Trump se autoproclama vencedor y denuncia fraude

Florida, uno de los estados que todos codiciaban, sonreía al republicano gracias a la pobre actuación de Biden en el condado de Miami. El voto latino habría abandonado a los demócratas

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha asegurado que ha “ganado” las elecciones presidenciales estadounidenses, al tiempo que ha denunciado que se ha producido “un importante fraude” en los comicios y que se plantea recurrir los resultados ante el Tribunal Supremo.

“Francamente hemos ganado las elecciones”, ha asegurado el presidente norteamericano, en una comparecencia ante la prensa cuando todavía no se ha cerrado el recuento en la mayoría de los estados bisagra, los territorios en los que finalmente se decide la victoria en el Colegio Electoral, que elige en última instancia el ganador de las presidenciales. “Esto es un fraude al público estadounidense”, ha denunciado el mandatario estadounidense, tras destacar varias de sus victorias en diferentes estados y después de asegurar que tras esos triunfos el proceso electoral se ha parado. “Es un momento muy triste”, ha afirmado.

El mandatario estadounidense ha dicho que, como él ya había vaticinado, tendrá que recurrir los resultados ante el Tribunal Supremo y ha asegurado que “todas las votaciones tienen que terminar”. “En lo que a mí concierne, nosotros ya hemos ganado”, ha proclamado.

Cuando Trump habló, tenía garantizados solo 213 delegados de los 270 que necesita en el Colegio Electoral para lograr un segundo mandato, frente a los 224 que acumulaba Biden. Los estados clave de Pensilvania, Michigan y Wisconsin avisaron de que necesitarían más horas e incluso días para contar todos los votos, debido en parte al aumento del volumen de voto por correo a raíz de la pandemia.

Poco a poco la noche comenzaba a parecerse a la de 2016. Los mercados y las casas de apuestas vaticinan una victoria de Donald Trump mientras estados clave iban cayendo del lado del actual presidente.

La campaña del candidato presidencial demócrata Joe Biden no tardó mucho en responder, asegurando que sus equipos legales están listos si el presidente cumple su amenaza de ir a los tribunales para tratar de detener el recuento de votos.

Florida, uno de los que todos codiciaban, sonreía a Trump gracias a la relativamente pobre actuación de Joe Biden en el condado de Miami. La explicación, el voto latino, que habría abandonado a los demócratas en unos números que nadie había previsto. Texas también seguía en manos republicanas. Igual que Ohio, Georgia, Wyoming, Missouri, Kentucky, Oklahoma y Mississippi. En cambio Vermont, Nueva York, Massachusetts, Delaware, Maryland, Washington, California y Oregón se teñían de azul. La batalla, finalmente, estaba de nuevo en lo que fue un muro demócrata hasta que 2016 y la irrupción de Trump. Pensilvania, Michigan y Wisconsin decidirán las elecciones. Siempre y cuando Joe Biden fuera capaz de ganar en Arizona, algo que no sucedía desde los días de Bill Clinton, y que parecía a punto de lograr.

Lejos de ser una carrera arrolladora, la noche electoral ha cumplido con la máxima anunciada por una de las últimas encuestas publicadas, la del Wall Street Journal y la NBC, que daba una ventaja a nivel nacional de 10 puntos en favor del ex vicepresidente al tiempo que dejaba en un empate virtual casi todos los estados claves. Tan cerca los dos candidatos que la distancia entraba dentro del margen de error. Y con muchas horas por delante todavía para contar los votos por correo y los votos adelantados en algunos de los suburbios más poblados de Pensilvania y Wisconsin, cualquier cosa puede pasar. Por si fuera poco, en la carrera por el Senado, decisivo para la suerte del legislativo, seguía sin dirimirse.

