La guerra contra el terror de Estados Unidos que aniquiló a Bin Laden

El ataque del 11-S inauguró un ciclo de intervenciones armadas en Oriente Medio y Asia Central para acabar con el yihadismo

Osama Bin Laden
Osama Bin LadenMazhar Ali KhanAP

Tres frases para acotar un tiempo y un mundo. «América e Israel son una bicicleta de dos ruedas. La rueda de madera representa a América, la de acero a Israel. Israel es el más poderoso de los dos. ¿Ataca un general la línea más fuerte durante la batalla? No, se concentra en el sector más débil». «Nuestra forma de vida, nuestra propia libertad, fueron hoy atacadas en una serie de actos terroristas premeditados y letales». «Puedo informar esta noche al pueblo estadounidense y al mundo que Estados Unidos ha llevado a cabo una operación que mató a Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, y un terrorista responsable del asesinato de miles de hombres, mujeres y niños».

La primera frase la pronunció el propio Bin Laden. La segunda, George W. Bush, el 11 de septiembre de 2001, en su discurso a una nación sobrecogida por el terror. La tercera, fechada el 2 de mayo de 2011, pertenece a Barack Obama, cuando anunció el final del enemigo más buscado. A 4 meses del veinte aniversario de los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono, 10 exactos del fin de semana de la muerte Bin Laden.

¿Qué queda hoy de aquella internacional del terror y qué del hombre que puso en jaque a la primera potencia mundial e inauguró el nuevo siglo entre nubes de asbestos y cadáveres carbonizados? Por de pronto la organización terrorista ha sido barrida de sus bastiones en Afganistán y Paquistán, pero no ha desaparecido y sus aliados de entonces, los talibanes, codician de nuevo el poder absoluto en Afganistán.

Estados Unidos, que libró una guerra de 20 años contra los talibanes, que destinó al país asiático más de un millón de efectivos y perdió allí a miles de soldados, ha prometido ya que se retirará por completo antes del aniversario del próximo 11-S. Hace apenas un mes el presidente, Joe Biden, explicó que Estados Unidos no puede «continuar el ciclo ni extender o expandir nuestra presencia militar en Afganistán con la esperanza de crear las condiciones ideales para nuestra retirada, esperando un resultado diferente».

Asume de paso que nada, ni siquiera la colosal movilización militar, la cooperación de una fuerza multinacional y el mandato de Naciones Unidas, lograron doblegar a unos talibanes a unas tribus indoblegables, en un país que igual que hace 30 años, cuando los soviéticos acabaron doblando la rodilla, siguen ejerciendo como señores de la guerra robustecidos por el siempre incontenible tráfico de opiáceos.

Por otro lado, lo que va del 11-S de 2001 al 2 de mayo de 2021, más allá de cuatro presidentes en EEUU, Bush hijo, Obama y Donald Trump, y el propio Biden, es la constatación de que la guerra contra el terrorismo ha conocido sucesivas mutaciones. A las invasiones de Afganistán e Irak Al Qaeda respondió trasladando sus bases centrales a la vecina Pakistán. Los ataques con drones y las operaciones militares encubiertas, reforzadas a partir de 2009, acabaron por descabezar la organización en ese país. Entre tanto el epicentro del terror yihadista se había hecho fuerte en Irak y había acabado por desplazarse a la vecina Siria.

Envuelta en una guerra civil devastadora, la dictadura de Bachar al Asad fue contestada por las atomizadas fuerzas democráticas y, por otro lado, por el embate del terrorismo capitaneado por el ISIS, una nueva reencarnación de la hidra fundamentalista que regaría la zona de sangre e incluso llego a fundar un califato responsable de todo tipo de crímenes contra la humanidad. A su vera, con una relación entre la complicidad y la competencia, estaban Al-Qaeda y al-Nusra, que si bien compartían ideología y objetivos también aspiraban a marcar territorio e incluso trataban de presentarse como una suerte de yihadistas más atemperados.

A pesar de las rupturas, la coincidencia digamos filosófica, entre otras cosas respecto a la sharia, así como el hecho de compartir enemigos, de Estados Unidos a Israel y de Rusia e Irán a Europa, hacían inevitables ciertas sinergias. Pero la administración Obama, primero, concentrada en Pakistán, y el gobierno de Trump, más tarde, que percutió duramente en Irak y Siria, terminaron por achicar el terreno de un yihadismo descabezado aunque igualmente letal.

Con Estados Unidos concentrado en evaluar los próximos movimientos de la Casa Blanca, el ex presidente Obama ha mantenido un encuentro, moderado por quien fue su asesor adjunto de seguridad nacional, Ben Rhodes, con William McRaven, el militar que planeó y comandó la misión que acabó con el líder de Al Qaeda. McRaven ha explicado que pocos días más tarde de la operación contra Bin Laden, Obama visitó a los Navy Seals en Fort Campbell, Kentucky, acompañados por la 101 División Aerotransportada. «Todos y cada uno de esos chicos», ha dicho Obama, «me dijeron, “Estamos aquí, estamos listos y estamos dispuestos a sacrificarlo todo para defender este país”». Qué mejor momento para rememorar la pesadilla que comandó Bin Laden que homenajeando a quienes arrastraron todo tipo de peligros y sacrificios para neutralizarlo.

Los lobos solitarios han mantenido el ritmo de las carnicerías y siguen amenazando a las democracias, pero ya no hay un Bin Laden para decorar sus pósters. Eso sí, este mismo viernes dos lugartenientes de la organización terrorista celebraron la retirada de Afganistán y advirtieron a la CNN de que «la guerra contra Estados Unidos seguirá en todos los frentes hasta que sea expulsado del resto del mundo islámico». Una retirada que ha sentado fatal entre un sector de los demócratas, por cierto. Baste con recordar las palabras de la senadora, Jeanne Shaheen, «muy decepcionada» por la «decisión de establecer una fecha límite en septiembre para dejar Afganistán (...) sin garantías verificables de un futuro seguro».

Claro que también resuenan aquellas palabras de Bush del 11-S, cuando aseguró que los atentados «tenían la intención de asustar a nuestra nación, provocando el caos y la retirada». «Pero han fallado. Nuestro país es fuerte». Diez años más tarde el cuerpo de Bin Laden era arrojado por la cubierta del portaaviones Carl Vinson.