Un francotirador español en Kiev: «Mis opciones de salir vivo de aquí son del 50%»

Este ex legionario del Tercio Gran Capitán lleva más de dos semanas combatiendo a los rusos: por cada “hombre abatido” cobra 300 dólares de una empresa de seguridad americana

El francotirador JLC
El francotirador JLC FOTO: La Razón (Custom Credit)

La última misión de J.L.C ha sido en Irpin. Una acción rápida de unas pocas horas, integrado en un equipo con otros cinco ex militares. Soldados profesionales contratados por empresas de seguridad privadas que, según este ex legionario de 42 años, están liderando una parte de la guerra y, de paso, haciendo negocio. La conversación telefónica con LA RAZÓN se produce a lo largo de varios días. Hasta en dos ocasiones le cortan las líneas que utiliza y tiene que restablecerlas. No rechaza ninguna pregunta, si acaso evita entrar en ciertos detalles por razones de seguridad. Cabo primero del Tercio Gran Capitán de la Legión, donde sirvió durante trece años como francotirador, sí pide que no aparezca su cara y que le identifiquemos solo con las iniciales.

Asegura que su única motivación para participar en esta guerra es la protección de los civiles: «Me parece injusto lo que está sucediendo. A mí lo que me preocupa es la gente y necesito ayudarles. He encontrado hasta explosivos en peluches, en cajas de alimentos con el símbolo de Cruz Roja. Totalmente surreal. Lo que he visto es increíble. No es normal, de verdad, no sé a qué jugamos. He estado con la Legión en varios destinos, esto no me viene de nuevas. Pero aquí ves cosas... Procuro no darle muchas vueltas, pero es que el día a día que vivo no tiene sentido. No lo sé».

Además de la crudeza de un conflicto en el que «todos actúan de una manera inhumana con civiles de por medio», a este tirador de elite madrileño le ha sorprendido la presencia en Kiev de tantas agencias privadas de seguridad. «Aquí no he visto milicias de civiles armados. Lo que hay son empresas militares de muchos países, incluida Ucrania. Te hace una entrevista un mando, te conocen, te hacen fotografías. Ven todo lo que eres y has sido. Hay polacas, suecas, danesas y, sobre todo, de EE UU. Ellos montan equipos de seis personas y, si eres la carta de la baraja que les falta, te contratan. Tengo entendido que el número cuatro de Zelenski es quien se encarga de coordinar las operaciones con los mandos, que en su mayoría son estadounidenses. Son los que mueven el cotarro».

J.L.C llegó pensando en incorporarse a la Legión Extranjera creada por el presidente ucraniano para integrar a combatientes de otros países. No tenía intención «de cobrar ni un duro» y terminó firmando un contrato con una empresa americana porque «así es como funcionan las cosas». También le sorprendió el viaje hasta Polonia, que hizo empotrado en una caravana con material humanitario. Además de bienes de primera necesidad, comida y medicamentos, llevaban cuatro paquetes negros que dejaron en Alemania. «Imagino que sería cocaína, pero vamos, que no es todo tan bonito como lo pintan. Al menos ese conductor aprovechó que a estas furgonetas no las para ni las registra nadie, ni en las fronteras, ni en las aduanas, para sacarse un sobresueldo», apunta.

Equipo del francotirador J.L.C
Equipo del francotirador J.L.C FOTO: La Razón La Razón

«No llegas, te dan un arma y te pones a pegar tiros. Es falso. Tienes que tener contactos con alguien de la base del Ejército. Si no hablas inglés, por ejemplo, te llevan directamente a la frontera. La Legión Extranjera que yo he visto está en Yavoriv, en la frontera con Polonia. No tienen armas, ni visten de uniforme. Si llegan con ropa militar, les proporcionan otra. Lo que están haciendo es aprender ucraniano para poder comunicarse con la población si atacan esa zona. Son como una ayuda humanitaria formada por ex soldados de muchos países». Por si quedara alguna duda, insiste varias veces en que «en absoluto estoy despreciando su labor, solo digo que no están aquí para combatir».

