Europa

Carlos III empieza una gira por Escocia, Gales e Irlanda del Norte para salvar Reino Unido

Acogida tibia en Edimburgo al féretro de la reina Isabel con aplausos moderados a la llegada del cortejo fúnebre a la capital escocesa

Isabel II, quien falleció el pasado jueves a los 96 años, abandonó ayer el Castillo de Balmoral por última vez. Siempre se dijo que era su sitio favorito y donde pasó los momentos más felices de su vida. Fue en Escocia donde disfrutó los veranos de niña, donde el príncipe Felipe le pidió matrimonio, donde la pareja luego pasó su luna de miel. Aunque también fue donde vivió sus momentos más críticos. Fue allí donde se enteró de la muerte de Diana y su tardía respuesta le valió grandes críticas y las peores cuotas de popularidad.

En Balmoral, a la reina se la consideraba «una vecina más». Hablaba con los residentes en dórico, el dialecto escocés del noreste, y vestía ropa de campo muy parecida a la suya. «Aquí arriba la relación con la familia real es más íntima. Vienen para que puedan ser lo más normales posible», aseguraba a la prensa local David Cobban, de 56 años, propietario de una tienda de regalos.

El amor de Escocia hacia Isabel II era correspondido, pero el futuro de la institución con Carlos III es un debate muy distinto, sobre todo teniendo en cuenta el órdago secesionista planteado por la ministra principal escocesa, Nicola Sturgeon, quien ha prometido celebrar un nuevo plebiscito de independencia el próximo año. En este sentido, el nuevo monarca tiene un complejo papel. Puede pasar a la historia como el último rey de Escocia o puede hacerlo como el rey que salvó la unión del país.

El cortejo fúnebre con los restos mortales de Isabel II salió de Balmoral para iniciar un largo recorrido hasta la residencia real de Holyroodhouse en Edimburgo. A lo largo de todo el trayecto de 200 kilómetros, miles de personas se congregaron para rendirle tributo, con aplausos en un ambiente de recogimiento. El ataúd estaba cubierto con el estandarte real de Escocia y una corona de flores, recogidas en los propios jardines de Balmoral.

En la entrada del palacio de la capital escocesa, estaban la princesa Ana, su marido, Tim Laurence; el segundo hijo de Isabel II, el príncipe Andrés, y el cuarto hijo de la soberana, el príncipe Eduardo, con su mujer, Sophie. Una vez dentro del edificio real, el Regimiento Real de Escocia y miembros de la Guardia Real desfilaron en silencio en el patio antes de abandonar el recinto.

Este lunes, el féretro será trasladado hasta la cercana catedral de St. Giles, donde habrá un servicio religioso al que asistirán miembros de la familia real, incluido Carlos III, quien previamente se dirigirá a los parlamentarios británicos en un acto en Westminster.

El ataúd de la soberana permanecerá unas 24 horas en la catedral para que la población pueda rendirle tributo, antes de ser llevado a la capital británica de cara al funeral de Estado que tendrá lugar el próximo 19 de septiembre en la Abadía de Westminster.

Antes del funeral, el nuevo monarca -que culminó ayer una semana histórica con varias audiencias en Londres- emprenderá un viaje que le llevará por todas las naciones que forman el Reino Unido. Aunque su base está en la capital británica, el monarca de 73 años tiene como prioridad tender la mano a los otros territorios de su reino, donde el apoyo a la monarquía no es tan sólido como en Inglaterra.

En el caso de Edimburgo, el momento de la lectura de la proclamación ayer del nuevo monarca se vio interrumpido por algunos abucheos en la plaza del Parlamento inmediatamente después de la frase «Dios salve al rey». De inmediato, comenzó a sonar el himno de Reino Unido que corearon muchos de los asistentes al acto, incluida la ministra principal escocesa, Nicola Sturgeon. Tras el himno se repitieron los abucheos y los llamamientos en defensa de una república.

“¡Que le jodan al imperialismo!”

Antes del discurso, una manifestante anti monárquica fue expulsada de la plaza por las fuerzas de seguridad tras desplegar una pancarta con la frase «¡Que le jodan al imperialismo!. Abolición de la monarquía». Un portavoz policial confirmó posteriormente la detención de una mujer de 22 años «por perturbar la paz».

Por su parte, en Irlanda del Norte la proclamación oficial fue en el Castillo de Hillsborough, residencia oficial del monarca en el territorio norirlandés y también sede oficial de la Secretaría de Irlanda del Norte del Gobierno británico. En la ceremonia estuvieron presentes representantes políticos norirlandeses con la excepción de los nacionalistas del Sinn Féin, que recalcaron que no enviarían a ningún diputado porque la ceremonia era «para quienes tienen su fidelidad política en la Corona británica».

En definitiva, Carlos III -quien nunca ha conseguido tener la misma popularidad que su madre ni su primogénito, el príncipe Guillermo- se está dando estos días baños de masas ante la multitud que se concentra en el Palacio de Buckingham. Pero está claro que su reinado tiene grandes desafíos por delante.