Política

El espectro de una tercera Intifada

El masivo funeral por el adolescente palestino asesinado desemboca en una batalla campal. Egipto media por un alto el fuego entre Hamás e Israel mientras persisten los ataques mutuos

«MUERTE A ISRAEL» La protesta antes y después del funeral se sucedió bajo este grito del odio. En la imagen, un palestino lanza una piedra durante los enfrentamientos entre palestinos y soldados israelíes en el barrio de Kofr Kedum
«MUERTE A ISRAEL» La protesta antes y después del funeral se sucedió bajo este grito del odio. En la imagen, un palestino lanza una piedra durante los enfrentamientos entre palestinos y soldados israelíes en el barrio de Kofr Kedum

Pese a que el sonido de los cohetes persistió ayer en la Franja de Gaza, mezclado con el ruido de los tanques y de los carros de combate desplegados por el Ejército israelí en la frontera sur, Israel y el movimiento islamista Hamás emprendieron un proceso de diálogo, mediado por Egipto, para tratar de reducir la creciente tensión y salvaguardar el alto el fuego –igualmente mediado desde El Cairo– que en 2012 puso fin a la operación militar israelí «Pilar defensivo». Un proceso que ninguna fuente oficial quiso confirmar, ni en Jerusalén ni en Gaza, pero que enseguida tuvo su primer detractor.

De visita en la ciudad meridional de Sderot, una de las más afectadas por la andanada de proyectiles, el ministro israelí de Asuntos Exteriores, el ultraderechista Avigdor Lieberman, afirmó, simple y llanamente, que se trata de «un error». «Debemos apretar nuestras manos sobre aquellos que apoyan y alientan el terror, y eso incluye a (los líderes Hamás) Jaled Mishal e Ismail Haniye. Necesitamos que sepan que son un objetivo», afirmó Lieberman. «Mientras nosotros hablamos de un alto el fuego, Hamás continúa desarrollando cohetes que pueden llegar a Tel Aviv. Todo lo que estamos haciendo es posponer el problema en vez de buscar la solución. Ésa no es la respuesta que hay que dar a Hamás», agregó, según informa Efe.

Lieberman es uno de los halcones más duros de la heterogénea coalición de gobierno que desde hace meses –y tras sólo un año de vida– intenta salvar el primer ministro, Benjamin Netanyahu. Residente en una de las colonias –ilegales según la política de la UE–, es uno de los miembros del gabinete que apuestan por una respuesta más dura al asesinato de tres jóvenes israelíes desaparecidos el pasado 12 de junio cuando hacían autostop entre el bloque de asentamientos de Gush Etzion y la ciudad palestina de Hebrón, la más poblada de Cisjordania. No es el único. Junto a él, el ministro de Finanzas y líder ultranacionalista, Naftalí Bennett, también exige un castigo más severo y pernicioso para el movimiento islamista, al que Israel acusa del triple asesinato. Una posibilidad con la que no están de acuerdo colegas en el Gabinete especial de Seguridad, como la ministra de Justicia, Tzipi Livni, o el líder centrista, Yasir Lapid, que se oponen a un castigo colectivo que podría nublar cualquier posibilidad de una futura negociación con los palestinos. La división tiene varias causas más, muchas de ellas relacionadas con la complejidad de una zona de alianzas efímeras. Aunque el Gobierno israelí ha señalado como presuntos autores a dos miembros del ala militar de Hamás, antiguos presos en cárceles de Israel a los que busca con denuedo, los investigadores aún no han dilucidado si estos actuaron por iniciativa propia, o siguiendo las directrices de la cúpula. Hamás, que alienta y aplaude los secuestros como herramienta de lucha, insiste en que no tiene información al respecto. El estallido del odio tras el entierro de los tres estudiantes israelíes –dos de ellos menores– ha obligado a atemperar los ánimos. Tanto Netanyahu como el presidente saliente, Simon Peres, instaron el jueves a la población del país a respetar la ley y a no provocar poco después de que fotografías con soldados exigiendo venganza inundaran la red. Sin embargo, Mohamad Abu Jedeir, un menor palestino fue víctima de un presunto ataque de ultranacionalistas judíos. El adolescente, de 16 años, fue enterrado ayer entre gritos de dolor e ira en el cementerio de Suafat, el barrio palestino del que desapareció el martes tras ser obligado por dos personas a subirse en un coche a la salida de la mezquita. Su cuerpo, calcinado, fue hallado en un bosque de Jerusalén Oeste y fue entregado ayer, primer viernes de Ramadán, a la familia tras una agria polémica. «Han querido evitar que despidiéramos a Mohamad como ellos han despedido a sus chicos. Pero no han podido, aquí está todo el pueblo de Suafat y de otros sitios para gritarle a Israel que no nos doblegaremos», explicó uno de sus tíos. Concluido el funeral, con el tradicional atrionar de las ametralladoras, al menos 20 personas resultaron heridas en enfrentamientos entre jóvenes radicales palestinos y unidades antidisturbios israelíes, que desde el jueves mantienen acordonada y sellada una barriada, situada a escasos cinco kilómetros del casco antiguo de Jerusalén, que ayer asemejaba un campo de batalla, con adoquines, neumáticos, contenedores quemados y barricadas flanqueadas de hogueras. La tercera es que Israel parece haber logrado ya uno de sus principales objetivos: desmantelar la infraestructura de Hamás en Cisjordania, un fin que, a priori, también beneficia a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), bastante silente hasta la fecha.

Netanyahu aseguró esta semana que aparte de esta meta, la operación militar en curso desde que los tres chicos desaparecieran, tenía otras dos ambiciones: hallar a los culpables y detener el lanzamiento de cohetes hacia el sur de Israel. Para la primera, cuenta con el apoyo de los servicios secretos de la ANP. Para la segunda, necesita a Hamás. Gran parte de los cohetes que se lanzan desde la Franja son responsabilidad de otras milicias radicales, como la «Yihad Islamica» o el ala militar del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP). Pese al gobierno de reconciliación formado el mes pasado con Al Fatah, el movimiento islamista aún controla la Franja, sobre todo en temas de seguridad.