Utoya, la matanza evitable: Noruega conmemora diez años del peor atentado de su historia

El país nórdico, con apenas crímenes, no estaba preparado aquel 22 de julio de 2011 para enfrentarse al odio de Anders Behring Breivik, el asesino neonazi que perpetró el atentado terrorista

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Noruega recuerda hoy el peor atentado de su historia, una matanza en la que murieron 77 personas a manos de un radical de extrema derecha. Varios explosivos colocados en una furgoneta-bomba volaron por los aires un edificio gubernamental en Oslo, con el que el terrorista acababa con la vida de ocho personas. Dos horas más tarde, la pesadilla continuaba en la isla de Utoya, a pocos kilómetros de la capital. Allí, disfrazado de Policía disparó durante 77 minutos contra los jóvenes de la Juventud Laborista que se encontraban en pleno campamento de verano.

69 personas fallecían a causa de los disparos, su víctima más pequeña apenas había cumplido los 14 años. Las Fuerzas de Seguridad, se exculparon en aquel momento, se centraron en hallar al culpable de la explosión en la capital y ello ralentizó el rescate en Utoya. Hubo una cadena de errores, desde fallos de comunicación interna entre los cuerpos de seguridad, a la falta de personal por estar de vacaciones, o problemas logísticos. Una de las lanchas usadas por las Fuerzas de Seguridad se hundió por el peso. Fue un vecino, de vacaciones enfrente, quien hizo viajes en su barco particular para ayudar a que terminara la matanza.

Morten Edvardsen/AP

Lo cierto es que Noruega, un país con apenas crímenes, no estaba preparado para enfrentarse al odio de Anders Behring Breivik. Con todo, una comisión creada de forma independiente llegó a la conclusión en 2012 que los atentados de Oslo y Utoya podrían haber sido evitados si el terrorista hubiese sido detenido antes de cometerlos, ya que era conocido por las autoridades. La investigación fue ordenada por el propio Gobierno. Tampoco sonaron las alarmas cuando Breivik compró seis toneladas de fertilizante, usado por terroristas para hacer bombas.

Aleksander AndersenAP

Antes de emprenderla a tiros y preparar minuciosamente el atentado, el noruego de 32 años publicó en internet un largo manifiesto (de 1.500 páginas) donde se declaraba «cazador de marxistas». Para Breivik el multiculturalismo amenazaba al país y la identidad noruega, poniendo en peligro los valores tradicionales que él con sus asesinatos afirmaba defender. El terrorista se entregó en la isla cuando finalmente llegaron las autoridades. Durante el complicado juicio en su contra, Brevik no se mostró arrepentido, sino todo lo contrario. Fue condenado a 21 años de cárcel, donde, según sus propias declaraciones, ha continuado radicalizándose a pesar de permanecer en aislamiento.

Emilio MorenattiAP

Cuatro años después del atentado, el campamento de la isla de Utoya volvía a abrir, pero la sociedad noruega ha vivido durante esta década un auténtico «shock», no solo por la matanza, sino por las consecuencias de ésta. Los pocos supervivientes del atentado han sido vilipendiados en las redes sociales con mensajes de odio. A pesar de que el por entonces primer ministro Jens Stoltenberg prometió responder «al odio con amor», una parte de la sociedad parece haber desconectado de la realidad. La coalición de derechas formada en 2013, en la que el Partido del Progreso formó parte, fue una bofetada más para las víctimas y sus familias.

Breivik había militado en el Partido del Progreso, una organización de extrema derecha durante una década. La organización está obsesionada con la inmigración, en especial la musulmana, y habla constantemente de la cultura noruega y de la amenaza que supone para ella la «cruzada» islámica, a pesar de que dicho supuesto grupo no llega al 5% en todo el país. Kjetil Ansgar Jakobsen, profesor de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Nord explicaba a Euronews que el atentado no ha cambiado la percepción para con la extrema derecha a pesar de lo sucedido. Las ideas de extrema derecha estarían tan extendidas como entonces.

Hakon Mosvold,LarsenAP

La matanza de Utoya y en especial la personalización en torno a la figura de Breivik y su manifiesto han llevado en la última década a que terroristas de otros países lo tomasen como siniestro referente para sus propios asesinatos. El denominador común es la teoría identitaria, según la cual el elemento unificado de los pueblos no sería la raza, como defendían los nazis en el siglo pasado, sino la cultura común que habría que defender de una supuesta invasión exterior.

La llamada conspiración de Eurabia juega en esos grupos radicalizados un papel determinante. Según ésta, habría un plan para islamizar Europa por parte de las élites. Son los argumentos que usaron terroristas después en grandes atentados cometidos recientemente en países occidentales. Dos de ellos tuvieron lugar en Estados Unidos, en las ciudades de Pittsburgh y en Charlestone, donde fueron atacadas una sinagoga y una mezquita y donde fallecieron asesinadas 11 y 9 personas respectivamente. Otro ejemplo es el sucedido en la ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, donde un terrorista atentó contra dos mezquitas y mató a 51 personas, hiriendo de gravedad a otras 51.

En Alemania ya van tres desde 2019, con el asesinato del político del partido de la canciller Angela Merkel, Walter Lübcke, que había defendido la acogida de refugiados, así como los acontecidos en la ciudad de Halle el 9 de octubre de 2019 contra un una sinagoga y un restaurante Kebap matando a cuatro personas y en Hanau el 19 de febrero de 2020, cuando atacaron bares de musulmanes y asesinaron a nueve personas. También en la propia Noruega tuvo lugar en agosto de 2019 otro atentado en una mezquita, en el que por suerte solo resultó herido el propio atacante.