La paranoia de Lukashenko

El secuestro del Boeing 737 para detener a un joven opositor de 26 años solo puede ser producto del delirio de un dictador decadente

Alexander Lukashenko
Alexander Lukashenko FOTO: Platón Ilustración

Cuentan los pasajeros del Boeing 737 de Ryanair que cuando el periodista bielorruso, Roman Protasevich, se dio cuenta de que el avión se desviaba de su ruta Atenas-Vilna y se dirigía al aeropuerto de Minsk empezó a palidecer. En el aterrizaje se acercó un misterioso hombre y le preguntó: «Eres tú Roman». Entonces –dicen– se le oyó decir: «Me arriesgo a la pena de muerte». Bielorrusia es el único país europeo en el que sigue vigente la pena capital.

El joven de 26 años sabía a lo que se enfrentaba. A los 17 años fue detenido por primera vez. Había creado dos grupos críticos en la red social rusa Vkontakte. El nombre de uno de ellos era suficientemente explícito: «Estamos hartos de este Lukashenko». Pese a ser sólo un chaval de secundaria, los agentes del servicio de seguridad se emplearon a fondo y le sometieron a un duro interrogatorio. «La Policía me golpeó los riñones y el hígado, después estuve orinando sangre durante tres días», contó a la agencia AFP. Los servicios de seguridad no lograron disuadir a este chaval.

Roman Protasevich siguió su vocación y comenzó la carrera de periodismo. Las biografías como la suya dotan de sentido a la profesión. El periodismo en los regímenes autoritarios es una profesión de riesgo, reservada a unos pocos valientes. La detención de Roman también revela las debilidades de Alexander Lukashenko. Que el denominado una vez por George W. Bush como el «último dictador de Europa» vea en un joven de 26 años un enemigo político dice mucho de ese régimen de terror que terminará, antes o después, por descomponerse. El «secuestro» de un avión europeo –un Boeing 737– dentro del espacio aéreo europeo, amparándose en una falsa amenaza de bomba sólo puede ser producto de la paranoia de un sátrapa decadente.

Como ha escrito en estas páginas Vladislav Inozemtsev, asesor especial de MEMRI’s [Proyecto de Estudios Mediáticos Rusos], «Lukashenko es visto en estos días como alguien que ha perdido el sentido de la realidad. Vive en un mundo imaginario y actúa como si fuera real». Protasevich era el editor del canal más popular de Telegram en Bielorrusia pero ahora él y Sofia Sapega, su novia rusa, se han convertido en dos figuras de talla internacional. «Los acontecimientos han demostrado que las tecnologías del siglo XXI representan una seria amenaza para los regímenes autoritarios. Si antes las autoridades podían simplemente bloquear los medios objetables, ahora se ha vuelto imposible cerrar completamente el flujo de información sin un cierre total de Internet. Por eso, tienen que luchar contra los periodistas de formas tan primitivas», argumenta el experto en el país centro europeo del «think tank» ECFR, Pavel Slunkin.

La UE golpea de nuevo

Ante el desafío de Minsk, los dirigentes europeos respondieron con una rapidez y una contundencia que pasará a la historia. El «acto de piratería» o «terrorismo de Estado» –como calificaron alguno de los socios el desvío forzoso del avión– acaparó la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno programada en Bruselas. Los Veintisiete decidieron cerrar su espacio europeo a los aviones bielorrusos y ordenaron una nueva ronda de sanciones económicas a las ya impuestas por el fraude electoral de agosto y la represión de las protestas pro democráticas.

La Organización Europea para la Seguridad de la Navegación Aérea calcula que una media semanal de 2.500 vuelos comerciales han utilizado el espacio aéreo bielorruso en este último tiempo. El país aspiraba a convertirse en un «hub» de las conexiones Euroasiáticas. La medida implementada por Europa supone un fuerte varapalo. También se espera que crezca la lista de los 88 altos cargos, entre ellos el propio Lukashenko, castigados con una prohibición de pisar suelo europeo y una congelación de sus activos por su participación en la represión. El papel de Rusia en la huida hacia adelante de Lukashenko puede ser clave. Muchos sospechan que Moscú echó una mano a su «hermano menor» en el secuestro aéreo que contó con la participación de un caza MiG y de agentes de la KGB [los servicios secretos bielorrusos mantienen el nombre soviético].

El factor ruso

La operación aumenta el aislamiento del dictador bielorruso, pero también incrementa su dependencia del Kremlin. El dictador bielorruso siempre ha tratado de mantener un grado de independencia respecto a Rusia pero el viernes tuvo que trasladarse a Sochi para rendir pleitesía al presidente Vladimir Putin. Y de paso pasarle la factura. Desde la lógica bielorrusa su enfrentamiento con Occidente es una consecuencia directa de su alianza con Moscú. Por lo tanto, ellos deben pagar las pérdidas económicas causadas por la nueva ronda de sanciones. Hasta ahora Putin se ha mostrado dispuesto a salvar al régimen de Lukashenko. «Querido invitado, pero un invitado muy caro» tituló un periódico moscovita en referencia a la visita del dictador bielorruso a Sochi.

Sin embargo, desde las páginas de «Pravda», un periódico cercano al putinismo, se ha dejado caer la idea de que Moscú sería partidario de promover una transición política en Bielorrusia y cambiar la figura de Lukashenko por otro peón igual de contrario a Occidente, pero menos «tóxico» – «Pravda» dixit–. En Europa y Estados Unidos preocupa el precedente que ha sentado el acto de piratería aérea y el peligro que supone que otros autócratas se sientan tentados a seguir sus pasos. De ahí la urgencia de acordar medidas contundentes. El G-7 enviaría una clara señal a Minsk si invita a la opositora Svetlana Tikhanovskaya, ganadora de las elecciones, a la reunión del 11-13 de junio en Londres.