La “marea azul” que nunca llegó

El candidato del «establishment» no llegó a entusiasmar a una parte del partido que le veía como un vestigio del antiguo régimen muy lejos de las aspiraciones de los «millennials»

La decepción cundió entre los demócratas hace cuatro años con la severa derrota de Hillary© Jim Young / ReutersREUTERS

Nadie sabe si para los demócratas arranca la era de la unidad o la guerra civil definitiva. Una vez pasados los efectos de la noche electoral, con todos los votos contados y las cartas sobre la mesa, hay demasiadas cuitas por resolver, demasiados conflictos de ego, demasiadas políticas divergentes y dos visiones del partido que apenas si compartían el odio por Donald Trump. Una cosa es clara: Joe Biden nunca fue el candidato ideal para parte de los demócratas. Al menos no para los que consideran que congresistas como Alexandria Ocasio-Cortez representan la nueva savia del partido. Para todos aquellos que venían de navegar con Bernie Sanders y renunciaron por dos veces al sueño de su presidencia, pero mucho más para quienes abandonaron la nave de la izquierda tradicional y se embarcaron con la izquierda woke, identitaria, posmodernista y adicta a conceptos como la justicia social, Biden lucía y luce como el candidato de la continuidad. El hombre de la vieja guardia. Casi un vestigio del «ancien régime». El custodio de una forma de entender el partido muy lejos de las aspiraciones de los «millennials», los partidarios del excepcionalismo cultural, los enemigos de los anclajes demoliberales, los partidarios de la cancelación como fórmula ganadora para reescribir la historia y quienes opinan que EE UU debe dirigir con nuevo brío sus políticas educativas y sanitarias, recortar de forma radical los fondos que dedica a los cuerpos policiales y apuntar a las intervenciones en los barrios más pobres. Donald Trump, por cierto, comparte con el ala izquierda demócrata su desconfianza hacia la globalización, sus cantos proteccionistas y su aversión radical a las aventuras bélicas en el extranjero.

Y Trump no se cansó de repetir que si Biden ganaba las elecciones, dada su avanzada edad y su bien conocida aversión al conflicto, terminará por ser manipulado por los los hijos políticos e ideológicos del postestructuralismo, herederos conscientes o inconscientes de los filósofos franceses que hicieron furor en los campus universitarios estadounidenses y que poco a poco infectaron y colonizaron los consejos de administración de las grandes empresas, los principales medios de comunicación y del ala izquierda del partido demócrata. ¿Quiénes han sido entonces los aliados del ex vicepresidente? Pues muchos de los estrategas y asesores del presidente Obama, aunque no demasiados de sus votantes más jóvenes. Con Biden también están los demócratas de estados como Michigan, Wisconsin, Ohio y Pennsylvania, o sea, los trabajadores manuales, sin educación universitaria, que durante décadas formaron el núcleo esencial del partido en su vertiente obrera. Con Biden, al fin, los demócratas de raigambre bostoniana, los herederos de los discursos de John Fitzgerald Kennedy, los partidarios de unos Estados Unidos liberales en lo económico, progresivos en el enjuague de las desigualdades, partidarios de la iniciativa privada, aliados con las élites del dinero de ciudades como Nueva York, con los visionarios de las tecnológicas en Silicon Valley y con los mejores exponentes de las universidades punteras. Unos demócratas, en definitiva, que tienen mucho de Obama pero sin el carisma rotundo que encantaba a los jóvenes y sobre todo de alguien como Bill Clinton, que nunca fue de enmienda al sistema por más que patrocinase un intento de reforma sanitaria que quedó en nada. Los demócratas de Biden son los que confían en una figura como Kamala Harris, y ven con horror a los alborotadores de este verano. El cóctel, finalmente, está listo para que el partido se resetee a partir de sus dos mitades irreconciliables o que acabe por saltar por los aires, dinamitado por los rencores largo tiempo maquillados y la falta de ese enemigo común, Trump, que enmascaraba todas las divergencias y todos los odios.