El genocidio que sí existió

Todo comenzó el 24 de abril de 1915 y se prolongó por un año. En la imagen, dos hombres armenios ahorcados
Todo comenzó el 24 de abril de 1915 y se prolongó por un año. En la imagen, dos hombres armenios ahorcados

Entre 1,2 y 1,5 millones de personas murieron. Cerca de 700.000 sobrevieron huyendo a Rusia y Persia. Los militares amenazaban a quien los ayudase con penas terribles y secuestraron a miles de niños para convertirlos al Islam.

El viernes 24 de abril, los diez millones de armenios que existen dispersos por el mundo celebrarán el centenario del genocidio de su pueblo, que se inició el 24 de abril de 1915 con una operación típica de eliticidio: 600 armenios pertenecientes a la crema cultural, religiosa, política, económica y profesional de su pueblo fueron detenidos en Constantinopla (hoy, Estambul) y encarcelados, deportados o asesinados. Aquella redada, cuidadosamente planificada y efectuada con celeridad, constituía el primer acto del genocidio decidido por el Comité de Unión y Progreso (CUP), el partido nacionalista y reformista de los Jóvenes Turcos que habían terminado con el sultanato del absolutista Abdul Hamid II. La comunidad armenia, compuesta por unos 2 o 2,5 millones de personas, en su mayoría cristianas y concentradas en seis provincias del este de Anatolia, contiguas a las fronteras de Rusia y Persia (donde también existen tierras armenias que con las otomanas habrían formado la Armenia histórica o Gran Armenia) fue descabezada, privada de orientación y sorprendida por un decreto de deportación general que se promulgó el 27 de mayo, aunque ya se había iniciado en algunos lugares. Un superviviente manifestaría: «Nos cogió por sorpresa. Tres días antes aún andábamos comprobando si las uvas estaban maduras para vendimiarlas. La vida transcurría apaciblemente. A los tres días, un pregonero difundió la orden de que debíamos abandonar nuestras casas y de que nos facilitarían carros para transportarnos a otros lugares».

Huesos por los caminos

Un año más tarde, el genocidio se había consumado. En las provincias armenias ya no quedaban armenios: el 60/65%, entre 1.200.000 y 1.500.000 personas, había muerto y sus blancos huesos jalonaban los caminos que desde Anatolia, siguiendo los cursos de los ríos Éufrates y Tigris, descendían hacia el sur, hacia los desiertos de las vilayas de Siria y Mosul. El resto, –600.000/700.000 personas– sobrevivió refugiándose en las regiones armenias de Rusia y Persia, o al socaire de guarniciones alemanas, o auxiliadas por buenos samaritanos que desafiaron la prohibición de socorrerlas: «Todo musulmán que defienda a un armenio será ejecutado ante su casa y ésta reducida a cenizas. Si es un funcionario, será apartado de su cargo y llevado ante un tribunal de guerra; los allegados a miembros del Ejército que protejan a esa gente pasarán a disposición de un tribunal militar y serán juzgados por desobediencia» (Orden del general Mahmud Kamil Pachá).

Hubo algunos millares más de supervivientes, pero también quedan incluidos en el genocidio: los niños robados a sus padres para que los adoptaran familias musulmanas y los convirtieran al islam erradicándolos de su pueblo. El patriarca armenio de Constantinopla, Zaven Der Yeghiayan, vio pasar por la ciudad una caravana de armenios conducida hacia el exilio: «...Se detuvo delante del edificio del Gobierno. Tanto los niños como las niñas fueron arrebatados de sus madres y conducidos al interior; allí permanecieron mientras se forzaba al convoy a ponerse de nuevo en marcha sin ellos. Después se emitió un bando por las poblaciones de los alrededores anunciando que, quien lo deseara, podía acudir a la ciudad y adquirir uno de esos niños».

Ese genocidio era tan público como admitido y organizado. El ministro del Interior, Talat Pachá, directo responsable de la eliminación de los armenios, daba instrucciones, el 21 de julio de 1915, acerca de los restos humanos que jalonaban los caminos del sur: «Todos los cadáveres que yacen en las carreteras deberán ser enterrados, en ningún caso lanzados a lagos, pozos o ríos, y sus efectos personales deberán ser destruidos por el fuego».

Dos meses después, el 15 de septiembre de 1915, informaba a las autoridades de Alepo (de la vilaya de Siria): «El Gobierno ha decidido destruir por completo a dicha gente, que vive en Turquía (...) Ha de ponerse fin a su existencia (...), y no debe prestarse consideración alguna a la edad o el sexo, ni a los remordimientos de conciencia». El, desde luego, carecía de tales escrúpulos: el 7 de marzo de 1916 ordenaba «capturar y exterminar en masa a los niños armenios».

