La buena estrella de Draghi

Bruselas se rinde al poder de la palabra del primer ministro italiano y a su promesa de acometer las reformas que el país tanto necesita

Mario Draghi
Mario DraghiPlatónIlustración

«¡Basta! Italia debe ser respetada», espetó el primer ministro, Mario Draghi, a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, según reveló «Il Corriere della Sera». Italia había pospuesto varias veces el Consejo de Ministros para aprobar el plan de recuperación de los fondos europeos y en Bruselas se empezaron a poner nerviosos. Draghi llamó a la presidenta de la Comisión para calmar las aguas. «Doy fe», le dijo sobre el plan de reformas. No fueron suficientes más palabras. Von der Leyen acató. Es el poder de quien todavía proyecta el aura del «salvador del euro»; de la marca Mario Draghi. Quién tuviera uno en casa.

Las suspicacias de Europa estaban justificadas. ¿Cuántas veces Italia ha prometido reformas estructurales que luego no ha acometido? Bruselas desconfía de las reformas demasiado vagas y generales. Le gusta la letra pequeña. Los calendarios y los objetivos concretos que permitan visualizar que los proyectos están en marcha. La Unión Europea debe recaudar 800.000 millones de euros en los mercados internacionales para activar el fondo de recuperación. El éxito de esta macro operación financiera depende, en buena medida, de la viabilidad de los planes de reformas presentados por los Estados miembros en Bruselas. Italia es el país más beneficiado por los fondos de recuperación con 248.000 millones de euros, después va España.

Bajada de impuestos

El primer ministro italiano ha enviado a Bruselas un plan detallado de 300 páginas con 500 propuestas. Esta semana, Draghi presentó su «hoja de ruta» en un discurso en el Congreso de los Diputados. En su alocución combinó la poesía y la prosa. Aseguró que no está solo en juego la modernización, la digitalización, la transformación ecológica y la economía verde, sino también «la vida de los italianos, el destino del país y su propia credibilidad».

Draghi es consciente del poder de su palabra, pero también de que ésta debe ir acompañada de resultados a medio plazo. Fue el primer líder europeo en alertar sobre la tragedia humana de la pandemia [la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, escribió en «Financial Times»], pero también en observar la oportunidad histórica de transformar las estructuras sociales y económicas para adaptarlas a los desafíos del futuro. «El trabajo de renovación fracasará si en todas las categorías, en todos los centros no se levantan hombres desinteresados dispuestos a trabajar y sacrificarse por el bien común».

Hizo un discurso para levantar el ánimo nacional, pero sin abandonar el carácter técnico del proyecto entre manos. El ex banquero se siente cómodo entre tablas y cifras, yendo al detalle. Prometió rebajar la presión fiscal para aliviar a las familias y acometer las reformas estructurales que Italia lleva décadas posponiendo y que han provocado un estancamiento insoportable del país. Se dirigió a los jóvenes y a los ancianos. Marcó como objetivo elevar 3,2 puntos porcentuales la ocupación para salir de la tasa de desempleo de dos dígitos (10,2%). Todo sonaba a música celestial para Bruselas.

La trayectoria de Draghi está íntimamente ligada a la Unión Europea. Gozaba de un perfil internacional como exitoso presidente del Banco Central Europeo antes de ser primer ministro. Una experiencia labrada a costa de enfrentarse a los halcones de la austeridad y a las presiones de los especuladores financieros. La maniobra de Matteo Renzi para quitar la silla al primer ministro, Giusseppe Conte, contó con una coartada europea. «Draghi es un seguro de vida para nuestros hijos y para nuestros nietos», dijo el Maquiavelo florentino. El ex banquero era la persona indicada para guiar a Italia en las aguas turbulentas de la crisis económica derivada de la pandemia pero también para gestionar la gran prueba de fuego de la solidaridad.

Para muchos observadores la misión de Draghi no se termina ahí. Está también destinado a ocupar el vacío que dejará Merkel en Europa después de las elecciones alemanas de septiembre. Emmanuel Macron estará enfrascado en las trifulcas internas para asegurar su reelección en la primavera de 2022. Le Pen le pisa los talones y el aplaudido Michel Barnier podría comerle la tostada si finalmente opta por presentarse a las presidenciales.

Implacable ante el «Sofagate»

Otros, incluso, defienden que el ex banquero ya está ocupando ese espacio europeo. La prueba es su intervención en el «Sofagate». Draghi fue el único líder europeo que describió sin tapujos del bochornoso espectáculo de Ankara. «Esta humillación me disgustó mucho», dijo, al término de una anodina rueda de prensa. «Con estos dictadores –llamémoslos por su nombre– que necesitamos para colaborar, uno debe ser franco a la hora de expresar los diferentes puntos de vista, de comportamientos, de visiones sobre la sociedad y, también, estar listos para cooperar para asegurar los intereses del propio país. Debemos encontrar un equilibrio». Lo dijo sin pestañear. Al estilo Draghi.

La Prensa especuló si se trató de un desliz. Para mí, como mujer y europea, defendió los valores y principios de la Unión ante los titubeos del presidente del Consejo, Charles Michel, que ha quedado francamente tocado. Draghi mostró un exquisito equilibrio del poder. Hay que ser impecable con los líderes autoritarios, pero también ser conscientes de que hay dialogar con el tercer Ejército de la OTAN.

Erdogan se revolvió y pidió que Italia se disculpase. Canceló una serie de contratos con las empresas italianas para añadir presión al primer ministro. Draghi no se retractó. Ha demostrado (una vez más) tener las hechuras para ser un gran líder.