Mark Rutte, el superviviente de la gran recesión y el coronavirus

El jefe de Gobierno holandés es el primer líder europeo que supera en las urnas a la pandemia y el único que sigue en el poder desde la crisis financiera

Mark Rutte habla con los medios tras los buenos datos en los sondeos a pie de urna desde La Haya, en Países Bajos
Mark Rutte habla con los medios tras los buenos datos en los sondeos a pie de urna desde La Haya, en Países BajosPiroschka van de Wouw

Tras estas elecciones y después de que Angela Merkel abandone la cancillería alemana en el mes de septiembre, el liberal Mark Rutte se convertirá en el único líder europeo en el poder que ha sobrevivido la la Gran Recesión europea de la pasada década. Su capacidad de resistencia y de salir incólume de todas las crisis le ha valido el mote de Mr Teflón.

¿Cuál es el secreto de Rutte para encaminarse hacía un cuarto mandato desde que llegó al poder en 2010? Quizás su habilidad para representar el espíritu de una nación y encarnar aquellas virtudes de las que los holandeses más se enorgullecen: austeridad, modestia, fiabilidad, trabajo duro. Un buen espejo en el que mirarse, una visión quizás idealizada de la idiosincrasia protestante holandesa que funciona como una imán para los votantes.

Rutte nació en la Haya en 1967 y es un hombre de costumbres sencillas e invariables. Sigue viviendo en el mismo barrio de la Haya en el que se compró un apartamento tras terminar los estudios de Historia, va al trabajo en bicicleta (incluso utilizó este medio de transporte para presentar su dimisión al Rey), hace la compra él mismo, es habitual verle tomando una cerveza con sus amigos en una terraza y no se le caen los anillos en las labores domésticas.

Hace unos años derramó un café al entrar en un edificio público y el mismo cogió una fregona para limpiarlo. Las limpiadoras irrumpieron en aplausos y seguro que no han tenido dudas sobre a quién votar en estos comicios. A pesar de su apretada agenda, da clases todas las semanas en un instituto y su despacho puede que sea más pequeño que el de la mayoría de los presidentes autonómicos españoles. Sabe tocar el piano y de no haberse dedicado a la política, le hubiera gustado ser concertista.

Su biografía y la de su familia ha estado jalonada también de dramas. Es el hijo pequeño de siete hermanos de dos madres diferentes. Su padre, Izaäk Rutte, era un comerciante holandés establecido en la actual Yakarta que fue apresado durante la Segunda Guerra Mundial junto a su mujer e internado en un campo de guerra japonés. Ella no pudo sobrevivir a esta experiencia y a la vuelta a Países Bajos, el padre de Rutte se casó con la hermana de la fallecida, con quién tuvo a sus últimos hijos.

La muerte prematura de su progenitor y la de uno de sus hermanos, contagiado de sida, han sido dos de los momentos más duros de la vida del primer ministro. Los holandeses tan sólo recelan de un aspecto de su biografía: su soltería impenitente y la ausencia de relaciones estables desde hace décadas, aunque él dice estar abierto al amor.

Políticamente, Rutte es un pragmático con una gran habilidad para pactar con quién sea necesario y encontrar puntos de unión en un programa de gobierno, lo que le ha resultado de gran habilidad en un Parlamento tan fragmentado como el holandés. Sus críticos le acusan de poner más interés en mantenerse en el poder que en saber hacía dónde dirige al país y de utilizar algunos de los argumentos de las fuerzas opositoras si le resultan convenientes y movilizan el voto.

Según el digital “Político”, el primer ministro parece más el gestor de una gran empresa que un político visionario y recuerda una frase atribuida al antiguo canciller alemán Helmut Schimdt sobre los políticos y que a Rutte le va como anillo al dedo: “La gente con visiones debería ver a un doctor”.

Los votantes premian su gestión económica. El país se ha acumulado superávit presupuestarios durante años, lo que le ha permitido encarar con optimismo la actual crisis. Parte del milagro económico holandés se debe a las estructuras opacas fiscales que ha atraído la inversiones de multinacionales y a su posición geográfica que le hace ser uno de los países más beneficiados por el mercado común, pero eso quizás no encaje tanto con el cuento de las cigarras y las hormigas que tanto les gusta a los holandeses.

En el ámbito europeo, Rutte ha adquirido cada vez mayor protagonismo en los últimos años como líder natural de los países autoproclamados frugales, partidarios de la ortodoxia fiscal y de limitar las ayudas concedidas a los países del sur. El político liberal ha querido convertirse en una síntesis perfecta de Angela Merkel y David Cameron.

Cuando la canciller alemana aflojó hace unos meses su postura para conceder subvenciones a fondo perdido a los países del sur como modo de hacer frente a los daños ocasionados por el coronavirus, el “nee” (no) holandés sustituyó al “nein” alemán.

Tras la salida de Reino Unido y antes de la pandemia, Rutte acudió a una cumbre sobre los próximos presupuestos europeos con una manzana y una biografía de Chopin, dando a entender que pasaría las horas muertas de la cumbre leyendo y que no pensaba ceder en su postura, en un gesto mediático que recuerda a los modos habituales de los inquilinos de Downing Street cuando había que pactar las cuentas comunes.

También ha coqueteado con cierto euroescepticismo que gusta a parte del electorado holandés tras el “no” a la Constitución europea en 2005. En 2017, en el Foro de Davos advirtió contra las “ideas románticas” sobre la integración europea y abogó por enterrar el principio fundacional de una “unión cada vez más estrecha” para los socios del club.