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El compromiso de EEUU con Afganistán

En una decisión reciente, que provocó conmociones en todo el mundo, Trump anunció que Estados Unidos retiraría todas sus tropas de Siria y la mitad de sus tropas de Afganistán. Ayer comenzó la retirada en Siria

  • Entrega de armas de ex talibanes y militantes del Estado Islámico (EI) durante una ceremonia de reconciliación en Jalalabad (Afganistán), en una imagen de archivo / Efe
    Entrega de armas de ex talibanes y militantes del Estado Islámico (EI) durante una ceremonia de reconciliación en Jalalabad (Afganistán), en una imagen de archivo / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

12 de enero de 2019. 02:39h

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Ahmed Charai.  12/1/2019

La semana pasada, el presidente Trump afirmó erróneamente que la Unión Soviética invadió Afganistán en 1979 para neutralizar una amenaza terrorista que afectaba a Rusia. «Tenían razón en estar allí», dijo. De hecho, no había habido tal amenaza y las preocupaciones reales de Moscú, en ese momento, tenían más que ver con la creciente participación de Washington en Afganistán. Sin embargo, la mala apreciación del presidente sería adecuada si la hubiera aplicado a la presencia militar estadounidense en Afganistán hoy. Un número relativamente pequeño de tropas, 14.000, juega un papel vital en proteger a un Gobierno tambaleante afgano de ser invadido por los talibanes, por el ISIS, o por ambos. Al hacerlo, también ejercen un control sobre éstas y otras fuerzas yihadistas que oprimirían a la población y causarían estragos en todo el mundo. De hecho, la mayoría de los combates y muertes en nombre del Gobierno afgano no se llevan a cabo por las fuerzas estadounidenses, sino por el número mucho mayor de tropas y policías afganos entrenados y equipados por ellos.

Por lo tanto, una pequeña porción de la capacidad de combate de Norteamérica ha logrado un impresionante efecto multiplicador en virtud de sus alianzas locales. Lo mismo ocurre con la pequeña presencia estadounidense en Siria. En ambos casos, los soldados estadounidenses tienen realmente «derecho a estar allí», por el bien de la seguridad nacional de Estados Unidos y sus aliados, así como por los intereses de la población local.

Sin embargo, el presidente Trump cree lo contrario. En una decisión reciente, que provocó conmociones en todo el mundo, anunció que Estados Unidos retiraría todas sus tropas de Siria y la mitad de sus tropas de Afganistán. Ayer comenzó la retirada en Siria. Los estadounidenses a ambos lados del espectro político, junto con algunos de los aliados más fiables de Washington en el extranjero, lo han instado a reconsiderar la decisión, y parece haber aceptado al menos retrasar el retiro. Pero, ¿quién llenará el vacío que los estadounidenses finalmente dejarán atrás? ¿Y qué estrategia se puede adoptar para lograr que Afganistán pueda prescindir de una presencia de tropas extranjera?

Con respecto al vacío, el congresista demócrata Ro Khanna, en un artículo en «The Hill», ha pedido conversaciones directas con los talibanes; ataques aéreos para desalojar a grupos yihadistas que usan Afganistán como base; y la unión de Pakistán, Irán, Rusia, China e India con el fin de apoyar este proceso. Pero estas sugerencias suponen un idealismo que puede no triunfar en la región: en medio de la lucha en curso de Washington contra Irán y las tensas relaciones con China, ninguna de esas potencias realmente desea ayudar a Estados Unidos en Afganistán. Irán, es más, es una fuerza desestabilizadora en el país. Rusia tampoco ve a Afganistán con la misma intensa preocupación que tuvo en los años 70 y 80, cuando el imperio soviético lo limitaba. La ideología extremista y terrorista de los talibanes tampoco puede ser aceptada como base para una negociación.

No obstante, Estados Unidos tiene aliados con un historial comprobado de lealtad en las luchas en el país junto con sus tropas, en particular Emiratos Árabes Unidos, que han desempeñado un papel tranquilo pero eficaz en la lucha contra el yihadismo en Afganistán.

Arabia Saudí también ha demostrado estar dispuesta a luchar contra una ideología de apoyo al terrorismo en territorio extranjero y ayudar a otros a hacer lo mismo. Los tiempos han cambiado: durante la guerra apoyada por Estados Unidos contra los soviéticos en Afganistán, Arabia Saudí y su aliado pakistaní designaron a los yihadistas como su principal aliado. El liderazgo saudí hoy considera a estos mismos terroristas como sus enemigos mortales. En este sentido, ha anunciado la creación de una «coalición musulmana contra el terrorismo» para luchar contra ellos, así como la implantación de herramientas que sirvan para limitar el alcance de los extremistas y para combatir en contra de sus ideas.

Arabia Saudí puede ayudar a orientar a su aliado pakistaní en una misión similar en Afganistán. Su «coalición musulmana» ya está bien posicionada para hacerlo, ya que un condecorado general paquistaní, Raheel Sharif, fue nombrado en 2017 como líder para comandarla. Además, el acercamiento de Israel y los Estados del Golfo puede dar lugar a una alianza que suponga una nueva forma de asistencia en Afganistán de forma coordinada por parte de los israelíes y los países musulmanes.

Marruecos, aunque esté tan lejos de Afganistán como uno pueda estar en el mundo musulmán, ha sido un puente entre varios Estados del Golfo e Israel, y puede jugar un papel de apoyo fundamental. Cuatro décadas después de que los soviéticos invadieran Afganistán, la naturaleza de la guerra ha cambiado de tal manera que la proximidad geográfica no es el único factor determinante para asumir un papel relevante en este conflicto.

En cuanto a la cuestión de cómo eliminar gradualmente a Afganistán de cualquier dependencia de tropas extranjeras, en el centro del problema radica la dificultad de fomentar un gobierno de equidad y transparencia en el país y conseguir un creciente apoyo público para defender el Estado. Washington y sus aliados afrontan el desafío de crear instituciones de colaboración, capacitación en integridad y compromiso cultural. El término operativo, acuñado por el miembro del Consejo de Relaciones Exteriores Nadia Schadlow e integrado en la Estrategia de Seguridad Nacional del presidente Trump en diciembre de 2017, fue definido acertadamente como un «compromiso competitivo». Es decir, implica la aplicación del poder blando estadounidense competitivamente frente a los poderes, actores e ideologías rivales. Estados Unidos no ha sido especialmente hábil en este ámbito. Pero tendrá que trabajar en ello para garantizar que las tragedias que llevaron a Estados Unidos a Afganistán no se repitan.

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