No quiere decir el nombre de su empleador, ni el sueldo que le ingresan en una cuenta ucraniana cada quince días. Especifica que la cifra depende enormemente de la cualificación y de la tarea, «no pagan lo mismo a un paramédico que a un francotirador. O a un piloto de drones que a un zafador o un artificiero». Luego están los «pluses». «En mi caso, son 300 dólares por hombre abatido. Y no, no te voy a decir cuántos pluses he cobrado ya, solo que no compensa estar aquí ni lo que haces. Por mucho dinero que te paguen. Más que nada porque hay que estar muy bien psicológicamente para hacer esto y ver lo que ves». La confirmación de la baja realizada -explica- corre a cargo del equipo que lo acompaña.

No ha llevado armas, solo un machete y un hacha en la mochila. «Lo primero que te preguntan es qué arma usas, en mi caso una M-110, un rifle de asalto. También una Glock, que es una pistola, y un AR-15 por seguridad. Te lo proporcionan todo. Como yo actúo solo, soy oro molido para ellos. Si no necesitas a nadie les sale más barato, claro. Y encima, en mi caso, con buena puntería confirmada a 1.600 metros. Me preguntaron que por qué no había venido antes». De momento, no ha conocido a ningún otro francotirador: «Somos muy poquitos. Hacemos más bajas que nadie después de la artillería. Luego están los que pilotan los drones, que están muy demandados. Es alucinante lo que hacen».

¿No hay ninguna misión que le haya generado un dilema? ¿Por la edad del enemigo o por su indefensión? «Te pagan por hacer cosas y punto, sin preguntar. Yo estoy acostumbrado y me resulta fácil. Tampoco te voy a decir que soy “macho man” porque no. Pero aquí la moral no existe, es un tema de supervivencia. O tú o yo, no hay más. Vienes a lo que vienes y lo sabes. Es tan solo tener eso claro. Si yo dudo soy el que se va bajo tierra».

Este ex legionario no tiene problemas en usar el término «mercenario» para referirse a él y a los 200 hombres con los que comparte base de operaciones en la región de Kiev. «Es que los que están como yo, aunque suene mal, lo son. Mercenarios puros y duros que pueden dedicarse a la extracción de personas importantes de un edificio o a la compra de armas legales. Yo he hecho dos. Van dos civiles de cebo conduciendo dos camiones hasta un punto, nosotros compramos las armas junto con un intermediario y se llevan a destino. Mercenarios los hay en todas las guerras para que otros no tengan que mancharse las manos. Los soldados somos la mano de obra, otros vienen a ganar dinero y eso me da rabia, sí». Afirma que Rusia también los emplea; «los chechenos lo son».

Viven en un edificio del que no pueden salir, apenas a la puerta para fumar un cigarro. Y comen en silencio: «No interactuamos nada entre nosotros ni con los ucranianos. En el comedor no se habla, el hermetismo es total. No hay camaradería, imagino que se debe a que la gente no tiene ganas de hablar después de lo que ha visto. Te sientas, comes, te levantas y te vas. El que habla ahí es que está haciendo negocios».

Después de una acción concreta pueden pasar tres o cuatro días parados. Descansan, van al gimnasio y, en general, les come la impaciencia. Muchas veces les avisan con apenas cinco minutos y hay que correr. «Normalmente, yo me adelanto a mi equipo, se supone que soy sus ojos. Me cubro, me busco una posición que trato, si se puede, de que sea elevada. Primero tengo que ver dónde está el enemigo bajo unos mapas, unas directrices. Me pongo en posición y ya no me puedo mover. Desde ahí coordino con el resto, que igual están quitando minas de la carretera o retirando vehículos sospechosos y tan solo tengo que cubrirles. Si veo movimiento, disparo».

Imagen del material del ex legionario en su habitación en Kiev
Imagen del material del ex legionario en su habitación en Kiev FOTO: La Razón La Razón

En ocasiones, cuenta que le toca quedarse atrás y volver por sus medios por la naturaleza de la operación. «Alguna vez he pasado todo el día sin moverme de posición porque tenía el enemigo al lado. Y si te mueves, te matan. Te meas encima, no comes, como si estuvieras muerto. Y a esperar a que se vayan». ¿En qué se piensa durante las horas muertas? «Si te dijera que estoy siempre a tope, te mentiría. No soy ningún Rambo, eso es mentira. No existe. Intento no pensar en nada y acabo pensando en todo. Desde aquella novia que perdí por idiota a cómo estará mi moto, que he tenido que dejar guardada. Te pasa de todo por la cabeza, temas absurdos, sin ton ni son. Con eso matas el tiempo. Y quien te diga otra cosa es un motivado o un flipado».

