Una marea heterogénea y espontánea pone en jaque al castrismo

Díaz-Canel ordena reprimir las masivas protestas sociales, inéditas desde los años 90, que revelan un hartazgo agravado por la pandemia. Los cubanos han perdido el miedo

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Un escalofrío recorre la cúpula del poder en Cuba. Las inusuales protestas multitudinarias del domingo en numerosos puntos del país mostraron de la manera más elocuente el hartazgo de una población asfixiada por las dificultades económicas y el control político del Partido Comunista en un momento en que la pandemia de covid la golpea cómo nunca antes.

Los jerarcas castristas y el mundo entero vieron con asombro cómo los habitualmente dóciles cubanos coreaban lemas como “abajo la dictadura” y se enfrentaban a las fuerzas de seguridad hasta expulsarlas de muchos de sus barrios. Aunque más tarde el Gobierno equilibró la balanza con un despliegue policial masivo del que está por ver cómo terminará.

Para preocupación del presidente Miguel Díaz-Canel y el resto de la dirigencia se trató de un movimiento transversal y masivo, que se movilizó principalmente a través de internet. Empezó en la localidad de San Antonio de los Baños, pero pronto se extendió por toda la isla: La Habana, Santiago de Cuba, Pinar del Río, y un largo etcétera de lugares en los que se dijo basta a un gobierno visto como corrupto, opresor e ineficiente. Y, como mostraban las imágenes, fueron cubanos de toda condición los que alzaron la voz: jóvenes y mayores, hombres y mujeres.

A todos ellos los saludó desde Estados Unidos el presidente Joe Biden, que en un comunicado dijo que su país está “junto al pueblo cubano en su toque de corneta por la libertad”. También reclamó al “régimen cubano a escuchar a su pueblo y atender sus necesidades”. Las palabras de Biden resonaron también en la otra Cuba, la que vive exiliada en Miami, donde unas 5.000 personas se concentraron frente al emblemático Café Versailles para, ellos también, exigir el fin del castrismo.

Díaz-Canel no parece estar por la labor. Después de que el domingo diera la “orden de combate” a sus seguidores para hacer frente a las “provocaciones”, como describió las protestas, acusó a los manifestantes de ser un grupo de mercenarios contratados para desestabilizar el país

El periodista del Washington Post Abraham Jiménez Enoa, que las sigue de primera mano y ha sido en los últimos años objeto del acoso oficial por sus informaciones lo ve de otra manera: “Fue el pueblo el que perdió el miedo y salió a la calle, no un puñado de opositores instrumentalizados. Lo que ocurrió nació de la espontaneidad que genera la desidia de un gobierno inepto y eso no se puede ocultar”.

Aunque Luis Manuel Otero Alcántara, cabeza visible del colectivo de artistas disidentes Movimiento San Isidro y detenido en varias ocasiones por sus desafíos al régimen, fue uno de los que llamó a echarse a la calle, todo indica que se trató de una marea heterogénea y espontánea, precisamente lo que más inquieta al gobierno. Sin embargo, aunque hacía años que no se veían manifestaciones así, aún no está claro si de veras pueden poner en cuestión la viabilidad de un sistema como el cubano.

Consciente de la gravedad de la situación, Díaz-Canel volvió el lunes a la televisión estatal para protestar porque la respuesta de las autoridades cubanas a la pandemia ha sido distorsionada por intereses extranjeros.

Pero los millones de cubanos que comparten cada día en las redes el vídeo musical del tema Patria y vida, que los manifestantes han convertido en himno, así como el relato de sus penurias diarias y consejos sobre cómo conseguir alimentos y medicinas, no se creen las constantes denuncias de “agresión imperialista” con las que el gobierno justifica todos los males del país.

La ineficacia del sistema sanitario

Mientras que la ya maltrecha economía cubana se contrajo el año pasado un 11% por el golpe de la pandemia, el país reportó un récord de casi 7.000 contagios diarios de covid, una cifra que según varios grupos de oposición podría ser todavía más alta. Los cubanos reciben de los medios oficiales un bombardeo de propaganda sobre los supuestos beneficios de las vacunas desarrolladas en el país, ninguna de las cuales aprobada aún por la Organización Mundial de la Salud, pero son pocos hasta ahora los que han recibido el pinchazo salvador. Lisveilis Echenique, una de las personas que se echó a la calle, le contó a la BBC que su hermano murió en su casa porque no se encontró una cama para él en ninguno de los hospitales de los que tanto se vanagloria el régimen cubano.

La única respuesta del gobierno han sido hasta ahora las apariciones de Díaz-Canel y la represión. Al enorme despliegue policial se sumaron las denuncias de agresiones a manifestantes pacíficos en diversos puntos del país.

Pero quizá lo más llamativo fue el bloqueo indiscriminado a la señal de internet, una técnica para el apagón informativo ya aplicada en la Venezuela chavista. La periodista disidente Yoani Sánchez denunció que el acceso a internet estaba “prácticamente cortado” en todas partes y que “publicar una letra es un suplicio”.

Censura como arma

Controlar internet se ha vuelto clave. Raúl Castro ordenó un impulso a la precaria infraestructura cubana después de años de retrasos frustrantes para la población, pero ahora el Gobierno ve cómo se ha convertido en vehículo para expresar la rabia popular y organizar protestas inconcebibles hace poco tiempo en una isla adormecida por más de medio siglo de comunismo a ultranza. No extraña que el anciano general haya dado muestras de arrepentimiento y llamado a los nuevos dirigentes a poner coto a la “subversión de las redes”.

El cerrojazo a la red hizo difícil seguir el día después de una movilización que recordó al histórico “Maleconazo” de 1994, cuando una multitud de cubanos tomó el Malecón de La Habana para protestar contra el gobierno en medio del draconiano racionamiento impuesto para resistir la crisis provocada por el colapso de la URSS. La historia recuerda que Fidel Castro acudió al lugar para dirigirse a los manifestantes y aplacar los ánimos. Pero Fidel está muerto, su hermano Raúl jubilado y Díaz-Canel no cuenta ni con el carisma del primero ni el prestigio entre la élite revolucionaria del segundo.