Café Versailles, medio siglo de Cuba en el exilio

El centro cubano en Miami cumple 50 años como «sede» de una comunidad que sueña con la libertad en la isla

El café Versailles, en Miami
El café Versailles, en Miami

El café cubano más famoso del mundo no está en Cuba. Como muchos de sus parroquianos, el mítico café Versailles de Miami lleva toda una vida en el exilio. Este año celebra su cincuenta aniversario, medio siglo de vida como punto de reunión de los cubanos que huyeron de la tiranía en su país.

Fue en 1971 cuando Felipe Valls abrió en el despoblado oeste de Miami un negocio que se convertiría en referente de la ciudad. Valls, un empresario de Santiago de Cuba al que la «Revolución» expropió sus negocios, había empezado de cero en Estados Unidos. Con el dinero que reunió importando cafeteras italianas y españolas, importó también el concepto de las «ventanitas» cubanas, esos negocios tan típicos de la isla en los que los lugareños se acodan en las esquinas a conversar mientras saborean un café dulzón.

Miami se estaba llenando con las primeras oleadas de exiliados. Valls no imaginaba que ni Fidel Castro ni su negocio aguantarían tanto. En estas cinco décadas, el Versailles se ha convertido en un contrapoder simbólico al comunismo irreductible de La Habana, ofreciendo bocados de libertad a los cubanos, que adoran encontrar aquí los pastelitos de guayaba, las croquetas y los cortaditos que les recuerdan a la patria perdida.

Siempre que pasa algo en Cuba, se siente en el Versailles. Aquí celebraron miles de personas la muerte de Fidel Castro en 2016 y otras tantas se concentraron para apoyar a los cubanos que desafiaron al régimen en las protestas del 11 de julio de este año. Ese día fue especial. «Esa protesta fue diferente a las otras, la energía, las lágrimas, la forma en que la gente estaba en la calle, se veía una pasión», comentó al «Miami Herald» Felipe Valls jr., hijo del fundador y hoy al frente del negocio.

Y es que, pese a su salón de estilo francés, el Versailles es un pedazo de Cuba. Sin embargo, este café, como todos los cubanos que llegaron, terminó resignándose a la longevidad de la dictadura castrista y convirtiéndose en elemento imprescindible de la ciudad. No hay político local que pueda aspirar a una campaña exitosa sin rendirle visita. Por aquí pasaron los presidentes George W. Bush y Bill Clinton, y el senador John McCain. Y el estacionamiento del Versailles, junto a la mítica Calle 8, es lugar de celebración en las victorias de los equipos locales.

Hoy, con los veteranos del fallido desembarco de la Bahía de Cochinos, que todavía se citan para recordar y jugar al dominó en sus mesas, conviven los turistas que encuentran un pedazo de historia y algo muy escaso en esta ciudad, un menú de comida con alma a precios asequibles.

El exilio, como todo, evoluciona, y las nuevas generaciones de cubano-estadounidenses piensan ya más en su futuro aquí que en el retorno a una patria desconocida. Pero el Versailles sigue siendo, sobre todo, nostalgia. Valls Jr aún sueña con abrir una sede en La Habana. «En el Vedado o en el Malecón». Quizá no tengan que pasar otros 50 años.