Breivik saluda al estilo nazi en la vista para pedir su libertad vigilada

El terrorista noruego de extrema derecha condena ahora la violencia, pero no se arrepiente de los 77 muertos de los atentados de Oslo y Utøya de 2011

Anders Behring Breivik llegó ayer a la vista con un cartel donde se leía «detengan su genocidio contra nuestra nación blanca»
Anders Behring Breivik llegó ayer a la vista con un cartel donde se leía «detengan su genocidio contra nuestra nación blanca» FOTO: DPA vía Europa Press DPA vía Europa Press

Por motivos de seguridad, el polideportivo de la prisión de Skien, en el distrito de Telemark (oeste de Oslo), donde Anders Behring Breivik cumple su condena desde hace diez años por los peores atentados terroristas en suelo noruego desde el final de la Segunda Guerra Mundial, acoge desde este martes la audiencia sobre su petición de libertad condicional.

Con traje oscuro y el pelo rapado, el asesino de 77 personas en Oslo y Utøya el 22 de julio de 2011 hacía aparición a las 9:58 y aprovechó la presencia de la Prensa para hacer con la mano derecha el saludo nazi, mientras que con la izquierda sostenía un cartel en el que se podía leer en inglés “Detengan su genocidio contra nuestra nación blanca”.

Como temían los familiares de las víctimas de los atentados, Breivik, que en 2017 cambió su nombre por Fjotolf Hansen, iba a utilizar la audiencia judicial para difundir su conocido discurso supremacista. Y el ultraderechista no decepcionó. Condenó la violencia del 22-J, pero se mantuvo fiel a sus ideas nacionalsocialistas en su cruzada contra el multiculturalismo.

“Condeno la violencia y el terrorismo y los objetivos del manifiesto (que publicó en 2011 al cometer los atentados). Pero eso no significa que no siga luchando por el triunfo del nacionalsocialismo en Noruega y en Occidente”, aseguró en su alegato.

Breivik, que en ningún momento dijo sentirse arrepentido por la matanza que cometió, intentó eludir su responsabilidad asegurando ser víctimas de un “lavado de cerebro” por parte de la organización ultraderechista británica “Blood & Honour”, que lo utilizó como “un soldado”.

“Es crucial que entiendan el lavado de cerebro que sufría hace diez años. No es mi culpa. Son quienes lavan el cerebro en la red los que tienen casi toda la responsabilidad por el 22 de julio de 2011″, justifica.

Según su abogado defensor, Øystein Storrvik, “de acuerdo con la ley, no hay obligación de tener remordimiento”, agregó Storrvik. “En absoluto es el punto legal principal. El problema legal es si es peligroso”, explicó a la Prensa.

Tras tres meses de planificación, Breivik colocó aquel fatídico 22 de julio una furgoneta bomba en los edificios del Gobierno en Oslo que dejó ocho muertos y, a continuación, condujo hasta la isla de Utøya, donde mató a sangre fría a 69 personas, la mayoría adolescente que participaban en un campamento de verano de las Juventudes Socialdemócratas (AUF).

Sus intervenciones, en muchas ocasiones incoherentes, estuvieron salpicadas por constantes mensajes nazis que llevaba pegados a sus papeles para que pudieran ser vistos por el tribunal y la televisión, que retransmitió en directos su comparecencia.

En un momento de la audiencia, el juez, Dag Bjorvik, golpeo la mesa y le instó a parar de hacer proselitismo político durante la intervención de la fiscal, Hulda Karlsdottir. En opinión de la fiscal, los hechos “no tienen comparación” en la historia noruega, que fueron planeados durante años y que hay un peligro real de que se puedan repetir y de que Breivik tenga “voluntad y capacidad para cometer nuevos atentados”.

Según Tore Bjorgo, director del Centro de Investigación sobre el Extremismo (C-REX) de la Universidad de Oslo, Breivik no se ha vuelto menos extremista desde un punto de vista ideológico. “Ahora se presenta como nacionalsocialista y aunque dice que para él la lucha armada es una fase del pasado, de ninguna manera se ha distanciado de la matanza que cometió y que considera totalmente legítima”, explica.

Un duro trago para las víctimas

El terrorista de extrema derecha fue condenado en 2012 a la pena máxima que contemplaba entonces el Código Penal noruego, 21 años de prisión en régimen de aislamiento, pero en la práctica es una cadena perpetua, pues la sentencia contempla que puede permanecer en prisión de forma indefinida si sigue representando una amenaza para la sociedad.

Aunque es improbable que el tribunal acepte la demanda de Breivik y le conceda la libertad condicional, la audiencia, que se prolongará hasta el jueves y cuyo veredicto se anunciará en varias semanas, reabre las heridas de las víctimas y familiares del 22-J.

«Está claro que puede ser una gran carga para los familiares y supervivientes. Cada mención o aparición del terrorista puede contribuir a la retraumatización», reconoce la presidenta del Grupo Nacional de Poyo a las Víctimas, Lisbeth Royneland, que perdió a su hija en la masacre de Utøya, «pero es completamente irreal que pueda ser liberado y la ley debe ser cumplida».

En 2016, Breivik demandó al Gobierno noruego y dijo que su aislamiento de otros presos y los frecuentes cacheos desnudo violaban sus derechos humanos. Inicialmente ganó su caso, pero los tribunales superiores anularon el veredicto en 2017. El terrorista ocupa tres celdas de la prisión en donde dispone de televisión, reproductor de DVD, consola de videojuegos y máquina de escribir.