África

¿Por qué hay nubarrones de una guerra entre el Congo y Ruanda?

Las relaciones diplomáticas entre ambos países se han deteriorado de forma significativa en los últimos meses, mientras se han multiplicado en la frontera los combates entre militares congoleños y rebeldes del M23

Manifestantes congoleños son detenidos por la policía en su marcha a la frontera con Ruanda, el 15 de junio de 2022.
Manifestantes congoleños son detenidos por la policía en su marcha a la frontera con Ruanda, el 15 de junio de 2022. FOTO: Moses Sawasawa AP

“Si Ruanda quiere una guerra con República Democrática del Congo, tendrá una guerra”. Así de tajante fue un alto mando congoleño este miércoles, cuando habló frente a miles de compatriotas que se manifestaron contra la ocupación de la ciudad de Bunagana a manos de los rebeldes del grupo M23. Su arenga causó tal efecto que la multitud marchó sin hesitación hacia la frontera con Ruanda para decirles cuatro palabras y si no fuera por la actuación de la policía, a saber cómo habría terminado el momento.

Fue el General Sylvain Ekenge, portavoz del gobernador militar de la provincia del Norte de Kivu, quién hizo las incendiarias declaraciones. En su discurso aseguró que “Ruanda no nos quiere” pero que “no estamos asustados y lucharemos contra ellos, no permitiremos que ocupen un solo centímetro de nuestro territorio”. La situación en la zona fronteriza entre Ruanda y el Congo hace años que sufre una grave inestabilidad, aunque estos últimos meses han sido los más agitados. Se han producido enfrentamientos dispares entre el ejército congoleño y rebeldes pertenecientes al grupo M23 (según las autoridades congoleñas, financiados por Ruanda). Atentados, bombardeos fronterizos y víctimas civiles se acumulan cada semana frente al silencio que genera el estruendo ucraniano.

Este lunes fue capturada por hombres armados pertenecientes al grupo M23 la ciudad congoleña de Bunagana, ubicada al este del país. El gobierno de Ruanda ha acusado igualmente a militares congoleños de herir a varios civiles en un bombardeo en la frontera, a la vez que lanzó este martes un comunicado donde aseguraba que las Fuerzas Armadas ruandesas “continuarán buscando las garantías que detengan los ataques en su lado de la frontera”. A principios del mes de junio, el gobierno congoleño suspendió también los vuelos con el país vecino. La enemistad entre ambos países, que parece extraña y que apenas resulta conocida al norte del Mediterráneo, es sin embargo una situación recurrente que lleva dándose desde mediados de la década de los noventa.

RDC: el oro que se escapa

La República Democrática del Congo (RDC) mantiene desde hace años las acusaciones que vinculan a Ruanda y Uganda con el tráfico de oro congoleño. Según el país centroafricano, los gobiernos de ambos países facilitarían el contrabando del preciado metal a su lado de las fronteras, para luego venderlo a Emiratos Árabes Unidos y Turquía. Estas acusaciones son significativas desde que el Congo posee un importante número de minas de oro dentro de su territorio (es el decimosexto productor mundial de este metal) pero apenas “exporta” una paupérrima cantidad oficial que no llega a los 22 millones de euros. Mientras que Uganda y Ruanda, dos países con reservas de oro discretas sin que ninguno entre dentro de los 45 mayores productores de oro, han basado respectivamente el 60% y el 70% de sus exportaciones totales en este metal.

Las acusaciones carecen de base no tanto por los números, que están aquí dispuestos, sino por la poca fiabilidad de cualquier número relacionado con el Congo y lo fácil que supone rebatirlos. Se tiene conocimiento sobre decenas de minas ilegales diseminadas a lo largo de su territorio, algunas de ellas minadas por grupos tradicionales con el permiso del gobierno y sin que se lleve un seguimiento adecuado del oro que extraen, por no decir nulo. RDC acusa también desde hace años a Uganda y Ruanda de financiar al grupo rebelde M23, que se ha hecho fuerte en la zona este del país, acusaciones que ambos Estados han negado en repetidas ocasiones. En la retórica congoleña, Ruanda y Uganda buscan la desestabilización de la región para facilitar el tráfico de oro a través de las fronteras.

Uno de los cambios más significativos de la política exterior congoleña en los últimos meses ha sido su admisión en abril en la Comunidad Africana Oriental, la organización que reúne a Burundi, Sudán del Sur, Uganda, Tanzania, Kenia y Ruanda. Desde Kinsasa piden que la organización intervenga en el conflicto y apelan a la colaboración de sus socios para garantizar la estabilidad de la región: si hay un organismo capaz de frenar la marcha inexorable hacia la guerra, este sería, en opinión de los congoleños, la Comunidad Africana Oriental.

Ruanda: los asesinos prófugos

Las acusaciones que lanza Ruanda sobre RDC también son sonadas. La proximidad entre ambos países y el escaso control fronterizo han llevado a que los habitantes de uno y otro lado hayan cruzado indiscriminadamente durante generaciones. Ya en la sublevación campesina ocurrida en Ruanda durante 1959 se supo de decenas de miles de tutsis que se refugiaron en RDC, Tanzania y Uganda, decenas de miles de tutsis que poco después regresaron a Ruanda para recuperar el poder, hasta los sucesos acontecidos en el genocidio de 1994.

Después de que la población hutu decidiera el exterminio de casi un millón de tutsis en 1994, muchos de los percusores de las masacres desaparecieron del mapa. Aprovechándose de esta situación de fronteras poco protegidas, los hutus culpables se escabulleron de la justicia en dirección a los países vecinos. La postura oficial de Ruanda es que estos hutus se escondieron en RDC bajo el beneplácito del Gobierno congoleño. De esta manera, se han continuado en el tiempo las acusaciones que implican que uno y otro país han financiado a grupos rebeldes para desestabilizar al país vecino, sin que ninguno de los sucesivos Gobiernos haya procurado hasta la fecha ningún plan de reconciliación que sea efectivo.

Las últimas tensiones vienen marcadas por los enfrentamientos ocurridos entre fuerzas de RDC y los rebeldes de M23 en la provincia de Kivu (frontera con Ruanda) y la detención de militares ruandeses (que Ruanda ha calificado de “secuestro”) por parte de militares congoleños que señalan la participación de fuerzas ruandesas en los ataques de los rebeldes. El caos añadido por docenas de grupos rebeldes de menor categoría no contribuye a suavizar la situación.

Un oficial de la fuerza de paz de la ONU en el Congo, conocida como MONUSCO, comentó este miércoles que no ha podido confirmarse todavía si los ejércitos de Ruanda o Uganda han colaborado con el grupo M23 en la toma de la ciudad de Bunagana. La ONU no parece saber adónde mirar, parece un mono mareado por el ruido de la selva. En la frontera son todo secretos a voces que malviven amortiguados por el estruendo de los disparos, ideas sobre conspiraciones que nunca llegan a probarse del todo, puñados de caos, pellizcos de desinformación, rencillas desde hace décadas cuyas heridas se agrandan de camino a una posible catástrofe (más).