El incipiente poder latino examina a Biden

La nueva Administración dispara las esperanzas de quienes sueñan con el fin de la mano dura contra la inmigración de Trump

Una persona sostiene una máscara con la imagen del presidente Donald Trump mientras espera su llegada este miércoles en West Palm Beach
Una persona sostiene una máscara con la imagen del presidente Donald Trump mientras espera su llegada este miércoles en West Palm Beach FOTO: Giorgio Viera EFE

“Nunca había visto este país tan dividido”, comenta al teléfono la venezolana Valeria Molina. Con 21 años, lleva los últimos tres en Sunrise, una típica ciudad residencial en la costa de Florida, donde ha tenido tiempo de encadenar trabajos mal pagados, conocer a su novio puertorriqueño, superar la covid-19 y recordar por qué dejó su país: “Trump se ha acabado pareciendo mucho a Chávez y a su manera de mentir para enfrentar a la gente”.

Valeria es una entre los más de 60 millones de latinos que viven en Estados Unidos, un colectivo que no para de crecer en peso e influencia y que estará muy pendiente de las decisiones del nuevo presidente, Joe Biden.

Un deseo destaca entre lo que Valeria le pide al nuevo inquilino de la Casa Blanca. “Espero que dejen de tratar a los que llegan como animales o criminales”. Una esperanza que parecen compartir los alrededor de 7.000 migrantes hondureños que partieron rumbo a Estados Unidos y se enfrentaron la semana pasada a los policías guatemaltecos que les cerraron el paso.

Pese a que sus asesores se han encargado de dejar claro que no va haber una apertura general ni manga ancha frente a los coyotes que pastorean inmigrantes clandestinos a través de la frontera con México, Biden suavizará la política de su antecesor. Entre sus primeras medidas, el nuevo presidente anunció un plan migratorio con el que quiere salvaguardar el programa DACA para indocumentados que llegaron a EE UU cuando eran niños e incluir a los migrantes «sin papeles» en el censo de población.

Pero la relación de Biden con este sector del electorado está llena de matices y contradicciones. Según los datos del Pew Research Center, Biden se quedó un punto por debajo del 66% de apoyo entre el electorado latino que alcanzó Hillary Clinton en 2016. Para analistas como Geraldo Cavada, de la Northwestern University de Illinois, esto se debió a que “los votantes latinos no fueron una prioridad” hasta bien entrada la campaña.

Pero otros, como Esmeralda Bermúdez, periodista del diario “Los Angeles Times”, señalan que “los latinos no son un monolito y el voto latino es un espejismo”. Quizá esa la explicación a que Biden perdiera en la misma noche en el condado de Miami-Dade, tradicional bastión demócrata, y se impusiera con claridad en el estado de Arizona, que había votado por los republicanos en las cinco últimas elecciones presidenciales. Los latinos, que le dieron la victoria en algunos Estados, se la arrebataron en otros.

Las elecciones probaron que el colectivo hispano es decisivo. Y lo será cada vez más, ya que se estima que cada 30 segundos un joven de origen latino alcanza la edad de votar. Pero también que es mucho más heterogéneo de lo que se tiende a pensar. Y las prioridades de un exiliado cubano que llegó a Florida en la crisis de los balseros de la década 1990 no son las de un hijo de mexicanos de los que se gradúan cada año en carreras técnicas en las universidades californianas.

Así que las expectativas y las demandas al nuevo presidente serán tan diversas como lo es el propio colectivo. Aunque Biden ya ha mostrado señales de aprecio con la designación de miembros de la familia latina para algunos puestos clave de su Administración, como el de director de Seguridad Interior, que ocupará el cubano-americano Alejandro Mayorkas, no tendrá fácil contentar a todos.

Para la influyente comunidad cubana de Florida, que concentra a algunos de los más acérrimos seguidores de Donald Trump, la firmeza frente a la Cuba castrista será, como siempre, la máxima prioridad. Si, como prevén algunos analistas, Biden intenta un nuevo acercamiento a La Habana como el de la era Obama, deberá andarse con pies de plomo para no soliviantar a los votantes de este Estado clave.

Otros especialmente sensibles a posibles concesiones a las dictaduras de signo izquierdista en América Latina serán los venezolanos, cuyo número no ha parado de aumentar por la desastrosa situación económica a la que Nicolás Maduro ha llevado a su país. Biden propuso en la campaña la concesión a los venezolanos del llamado Estatus de Protección Temporal, (TPS, por sus siglas en inglés), una medida de asilo que les permitiría residir y trabajar legalmente en el país. El Congreso estimó que 300.000 personas podrían beneficiarse de aprobarse.

Pese a su retórica agresiva contra Maduro y al apoyo a la lucha del opositor Juan Guaidó por derrocarlo, Trump siempre se resistió a conceder el TPS a los venezolanos y muchos fueron detenidos e internados en centros de reclusión de inmigrantes irregulares. Ahora, la expectativa es máxima entre ellos. “Realmente esperamos ver la concesión del TPS en el primer mes” de Biden en la Casa Blanca, dijo José Magaña-Salgado, experto en política migratoria de la ONG Red Católica para la Inmigración Legal.

En Estados petroleros como Texas, en cambio, lo que se mirará con lupa será la reforma energética y el plan contra el cambio climático del que Biden hizo bandera. Muchos de los latinos que trabajan en la industria del petróleo temen que se traduzca en la pérdida de sus empleos. Como Roberto Barrera, que le contó al “Texas Tribune” por qué votó por Trump: “Los demócratas quieren dejarme sin trabajo. ¿Qué más puedo decir?”.