Países Bajos, el primer país de la UE en votar en plena pandemia

El «premier» Mark Rutte se perfila como favorito pese a su errática gestión de la crisis sanitaria y los graves disturbios de enero contra el toque de queda

La ministra del Interior holandesa visita una iglesia de Ámsterdam convertida en colegio electoral
La ministra del Interior holandesa visita una iglesia de Ámsterdam convertida en colegio electoralKoen van WeelEFE

«Mister Teflón». Todo indica que el liberal Mark Rutte, el actual primer ministro en funciones de Países Bajos, va a hacer honor una vez más a su apodo, referido a su capacidad de permanecer impermeable a cualquier crisis. Todos los sondeos vaticinan que Rutte volverá a ganar las elecciones que se celebran el miércoles sin despeinarse demasiado, aunque formar coalición de Gobierno será más peliagudo. Algo a lo que los holandeses están más que acostumbrados.

A estas elecciones concurren nada más y nada menos que 37 partidos que se disputan los 150 escaños del Parlamento. Ningún partido es capaz de alcanzar por sí solo los 76 diputados que otorgan la mayoría absoluta.

La actual coalición de Gobierno está formada por cuatro formaciones diferentes y costó ponerla en pie siete meses tras las elecciones de marzo de 2017. Además, muchos analistas alertan sobre un hemiciclo más fragmentado que nunca, con muchos partidos con tan solo uno o dos escaños que pueden complicar aún más las cosas para constituir un Gobierno estable.

Estos próximos comicios se celebran en un momento extraordinario para el país, después de los disturbios a finales de enero, en protesta por el toque de queda para luchar contra el aumento de contagios por el coronavirus, y de que el Ejecutivo liderado por Rutte tuviera que dimitir a mediados de enero por un caso de racismo intitucionalizado, al haber perseguido a inmigrantes receptores de ayudas.

Dos factores que, a priori, podrían jugar en contra del político liberal que lleva en el poder más de una década. Pero como aseguraba el político italiano Giulio Andreotti, «no desgasta el poder, lo que desgasta es no tenerlo». Una frase que puede aplicarse a Mr. Teflón, ya que todo indica que no pagará en las urnas su errática respuesta a la pandemia.

Durante marzo de 2020, mientras otros países europeos comenzaban a ver las orejas al lobo y ponían en marcha medidas drásticas, el Gobierno holandés apostó por todo lo contrario. De hecho, muchos ciudadanos belgas cruzaron las fronteras durante los fines de semana para ir de compras, tomar una copa o disfrutar de algún plan cultural en el país vecino. La Haya defendió el denominado «confinamiento inteligente» y Rutte repitió una y otra vez la necesidad de tratar a los ciudadanos como a «adultos y no como a niños». Un canto a la responsabilidad individual protestante y quizás, a cierta superioridad moral respecto a sus vecinos, que después tuvo que ser enmendada de forma radical ante el vertiginoso aumento de casos en el país de los tulipanes.

El giro copernicano fue respondido con los peores sucesos vandálicos en el país desde la II Guerra Mundial. A los grupos bautizados como negacionistas, se sumaron grupos de extrema derecha de neonazis y jóvenes desnortados. Pero a pesar de que las calles ardían, la mayoría de los holandeses consideraban que las nuevas medidas restrictivas estaban justificadas y la popularidad del «premier» se ha mantenido en cotas altas.

El protagonismo de la lucha contra el coronavirus en estas elecciones no solo puede no perjudicar a Rutte, sino que puede beneficiarle, ya que desplaza de la campaña electoral otros temas polémicos como la inmigración o la integración europea y que suelen ser un caladero de votos para las formaciones de extrema derecha en Países Bajos.

«En tiempos de crisis la gente suele unirse alrededor de la bandera», reconoce el líder del ultra Partido de la Libertad (PVV), Geert Wilders, a la agencia France Presse. Unas declaraciones que parecen anticiparse a la derrota, en un intento de poner la venda antes que la herida. Pero Wilders puede no ser el único perdedor. Otro de los grandes interrogantes de estos comicios es la posición de Thierry Baudet, quien en marzo de 2019 dio la campanada al ganar las elecciones en el Senado con un partido considerado de extrema derecha, Foro para la Democracia (FVD), rival directo de la fuerza política de Wilders, y que hasta ese momento tan solo tenía dos escaños en la Cámara Baja.

Aunque las dos formaciones comparten un programa similar, el joven Baudet parecía una versión más aseada e intelectual del xenófobo Wilders, capaz de atraer al voto conservador moderado y de constituirse en alternativa a Rutte. Pero la pandemia lo ha trastocado todo. También la percepción de Baudet, quien en los últimos meses ha coqueteado con las diferentes teorías de la conspiración y ha ido enardeciendo su discurso. El joven ha calificado como «dictadura corona» las medidas restrictivas impuestas por el Ejecutivo y se ha opuesto con fiereza al toque de queda. Su partido, el FVD, también se vio envuelto en un escándalo tras la filtración de conversaciones privadas en un grupo de WhatsApp en el que se profirieron comentarios antisemitas. El propio Baudet fue acusado de haber culpado al inversor y filántropo judío George Soros de haber inventado el coronavirus.

Aunque se desconoce como valorarán las urnas estos acontecimientos, tanto las encuestas como los medios parecen haber dado la espalda a Baudet. Salvo sorpresa, su figura política parece enterrada y con pocos visos de resucitar en un futuro próximo. Todo indica que la era Rutte no ha terminado.

En el ámbito europeo, «Mr. Teflón» es conocido también como «Mr. No» por su liderazgo en el grupo de los países “frugales”, partidarios de la austeridad en el gasto y de limitar las ayudas a los países del sur de Europa. El holandés lideró el ala dura en la maratoniana cumbre de julio que alumbró el plan de reconstrucción europeo por valor de 750.000 millones de euros para hacer frente a los estragos del coronavirus y se ha mostrado partidario de no avanzar en la integración europea de manera inexorable.