Quién es quién en el movimiento talibán

Haibatullah Akhundzada está al frente del grupo yihadista, respaldado por un Consejo de la Shura integrado por 30 miembros

Haibatullah Akhundzada
Haibatullah AkhundzadaHandout .REUTERS

El cuarteto de cabecillas que está al frente del movimiento talibán esta formado por Haibatullah Akhundzada, Abdul Ghani Baradar, Sirajuddin Haqqani y el mulá Mohamad Yaqoub, según han informado a LA RAZÓN expertos en yihadismo. Haibatullah Akhundzada, el líder supremo; el mulá Abdul Ghani Baradar, es uno de los fundadores del grupo integrista, con el mulá Omar, y líder negociador de los talibanes (junto con Mohammad Abbas Stanikzai).

Sirajuddin Haqqani es el «número dos» de la cúpula de la red Haqqani; y Yaqoub, es el hijo del mulá Omar, responsable de la poderosa comisión militar de los talibanes.

Hebatulá Ajundzada es el que ha emitido la mayoría de fatuas (edictos religiosos) promulgadas por los yihadistas y está al frente del Consejo de la «Shura», integrado por unos 30 miembros, máximo organismo del grupo desde mayo de 2016, durante una rápida transición de poder, días después del fallecimiento de su predecesor, Mansur, muerto en un ataque desde un dron estadounidense en Pakistán. Hasta entonces, la «Shura» estaba más centrado en cuestiones judiciales y religiosas, informan las agencias de noticias.

Desde el comienzo de su mandato, Ajundzada contó con el apoyo del cabecilla de Al Qaeda. Ayman al Zawahiri, que lo designó «emir de los creyentes», un hecho fundamental para reforzar su autoridad religioso-política.

Este individuo ha logrado unir en un mismo objetivo a las distintas tribus, que han vivido casi siempre enfrentadas, desde un papel de discreción y, a la vez, gran autoridad, para no generar recelos entre los otros cabecillas.

Abdul Ghani Baradar estuvo encarcelado en Pakistán, pero tras su liberación volvió a integrarse en la cúpula talibán. Nacido en la provincia de Uruzgan (sur de Afganistán) y educado en Kandahar, es el cofundador de los talibanes junto con el mulá Omar, fallecido en 2013, pero cuya muerte fue ocultada durante dos años por razones estratégicas. Con ello, los fundamentalistas lograban que la Coalición siguiera buscándole, con el lógico empleo de esfuerzos que no se empleaban en otras misiones. Era como decir «sois incapaces de dar con él, el que nos dirige».

Ghani Baradar inició su andadura yihadista en la lucha contra la invasión soviética en 1979, en la que destacó como un feroz «muyahidín» (combatiente), en las filas del grupo de Omar.

Era el jefe militar de los talibanes cuando fue arrestado en 2010 en Karachi, en Pakistán. Fue liberado en 2018 gracias a la presión de Estados Unidos, en una especie de pago por su destacado papel en la lucha contra los rusos.

En la actualidad, dada su autoridad «militar y religiosa», Ghani Baradar era el jefe del «aparato político» en Qatar. Desde allí, dirigió las negociaciones con los estadounidenses, que condujeron a la retirada de las fuerzas extranjeras. Astuto y con gran poder de convicción, capaz de convencer a su peor enemigo.

La Red Haqqani puede ser considerada como la «punta de lanza» de los talibanes desde la guerra para expulsar a los rusos del país. Toma el nombre de su fundador, Jalaladdin Haqqani, que en su momento mantuvo estrechas relaciones con la CIA, que lo financiaba, y que ahora, tras su muerte, ha sido sucedido por su hijo Sirajuddin.

La red es clasificada como terrorista por Washington, que siempre la consideró como la facción combatiente más peligrosa. Sirajuddin está acusado de haber asesinado a algunos altos responsables afganos y de haber retenido como secuestrados a occidentales para obtener un rescate o mantenerlos como prisioneros, como el militar estadounidense Bowe Bergdahl, liberado en 2014 a cambio de cinco detenidos afganos de la cárcel de Guantánamo.

Conocidos por su independencia, sus habilidades de lucha y sus fructíferos asuntos, se cree que los Haqqani están a cargo de las operaciones de los talibanes en las áreas montañosas del este de Afganistán y que tendrían una gran influencia en las decisiones del movimiento.

Por lo que respecta al hijo del mulá Omar, Yaqub, es el jefe del «aparato político-militar», que se ha encargado, como en todas las bandas terroristas, de la ejecución y, en este caso, la orientación de las acciones en la guerra contra el ya derrotado Ejército afgano entrenado por Occidente.

El ser hijo de quién fue un cabecilla de referencia en el movimiento talibán le ha permitido ascender dentro de la cúpula del grupo, en el que es respetado y tomado como una figura a tener en cuenta, aunque hay quienes dudan de su poder real dentro de la banda terrorista.

Suhail Shaheen es uno de los portavoces de los talibanes, junto con Zabihula Mujahid. Su papel ha sido fundamental de cara a dar una imagen mediática, «aceptable», de cara al exterior de un movimiento que siempre se había caracterizado por su hermetismo y salvajismo. Los talibanes han tardado, pero se han dado cuenta del poder de las redes sociales y la importancia de transmitir sus mensajes, aunque su credibilidad, como ha quedado demostrado en las últimas semanas, queda destrozada por la realidad de los hechos. El grupo ha sabido utilizar las negociaciones de Doha para ganar tiempo y mostrar una cara amable mientras, a espaldas de todos (y de los servicios de inteligencia, lo que es más grave) preparaban la gran ofensiva, la «guerra relámpago», ante un Ejército, cuya nula moral de combate conocían, por más que sus instructores dijeran lo contrario.