Opinión

Isabel II: un animal geopolítico

La reina poseía una visión y una capacidad de navegar las complejas aguas de la política internacional desde la posguerra mundial hasta la pandemia de coronavirus como ningún otro jefe de Estado

Isabel II vistió cien países durante su largo reinado
Isabel II vistió cien países durante su largo reinadoKirsty O'ConnorAgencia AP

Isabel II nunca debió reinar. Aun así, el destino le deparaba un futuro difícil, de liderazgo, de crisis, de cambio. Como es de todos sabido, su tío Eduardo VIII abdicó de todos sus títulos en 1936, cambiando para siempre el destino, no ya de la jovencísima Isabel y de su padre Jorge VI, sino con toda seguridad del mundo entero. Muchos han sido los que han dicho que la Corona supo encontrar la cabeza adecuada, así como los hombros que tendrían que soportar el peso del deber que había de venir.

Apenas tres años más tarde estallaba la II Guerra Mundial, contienda que llevaría al extremo la lucha entre el autoritarismo y la libertad. Bajo el reinado de Jorge VI, los británicos supieron resistir ante el tenaz empuje del Tercer Reich, y fue el último baluarte de resistencia de Occidente, del liberalismo y de la democracia. Bajo la terca entereza de Churchill y la calmada disposición del rey, Reino Unido supo hacer frente al mal.Durante la guerra la familia real se mantuvo firme, y aguantó junto al resto de londinenses los indiscriminados bombardeos de la Luftwaffe que castigó a la capital británica durante las 56 noches que duró el Blitz, ganándose el respeto y cariño de la gente. Hasta cinco bombas llegaron a caer sobre Buckingham sin amedrentar el espíritu indomable del rey. Por otro lado, únicamente cuando el resto de los niños londinenses fueron evacuados al campo en la «operación Pied Piper» (en referencia al flautista de Hamelín), fueron llevadas las hijas del rey a la relativa seguridad del Castillo de Windsor. En esos momentos de angustia el primer mensaje de radio de la princesa de Gales inspiró valor a millones de niños obligados a buscar refugio entre sus conciudadanos de la campiña lejos de sus padres y de las bombas.

Años después, al cumplir los 18 años, la princesa acudió a la llamada del deber, como toda joven de su edad, y se alistó al Cuerpo Territorial Auxiliar de Mujeres como conductora y mecánica llegando a obtener el puesto de segunda subalterna. De esta época le quedó una afición por los coches y la mecánica, siendo ampliamente conocidas sus dotes para reparar sus propios vehículos. Como anécdota cabe destacar que, el día en el que la guerra llegó a su fin, la joven princesa, aún de uniforme, se incorporó a las celebraciones de sus conciudadanos, ciñéndose la gorra baja con la esperanza de no ser reconocida y poder participar del júbilo general.

Y es que, con otros al frente, la historia hubiera sido bien distinta. Los coqueteos de Eduardo duque de Windsor y anterior rey con el nazismo han quedado reflejados en numerosos documentos encontrados por las tropas aliadas en el Castillo de Marburg. Los denominados como «la carpeta Windsor» indicaban los deseos por parte del Reich de establecer un Gobierno afín en Londres, con el antiguo rey como monarca.

La Corona supo encontrar su destino, no solo hasta Jorge, pero también con su hija Isabel, que tuteló a un imperio colonial en su transformación en Estado moderno. La reina heredó la corona de un país en ruinas, sumido en una profunda crisis económica, con racionamiento de hasta los más básicos productos. El Imperio británico estaba desapareciendo, habiendo ganado la independencia gran parte de los territorios que lo componían. Aquellos que seguían siendo protectorados el día de su coronación acabarían emancipándose durante su reinado, poniendo fin a la etapa imperial.

La reina supo ser el faro para aguerridos y curtidos políticos, que en muchas ocasiones la subestimaron, en las muy diversas y graves crisis que experimentó el país a lo largo del siglo XX y buena parte del XXI, desde su primera crisis internacional en 1956 en Suez, a la Guerra Fría, la apertura a China, la Guerra de las Malvinas, el fin de la Unión Soviética, el Brexit o la pandemia de covid.

La reina fue un animal geopolítico, con una visión y una capacidad de navegar las complejas aguas de la política internacional como pocos protagonistas de su tiempo. Ejemplos de su habilidad y colmillo diplomático son muchos, y fue, sin duda, la mayor baza de un reino otrora potencia. Según David Cameron, «si algo sucede en alguna parte lejana del mundo, desde unas a elecciones a un golpe de Estado, la reina no solamente estará al corriente, sino que podrá contárselo con pelos y señales».

Cabe destacar su papel primordial en el mantenimiento de la relación especial entre Washington y Londres. En su reinado hubo trece presidentes de EE UU, de los cuales conoció a todos salvo Lyndon B. Johnson, quien durante su mandato nunca visitó Reino Unido. Desde Eisenhower a Biden, pasando por Kennedy, Clinton y Obama, todos sintieron un gran respeto por quien supo gestionar una relación no siempre fácil.

Durante estos años, su entereza, su sentido del deber, su capacidad de adaptación y su compromiso para con su gente se convirtieron en modelos para todo un país que no tuvo en sus políticos el ejemplo esperado de un líder. Ante la falta de visión, ante la decadencia de la clase política, la reina se convirtió en la brújula de un barco que de otro modo bien hubiera podido acabar a la deriva. La reina tuvo 16 primer ministros, desde Chur- chill que fue su gran mentor y guía durante sus primeros años de reinado, pasando por Eden, Thatcher o Blair. Sin Isabel II el destino de Reino Unido bien hubiera podido ser distinto.

Además, la reina supo adaptarse a los tiempos, modernizando una institución que para muchos se estaba quedando atrás. La retransmisión de su coronación, los mensajes navideños por televisión o la apertura de Buckingham a las visitas cuando no reside, acercaron a la monarca al pueblo como nunca había ocurrido. Su reinado comenzó durante los primeros años de la televisión y ha terminado en plena época digital, de la robótica y de la inteligencia artificial. Su adaptabilidad ha sido la clave de su éxito. Su sentido común, su sentido de sacrificio, su sentido de Estado, pero sobre todo su sentido del deber hicieron de la reina el símbolo del coraje y valentía para su pueblo.

Pese a numerosas crisis y escándalos, supo guiar a la institución, protegiendo el legado de la Corona para que esta sobreviviese, entendiendo su papel vital para el futuro de su país. Criticada por ciertos sectores, supo entender como nadie a su pueblo, y en momentos críticos demostró humildad, reconociendo a Lady Di con el mayor símbolo de respeto y honor inclinándose ante el féretro.