoyo a Joe Biden que lo que hicieron en 2016 y, por supuesto, 2012 y 2008 con, respectivamente, Hillary Clinton y Obama.

Estados Unidos, América como acostumbran a decir, votaba hoy con colas infinitas delante de los colegios electorales, con muchos comercios tapiados por el miedo a posibles disturbios y sometida al rompecabezas de los distintos usos horarios, que provocan que en unos estados las votaciones sigan mientras que en otros arranca el desfile de ganadores y perdedores.