“El conflicto entre israelíes y palestinos tal vez dure eternamente, pero al menos esta batalla ha quedado en ‘standby’”

Un pareja catalana residente en Tel Aviv desde hace dos años narra su experiencia durante la escalada bélica

El sistema israelí Cúpula de Hierro intercepta en Ashkelon los misiles lanzados desde Gaza
El sistema israelí Cúpula de Hierro intercepta en Ashkelon los misiles lanzados desde GazaAMIR COHENREUTERS

Cuando Natalia y Ramón informaron a sus familiares y amigos que dejaban Reus para mudarse a Israel por motivos laborales, se despertó cierta alarma. Daban por hecho que iban a una zona de guerra. Pero en la “burbuja” de Tel Aviv, vivieron dos años relativamente cómodos. Hasta la semana pasada. “Estamos sanos y vivos, que no es poco. Aquí los misiles llegaron el martes pasado, fue brutal y muy sorprendente. Nos encerramos los cuatro en el búnker, y escuchábamos los estruendos de la Cúpula de Hierro destruyendo los misiles encima de nosotros. La casa entera temblaba”, explicó esta catalana en conversación con LA RAZÓN, en la primera jornada del alto el fuego certificado ayer por Israel y Hamás.

A diferencia de la mayoría de israelíes, habituados a guerras y atentados terroristas, para ellos fue la primera experiencia bélica. “Nos agobiamos bastante, porque sabíamos que lo único que podíamos hacer era estar encerrados en casa. Los niños, sin cole, y Ramón sin ir al trabajo. Su oficina está en el suburbio de Ramat Gan, donde impactó un misil y mató a una persona”, prosiguió Natalia. Tras un año de pandemia, que comportó tres cierres generales en el estado judío, la guerra acrecentó las incertidumbres. “¿Qué carajo estamos haciendo aquí? ¿Podremos marcharnos? El aeropuerto está cerrado… ¿y si esto dura meses?”, se preguntaban.

No obstante, se sintieron seguros: “Aquí en Israel mueren pocas personas, la Cúpula de Hierro funciona muy bien”. Con el alto el fuego anunciado este viernes, reanudaron la rutina de ir a comer helado en la popular calle Dizengoff, darse un chapuzón en la playa, o jugar en el parque. “El conflicto tal vez dura eternamente, pero al menos esta batalla ha quedado en ‘standby’”.

Con la tregua, aprovechó para ir al oculista. Como tantos otros, le expresó que “es lo que hay. En el mundo siempre ha habido guerras, ya sea por tierras o intereses. Es la naturaleza humana”.

Desde Yaffo, distrito mixto árabe-judío al sur de Tel Aviv, Uri y Laura, también con dos pequeños, corrieron a los refugios comunitarios. Pero el temor central no eran los misiles de Hamás. Bajo su apartamento, se prendió la llama de la violencia interétnica: “en las interacciones con vecinos o comerciantes se mantuvieron las formas, pero en el trasfondo se palpaba el miedo”. Tras durísimas escenas de linchamientos mutuos o cócteles molotov lanzados a viviendas, “ahora queda el resentimiento y la desconfianza, que va a tardar años en arreglarse”, vaticinó Uri.

Para este israelí, los árabes no protestaban solo por los desalojos en el barrio de Sheik Jarrah (Jerusalén) o en solidaridad con Gaza, sino por algo mayor: “una crisis inmobiliaria”. Las extensas familias árabes de Yaffo o Lod carecen de permisos de construcción y planificación urbanística. “Sufren miles de órdenes de demolición, y las mafias campan a sus anchas. Hay una crisis de crimen descontrolado”. Para Uri, la reanudación del conflicto fue la gota que colmó el vaso.