Muere el duque de Edimburgo a los 99 años, el pilar de la reina Isabel II

Despojado de cualquier papel constitucional, Felipe de Mountbatten supo ganarse su sitio y respeto y se convirtió en un apoyo fundamental para la Casa Real británica

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El príncipe Felipe, duque de Edimburgo, ha fallecido este viernes a los 99 años, según ha confirmado Buckingham Palace, que ha indicado que “ha muerto en paz en el castillo de Windsor”. “Es con gran tristeza que Su Majestad la Reina anuncia la muerte de su querido esposo, Su Alteza el príncipe Felipe, duque de Edimburgo”, ha señalado Buckingham Palace en un breve comunicado publicado a través de su página web. “Se harán nuevos anuncios en el debido momento. La Casa Real se une a la gente de todo el mundo a la hora de lamentar su muerte”, ha agregado.

El día en el que se casó con Isabel, el padre de la novia, el rey Jorge VI, comentó en la intimidad a uno de sus amigos: “Me pregunto si Felipe sabe realmente dónde se está metiendo. Un día Lilibet (así llamaba a su hija) será reina y él será consorte. Y eso es más difícil que ser rey, pero creo que es el hombre adecuado para ello”. No se equivocó. Durante más de 70 años, el duque de Edimburgo, demostró ser el mejor apoyo que Isabel II pudiera haber tenido.

El 4 de mayo de 2017, un mes antes de cumplir los 96 años, el Palacio de Buckingham ya comunicó que el duque se retiraba de la vida pública, una decisión tomada por él mismo, pero con el apoyo de la soberana. Protagonizó su último acto en solitario el 2 de agosto de ese año, pasando revista durante un desfile de la Royal Navy en el Palacio de Buckingham. En todo momento estuvo lloviendo, pero aguantó estoico bajo su bombín, ya que decidió no ponerse el uniforme de gala. Tras los tres tradicionales “hip hurray”, se despidió con una sonrisa y se metió en palacio.

Su espíritu libre duró hasta el final. Le gustaba salir muchas veces de Palacio de incógnito. Aunque en febrero de 2019, a sus 97 años, tuvo que renunciar al carné de conducir tras un accidente de tráfico que sufrió con su Land Rover Freelander en los alrededores de su residencia oficial de Sandringham, en el condado de Norfolk.

Felipe de Mountbatten, conde de Merioneth y barón de Greenwich, llegó a ser el consorte más longevo en la historia de la monarquía británica. Cumplió con 22.219 compromisos individuales, 637 visitas oficiales en el extranjero y 5.496 discursos. Uno de los últimos actos más significativos fue en julio de 2017 durante la histórica visita de Estado de los Reyes de España a Reino Unido. “Mi primer, mi segundo y definitivo empleo es estar siempre junto a la reina”, dijo hace algunos años.

El camino no siempre fue fácil. En Palacio, tuvo que convivir durante mucho tiempo con comentarios malicioso a sus espaldas. Él era enérgico, trabajador y lleno de ideas sobre cómo modernizar la monarquía. Pero en los comienzos le dejaron de lado, apodándole “el intruso” y tratándole como el forastero que siempre fue.

Felipe no era realmente británico. Nació en la mesa de la cocina de la casa familiar de Corfú el 10 de junio de 1921, como príncipe de Grecia y Dinamarca. Tras cuatro niñas, fue el esperado varón que ansiaba su padre, el príncipe Andrés de Grecia, y su madre, la princesa Alice de Battenberg. Al año siguiente, la familia se vio obligada a huir tras la fuerte derrota de los griegos a manos de los turcos.

El exilio le dejó sin raíces. Entre 1922 y 1949, no tuvo un hogar permanente. Inicialmente la familia se estableció en París, pero la tensión acabó separando a sus padres. Su madre ingresó en un centro psiquiátrico y su padre se perdió en el juego. El joven Felipe fue puesto bajo la tutela de su tío Jorge, el marqués de Milford Haven. Los que le conocían aseguran que siempre se sintió huérfano. Y aquello le marcó el carácter: reservado y poco afectivo. Las bromas que siempre hacía, por tanto, puede que fueran un mero escudo.

Aparte de un breve período en Baden (Alemania) fue educado en Gran Bretaña: primero en Cheam School en Surrey, luego Gordonstoun, en Escocia. Allí sobresalió en el deporte, convirtiéndose en capitán de los equipos de hockey y cricket de la escuela.

Aunque recuerda haber conocido a Isabel por aquella época, la presentación oficial entre ambos fue en julio de 1939. Él tenía 18 años. Ella, 13 y todavía la llamaban Lilibet. Los Reyes llegaron al puerto en el yate real Victoria & Albert y Felipe fue el encargado de escoltar a las dos princesas. Tras la cena, su tío, que estuvo presente en la velada, escribió en su diario: “Volvió para tomar el té y tuvo mucho éxito con las niñas”. No podía imaginarse cuánto.

Isabel y Felipe se casaron el 20 de noviembre de 1947 en la Abadía de Westminster. Aquel año, adquirió la nacionalidad británica renunciado a sus títulos griegos. En palabras de Winston Churchill, el enlace proporcionó el “primer toque de color” a Reino Unido después de seis oscuros años de guerra.

