El disidente que nunca tuvo miedo

La figura de Oswaldo Payá marcó a la disidencia cubana a sangre y fuego. Su trabajo en el Movimiento Cristiano de Liberación en los años noventa en pos de la democratización del régimen le granjeó una merecida fama de hombre valiente. Oswaldo Payá nació en La Habana en 1952 y era el quinto de siete hermanos. Muchos de los jóvenes disidentes con más presencia actualmente señalan a Payá como una voz única y pionera en la medida en que construyó un camino para todos los cubanos que no piensan como el régimen y desean expresarse. «Antes éramos unos pocos», decía recientemente a este periódico Elizardo Sánchez, un conocido opositor cubano, quien apuntaba que ahora «hay miles y miles» de disidentes en la isla «dentro de una tendencia hacia la unidad que puede llegar a buen puerto». Payá les abrió el camino. Él fue el promotor del Proyecto Varela, que recibió un gran apoyo popular. Gracias a esta iniciativa presentó más de 11.000 firmas en el Parlamento cubano en 2002 pidiendo un referéndum para una transición democrática y pacífica en la isla. «Este proyecto propone la modificación de algunas leyes para, de esta forma, avanzar en el mejoramiento de la sociedad. El Proyecto Varela quiere convertir en leyes lo que son ya derechos establecidos en la Constitución de la República de Cuba, que no se cumplen», reza la introducción de dicho documento. Oswaldo Payá recibió por parte del Parlamento Europeo el prestigioso premio Sajarov en 2003, y en 2004 consiguió 14.000 firmas adicionales. Su propia hija, Rosa María, reconocía que ni ella ni su familia se iban a recuperar nunca de la falta de Oswaldo, «pero sí que tenemos la tranquilidad de que tanto mi padre como Harold Cepero –el otro activista que falleció en el trágico accidente en julio– creían que lo que estaban haciendo era lo mejor para su prójimo».