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Trump y Clinton abren la batalla por la Casa Blanca

Trump saluda a sus simpatizantes
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La victoria del magnate en siete de once Estados le sitúa como el candidato republicano indiscutible, aunque en su partido buscan cómo impedir su nominación porque rechazan su estilo autoritario.

Le quedan dos semanas para terminar de completar su «opa hostil» en el Partido Republicano y, a pesar de que el tiempo apremia, el «establishment» de los conservadores se niega a asumir la realidad tras la gran victoria consechada por Donald Trump en el «supermartes». El día 15 se celebra otro martes decisivo porque se votará en Estados clave como Florida, Illinois, Missouri, Carolina del Norte y Ohio. Si el proceso de nominación fuera normal, después de esa fecha, los jerarcas del partido apoyarían a Trump, que el martes ganó en siete de once Estados. A estas alturas, el multimillonario ha vencido en diez Estados; Ted Cruz, en cuatro, y Marco Rubio, en uno.

Sin embargo, la élite del Partido Republicano detesta al polémico magnate. El ex candidato y ex gobernador Jeb Bush se ha sumado a otros líderes de la formación para apoyar a uno de los grupos de presión que pretenden frenar el ascenso de Trump. La consigna es buscar cualquier manera de pararle los pies.

Mientras, Trump espera a sus compañeros de filas desafiante. En su discurso tras conocerse su victoria del «supermartes», envió un claro mensaje al partido. «Va a tener que pagar un precio muy alto», dijo en relación a los intentos de frenar sus aspiraciones para ganar la nominación en julio y competir por la Casa Blanca el 8 de noviembre. «Donald Trump nunca se hará con los 1.237 delegados necesarios para la nominación del partido», pronosticó ayer Marco Rubio, conocedor de las artimañas que se barajan para torpedear la candidatura del multimillonario.

La grieta dentro de los republicanos es cada vez mayor porque cuantas más victorias suma Trump, más lo rechazan las élites. Basta leer las declaraciones del senador conservador Lindsey Graham a la CBS para entender el drama que se vive en el partido: «¿Cómo vamos a nominar a una persona que está loca? Donald Trump está loco. Va a romper el partido y vamos a perder contra Hillary Clinton», reconoció.

Trump ha ganado en el sur y en el norte del país, entre los votantes con pocos recursos y en zonas acomodadas, en las áreas urbanas y cosmopolitas y también en territorio conservador y religioso. Tiene una base electoral heterogénea y crítica con el sistema de Gobierno en Washington.

De ahora en adelante, nadie sabe qué puede ocurrir en el Partido Republicano. Ted Cruz, otro candidato mal visto, asociado a la ultraderecha religiosa y con pocos amigos dentro de los republicanos, ganó el martes en Texas, Oklahoma y Alaska. Rubio, el nombre ungido por el «estabishment», sólo ha vencido en Minnesota. La gran prueba de fuego de su campaña será el 15 de marzo en Florida, el estado del que Rubio es senador, donde una reciente encuesta da una ventaja de 16 puntos a Trump.

Los bailes de números ya han comenzado. Se necesitan 1.237 delegados para hacerse con la nominación republicana. A falta de los datos definitivos, la noche del martes Trump se hizo con 237, Cruz con 209 y Rubio con 94 de los 595 en liza en los once Estados. En el cómputo global, Trump suma 319; Cruz, 226; Rubio, 110, John Kasich, 25; y el neurocirujano Ben Carson, ocho.

En el terreno demócrata el panorama está más despejado. El izquierdista Bernie Sanders se hizo con 321 delegados y Hillary Clinton sumó 486 de los 865 que había en juego. La ex secretaria de Estado tiene en total 1.034 y Sanders, 408. Ganará el que llegue a 2.383 delegados. Pero no cabe duda de quién será el ganador.

Todo lo que ocurre en el Partido Republicano hace que casi resulte aburrido el desarrollo de las primarias demócratas, en las que Clinton se ha afianzado como la clara favorita. Hillary ha sido capaz de superar el «caso Lewinsky», el fracaso de la reforma sanitaria cuando su marido Bill Clinton era presidente, y el desastre de campaña de 2008, cuando perdió contra Barack Obama. Ahora le toca enfrentarse a la que será una de las campañas más sucias de los últimos años, y parece que también está preparada. Sólo tiene que dejar caer a Sanders con elegancia. Sería parte de su estrategia para conseguir que el círculo de su rival acabe apoyándola en las elecciones presidenciales.

Clinton consiguió el martes siete de los once Estados que decidían candidato, y logró mandar un claro mensaje de que es la persona que el Partido Demócrata necesita. La ex primera dama venció en el sur, en un Estado clave como Virginia, e incluso ganó en Massachusetts, un Estado más propicio para la victoria de su oponente. También se alzó victoriosa entre las minorías –fundamentales para hacerse con la Casa Blanca– al lograr el apoyo de los afroamericanos y los latinos. Además, conquistó el apoyo de los más mayores, que representan un porcentaje del electorado más cuantioso que el de los jóvenes.

Sanders, por su parte, logró con sus victorias en Oklahoma, Minnesota, Colorado y Vermont superar las expectativas y tener argumentos suficientes para sostener que aún hay partido en las primarias demócratas, un discurso que empieza a desarmarse.

En este contexto, la batalla entre Clinton y Trump ya ha comenzado. Ayer, el republicano recriminó a la demócrata que vaya prometiendo crear puestos de trabajo cuando durante su etapa como dirigente no lo hizo. Trump dijo ser el único republicano capaz de derrotarla el 8 de noviembre.