Este tirador de elite asegura que ha sentido más el peligro que en otros conflictos y que en apenas dos semanas se mira en el espejo y se ve más viejo, más delgado y con más canas: «Miedo tienes siempre, claro, desde el primer día que llegas. Te estás jugando la vida. Además, aquí estoy solo, con compañeros que no conozco y que no hablan mi idioma. Te sientes inseguro el 100 por 100 del tiempo. Calculo que mis probabilidades de salir vivo de aquí son del 50%».

Confiesa que en algún momento le han llamado la atención «por descuidar mi protección, mi seguridad». Hubo un día en que bajó la guardia más de la cuenta: «Me salió del alma, me acerqué a una niña rubia, de tres o cuatro años, que estaba con su madre. Preciosa. Saqué de mi mochila una tableta de chocolate Nestlé, me he traído un montón, y le di una. Los compañeros me llamaron la atención por ese gesto. Estoy para lo que estoy, pero me sale. No pude evitarlo aunque tenían razón. Quizá es un instinto que me sale por no haber sido padre, algo que me habría gustado».

Sin embargo, no siente «ningún shock emocional» por hacer lo que hace. Repite como un mantra que «solo me importan los civiles. Es por lo que estoy aquí. Ver un niño chico corriendo por la carretera. Solo. No quisiera ser ese niño. Fuego de mortero y disparos y un anciano de 80 años que a lo mejor le da igual la vida, pero le ves de yendo de un punto a otro caminando, como si la cosa no fuera con él. Yo lo que quiero es que los civiles me miren a los ojos y vean a un militar español que saca la cara por ellos. Por su libertad».

Tampoco les está permitido interactuar con los rusos: «A mí no me dejan hablar con ellos, no nos está autorizado a la mayoría. Tampoco a los ucranianos. Los maniatamos, les despojamos de las armas, comprobamos que no tienen ningún artefacto en el cuerpo y se los llevan. Supongo que para interrogarlos e intercambiarlos luego. No sé más ni quiero saberlo».

Sin embargo, tiene claro que matanzas como la de Bucha son obra de mercenarios chechenos: «He visto algún que otro cadáver de los que dejan atrás las tropas, pero te puedo asegurar que eso no son los rusos. Son los chechenos, un grupo de élite que trabaja para Moscú. Da miedo hasta verlos físicamente. Los soldados rusos son niños, no tienen esa maldad ni ese nivel de violencia y ensañamiento. La mayoría está haciendo el servicio militar. Te puedo contar que se han arrodillado delante de mí, pidiendo que por favor no les dispare, llorando. Un militar llorando. Eso no lo han hecho los rusos».

Tiene por seguro que se quedará hasta que acabe todo. Un final que no ve muy próximo pese a que estén recuperando ciudades y el triunfalismo cunda entre las filas ucranianas: «Esto va para largo y todavía se va a poner peor. Lo que están haciendo las tropas rusas es replegarse para reagruparse y volver a ser un número significativo para embestir otra vez. A veces pienso que la Tercera Guerra Mundial me va a pillar aquí. No sé. Veo un 75% de opciones de que se líe más gorda».

La próxima misión para la que acaban de contratarle será una «black op», una operación sin bandera que realizará junto a tres compañeros con mando también estadounidense. Si resultan capturados, nadie se dará por aludido. «Es una misión que se hace por debajo del radar. Digamos que, oficialmente, no existe. Aún desconozco cuándo tendrá lugar». Aunque nada ha resultado ser como esperaba, volvería a acudir a la llamada de Zelenski: «No me arrepiento de haber venido, mi vida está llena de errores como la de cualquiera. Desde que nací. Esto es solo una cicatriz más. Otra experiencia».