Lo único seguro es que EE UU había llegado a las elecciones presidenciales del 3 de noviembre con unas cifras de participación históricas. Hasta el punto de que horas antes de que abrieran los primeros colegios electorales en la Costa Este el número total de votos, 100,2 millones, ya suponía el 72,2% del total en 2016, 138 millones de votos. La participación, récord, parecía venir de ambos lados del espectro político. 35,7 millones de personas habían votado ya en persona, en los lugares que permiten votar por adelantado, y otros 63,9 millones lo habían hecho por correo. Las estimaciones hablan de que cuando todo haya terminado podrían haber votado hasta 160 millones de personas, cerca del 70% de las personas con derecho a voto. Resulta impresionante que en Texas hubieran votado más personas que en 2016 sin necesidad de contar las papeletas depositadas el 3 de noviembre. Algo similar sucedía en Washington, Colorado, Oregón, Hawai, Montana. Y según todos las encuestas disponibles los demócratas han sido más proclives a votar primero que los republicanos.

Pero el maremoto de papeletas anticipadas, especialmente las que llegaron por correo, también anticipaba futuros problemas: nadie sabe cuántas de estas acabarán en la basura. Aunque había casos, como el registrado en Pensilvania, donde los jueces desestimaron los votos por correo que no vayan envueltos en un segundo sobre. Una medida de seguridad extra que tradicionalmente quedaba en manos de los condados locales y que de extenderse amenaza con relegar las papeletas de los más descuidados, que no por casualidad suelen ser los votantes con un menor nivel educativo. Demandas similares, en Texas, fueron recibidas de forma opuesta por los tribunales. Así, un juez federal rechazó la petición republicana de que fueran desechados cerca de 130.000 votos emitidos en los llamados drive-thru, que permiten votar sin bajarse del coche por mor de los peligros asociados a la pandemia del coronavirus.

Y el Tribunal Supremo de Texas falló en un sentido similar apenas 24 horas antes. Nadie sabía si esto era el anticipo de las innumerables batallas legales pronosticadas para los próximos días. Unas guerras por la validez de los votos emitidos que podría aparcar frente a los jueces del Tribunal Supremo. Eso sí, seguía siendo seguro que Biden necesitaba ganar por un mínimo de seis puntos del voto popular para cimentar la victoria.

Los dos candidatos habían cerrado sus respectivas campañas con una última salva de comparecencias, mítines, entrevistas, publicidad y viajes. El último empujón de la campaña más atípica que nadie pueda recordar, marcada por la brutal disrupción que supuso el coronavirus lo había dado Trump con una serie de mítines en emblemáticos y disputados como Grand Rapids, Michigan, donde recordó la victoria de 2016. La gran esperanza del presidente pasaba porque el coronavirus y sus plagas asociadas quedaran enterradas por los buenos números macroeconómicos de los primeros tres años de su presidencia. Y los electores, a juzgar por los últimos sondeos, consideran que su desempeño económico ha sido óptimo.

Por su lado Joe Biden representa en más de un sentido la conexión no sólo con las políticas demócratas entre 2008 y 2016, sino también con la visión multilateral y volcada la política mundial y el liderazgo internacional abanderada por los republicanos hasta la victoria de hace cuatro años. En Pensilvania, el Estado que necesitaba ganar para no quedar a merced de otros territorios mucho más dudosos, como Florida o Texas, Biden dio un discurso final esperanzado y cauto. «Mañana es el comienzo de un nuevo día», dijo en Pittsburgh, para a continuación enfatizar su certidumbre en la victoria. Acompañado por la cantante Lady Gaga, que pidió el voto para el hombre que fue vicepresidente con Barack Obama, Biden prometió trabajar para un futuro capaz de superar la atroz brecha entre rojos y azules, habló de cicatrizar las llagas sectarias y juró que pondría coto desde el primer día a un coronavirus que sigue desatado.

La gran preocupación republicana ha sido que sus votantes no caigan en la desesperanza proyectada por los sondeos y salgan masivamente; los demócratas, por su lado, trataban de compensar el previsible crecimiento del voto republicano el día de las elecciones animando a los votantes negros e hispanos, más renuentes en su apoyo a Joe Biden que a Hillary Clinton y Barack Obama.