Antes del enlace, adquirió los títulos de duque de Edimburgo, conde de Merioneth y barón Greenwich. Cuando cumplió 95 años, Isabel II le concedió además un título que venía ostentando ella desde 1964 hasta 2011, el de lord gran almirante del Reino Unido, en recompensa a sus seis décadas como consorte. El 20 de noviembre de 2017, con motivo de su 70º aniversario de casados, la reina le nombró Caballero de la Gran Cruz de la Real Orden Victoriana.

En la boda hubo algunas ausencias notables. Ninguna de sus hermanas, casadas con príncipes alemanes, recibió invitación. Pero para compensar, su madre les escribió una carta de 22 páginas con todo lujo de detalles.

Casi exactamente un año después del enlace, el 14 de noviembre de 1948, nacía su primer hijo, el príncipe Carlos. En 1950, nació la princesa Ana; en 1960, el príncipe Andrés; y en 1964, el príncipe Eduardo.

Según sus allegados, aquellos años fueron “los más felices”. Él estaba dedicado a su carrera naval e Isabel se comportaba como cualquier otra mujer de un oficial de la marina. Hacían picnic los fines de semana y quedaban con amigos.

Sin embargo, en otoño de 1951, cuando la salud del Rey Jorge VI comenzó a deteriorase, la joven pareja tuvo que embarcarse en su primera gira real por Canadá y Estados Unidos. El viaje no fue especialmente exitoso. La prensa se quejó de que la joven princesa era tímida y no sonreía y Felipe molestó a sus anfitriones cuando se refirió indiferentemente a Canadá como “una buena inversión”. Nacía ya su reputación de comentarios no acertados.

Tres meses después de la gira, viajaron a Kenia. Allí, él fue el encargado de comunicar a su esposa la triste noticia de la muerte de su padre, el rey. Cuando su avión aterrizó de regreso en Londres, la escena quedó para la posteridad: Isabel, vestida de negro, bajó las escaleras donde la estaba esperando Churchill y Felipe se quedó detrás de la puerta hasta que ella puso pie en suelo británico. Había cambiado todo.

Isabel se convertía en reina. Pero ¿él? No tenía ningún papel constitucional más que Consejero Privado. No podía ver documentos estatales y aunque era miembro de la Cámara de los Lores, nunca habló en ella. Ni siquiera podía dar a sus hijos su propio apellido. A Felipe le dolió especialmente que su amada, presionada por la corte y por Churchill, se negara a renunciar al Windsor que había exhibido su familia desde 1917 en favor del Mountbatten. Aquello le llevó a decir que se sentía como una “condenada ameba”.

Tal vez fue ése el comienzo de una crisis matrimonial que alcanzó su punto culminante entre octubre de 1956 y febrero de 1957, cuando el duque de Edimburgo emprendió un largo viaje en solitario y empezaron a proliferar los rumores sobre sus supuestas infidelidades. Pero nunca fueron a más. Nada parecido a la turbulenta historia de Carlos y Lady Di.

Tras la sonada separación de su primogénito con Diana, Felipe se intercambió unas cartas con su nuera que ella tachó como “brutales” por sus frases tan directas. Pero su círculo más cercano asegura que tan solo quería ayudar. Esa quizá fue siempre su intención: ayudar pero sin interponerse al mismo tiempo en el camino de los miembros de la familia real, un papel nada fácil.

Con su hijo mayor nunca tuvo una buena relación. El propio Carlos confesó en un documental hace décadas producido por Jonathan Dimbleby que veía a su padre como un tirano y a su madre como una mujer fría incapaz de mostrar sus sentimientos.

En cuanto a su personalidad, mientras unos destacan su capacidad de gestión, organización y su amabilidad, otros aluden a su severidad señalando que jamás elogió a nadie cuando hacía algo bien, pues consideraba que solo cumplía con su deber. Llegó a estar involucrado con más de 800 organizaciones benéficas.

Con el tiempo, supo ganarse su sitio y respeto y ahora las biografías le describen como el pilar fundamental para la soberana, un soplo de aire fresco que, en medio de recepciones y actos oficiales, lograba sacarle una sonrisa con sus ocurrencias.

Isabel II nunca ha sido una persona que exprese sus sentimientos en público, pero durante su aniversario de bodas de oro hizo una excepción. Aquel 20 de noviembre de 1997, ante los 300 invitados que acudieron al almuerzo organizado en Banqueting House, dio las gracias a su marido: “No acepta fácilmente elogios, pero ha sido mi apoyo durante todos estos años. Yo, toda su familia, este y muchos otros países le debemos una deuda mayor de lo que jamás reclamaría o sabremos alguna vez”.

Si por algo debe ser recordado hoy el duque de Edimburgo es por esas palabras. Durante toda su vida, desempeñó la difícil tarea de ser consorte real aportando a la monarquía británica uno de los periodos de máxima estabilidad. Tal y como dijo en su día Sir Martin Charteris, uno de los asesores de Palacio, “su contribución es inmensa y está subestimada. Pero creo que la historia lo juzgará bien”.