El pinchazo de «Mr. Party»

Los trucos de Boris Johnson para conectar con los británicos parece que se están agotando. Los ciudadanos empiezan a dar la espalda a un líder que es incapaz de cumplir y hacer cumplir sus propias reglas

Boris Johnson
Boris Johnson FOTO: Platón Ilustración

BoJo fue columnista estrella del «Daily Telegraph» (Tory Telegraph, por su sintonía con el Partido Conservador británico), antes de ser primer ministro de Reino Unido. Boris Johnson mantiene (todavía) los reflejos del periodista. Cuenta su círculo más cercano que dirige el país como si fuese un editor, con cuaderno en mano, y olfateando los acontecimientos en busca del mejor ángulo para después venderlo a la opinión pública. Este don para vender historias, las mejores historias, aunque hubiera que adulterarlas, le valió una exitosa carrera periodística, primero, y política, después. Para algunos era «la magia» de Johnson. El talento para atraer a personas que jamás votarían por el Partido Conservador le convirtió en alcalde de Londres en 2008 y después le permitió lograr una mayoría aplastante, desconocida desde Thatcher, con una victoria espectacular en los feudos tradicionales del laborismo, lo que los expertos llaman «el Muro Rojo», en 2019.

Sin embargo, los trucos de Boris Johnson parece que se están agotando. El primer ministro británico está perdiendo el olfato. La espontaneidad de la que siempre ha hecho gala se está convirtiendo en patetismo como se vio en una rueda de prensa con empresarios en la que Johnson perdió el hilo de su discurso y se puso a divagar sobre Peppa Pig. Las últimas encuestas muestran que su índice de aprobación está 13 puntos porcentuales por debajo del líder laborista, Keir Starmer. Pese a tener una mayoría aplastante en la Cámara de los Comunes, esta semana se ha enfrentado a la mayor rebelión de sus filas y ha tenido que depender de los votos de la oposición para sacar adelante el «plan B» de la covid. Los conservadores están furiosos por los últimos escándalos en los que se ha visto envuelto el primer ministro. El vídeo filtrado en el que aparece la portavoz de Downing Street, Allegra Stratton, bromeando sobre una fiesta de «vino y queso» celebrada la Navidad pasada, en la que ella misma reconoce que no se cumplían las medidas de distancia social, ha sulfurado a los británicos. Desde la bancada «tory» también existe la percepción de que Johnson utiliza este nuevo «plan B» contra la variante ómicron para desviar la atención sobre los escándalos en plural. El «Partygate» vino precedido del «Wallpapergate». El «premier» redecoró su residencia en el Número 10 con una donación del Partido Conservador no comunicada a Hacienda. Por esto, le ha caído una multa de 20.000 euros. Dentro del partido temen que sea solo la punta del iceberg. El mayor traspiés, síntoma quizás de su pérdida de facultades, ocurrió cuando intentó salvar a un diputado corrupto, Owen Paterson, que finalmente tuvo que dejar el escaño. Las elecciones parciales para ocupar la vacante fueron un termómetro para ver cómo de alienados están sus votantes. Los «tories» perdieron en este feudo que retenían desde hace 200 años.

La desconexión entre Johnson y el electorado ha provocado que empiecen a aflorar los nombres de posibles sucesores del «premier». Hay «tories» que dudan hasta de que pueda terminar el mandato y que termine por ser destituido como ocurrió con Theresa May o Margaret Thatcher. Los candidatos naturales para tomar el liderazgo son la ministra de Exteriores, Liz Tuss, o el ministro del Tesoro, Rishi Sunak. La ligereza y espontaneidad que tan bien ha sabido explotar Johnson y que le ha permitido acercarse y ganarse a los británicos resulta ahora, en la sexta ola covid, insoportable. Reino Unido se encamina hacia una segunda Navidad frustrada y los ánimos están muy encendidos. El primer ministro ha perdido la legitimidad para imponer unas reglas que él mismo no cumple.

Reino Unidos, además, se enfrenta como país a problemas serios. A la variante ómicron y a las consecuencias del Brexit, se suma la crisis energética, un estancamiento económico y una inflación vertiginosa. Enfrascado en su propia supervivencia, no parece que BoJo sea capaz de sacar el país adelante.