Incluso los turcos que admiten la matanza disculpan las atrocidades alegando, primero, el estado de guerra; segundo, la inclinación de muchos armenios de unirse al Ejército ruso, en cuyas filas había armenios; tercero, miedo a que las poblaciones armenias sirvieran a los rusos como quinta columna; cuarto, que hubo poblaciones armenias que se levantaron en armas contra las autoridades otomanas; y, quinto, que también en estas luchas perecieron muchos turcos.

Admitiendo el estado de guerra, que la confrontación otomano-rusa tenía lugar precisamente sobre tierras armenias y que hubo turco-armenios se pasaran a las filas rusas, se trata de medias verdades hoy desmontadas por la investigación histórica. Antonio Elorza («La Aventura de la Historia», número 197, marzo, 2015) escribe: «Entra en escena La Organización Especial (OE), nivel clandestino del CUP (el partido del Gobierno), desde el 2 de agosto de 1914 vinculada en su funcionamiento al ministro del Interior, Talat Pachá, y dotada de una estructura paramilitar. Una de sus misiones básicas consistía en actuar “contra las personas a liquidar en la patria”, esto es, la eliminación de los armenios y de los influidos por el extranjero. El diseño del genocidio, que comprendía, también, a los griegos del imperio, estaba ya perfilado antes de la entrada en guerra, el 29 de octubre, y de la supuesta traición de los armenios...».

Es decir, se trataba de una operación de limpieza étnica, de un plan trazado por los Jóvenes Turcos para «homogeneizar Anatolia»; un plan «fruto de largas y serias deliberaciones», según confesaría el ministro Talat a Henry Morgenthau, embajador en Ankara de EE UU, a la sazón país neutral. Por su lado, el ministro de la guerra, Enver Bey, explicaba que debían tomarse medidas contra «todos los no musulmanes como enemigos del Estado». Aunque los planes estuvieran trazados desde antes de la guerra, es muy posible que la desastrosa campaña de Enver en el Cáucaso los apresurase y radicalizara. Enver, un hombre tan arrojado como militarmente torpe, se dirigió en noviembre de 1914 con cerca de 200.000 hombres contra el general ruso Iudenich. El ministro se implicó en una batalla invernal en una alta meseta helada contra fuerzas mejor equipadas para el frío y bien instaladas en torno a Sarikamis. Su error definitivo fue buscar una mayor movilidad a cambio de fragmentar sus fuerzas, a las que los rusos diezmaron mientras iban entrando en combate. En Sarikamis perdió Enver la mitad de su ejército y dejó abierto un enorme boquete en el frente, y en vez de reconocer sus errores achacó la derrota a los armenios, desarmó a cuantos soldados de este pueblo que se hallaban en sus filas y los envió a trabajar como porteadores o como auxiliares de sus fuerzas de ingenieros, a abrir carreteras, repararlas, construir puentes etc., subalimentados, sin ropa adecuada y explotados hasta la muerte.

Aunque la expulsión ya había comenzado con la primavera de 1915, a partir del 27 de mayo, todos los armenios debieron abandonar sus hogares. Más de dos millones de personas dejaron toda su vida atrás. El cónsul norteamericano Leslie A. Davies, uno de los testigos que más ha contribuido a difundir este genocidio, escribía: «La gente se preparaba para abandonar su patria y entregar a las autoridades sus casas, tierras y propiedades. Intentaban vender sus muebles y artículos domésticos, ropas y provisiones, ya que no podían cargar con todo. Daban sus cosas al precio que el comprador estuviera dispuesto a pagar (...) Máquinas de coser de 25 dólares se vendían por cincuenta centavos. Alfombras valiosas a menos de un dólar (...) La escena me recordaba a una bandada de buitres que se abalanza sobre su botín».

Y aun peor: en los pueblos apenas había hombres, pues cuantos estaban en edad militar se hallaban realizando trabajos forzados para el Ejército. Pero adolescentes y hombres mayores eran separados de sus familias y, en general, asesinados fuera de las aldeas. Un muchacho de Konia que logró sobrevivir narró: «Ordenaron a los hombres y a los muchachos que se apartaran de las mujeres. Algunos chiquillos se vistieron como niñas y se escondieron, logrando seguir en el grupo. Pero mi padre, un hombre adulto con bigotes, fue separado. En cuanto los tuvieron aparte, un tropel de gente armada surgió del otro lado de la colina y mató a todos los hombres delante de nuestros ojos. Los asesinaron a bayonetazos en el vientre. Muchas mujeres no pudieron soportar la tragedia y se lanzaron al río enloquecidas».

Y para los demás: mujeres, niños y ancianos quedaba el camino hacia el exilio en el desierto, a pie, o en sus animales o en tren. El embajador Morgenthau, inquirió al ministro del interior, Talat Pachá por las razones de la deportación: «Nuestras reservas hacia los armenios se basan en tres motivos distintos. En primer lugar, este pueblo se ha enriquecido a costa de los turcos. En segundo lugar, están decididos a tenernos bajo su tutela y a fundar su propio estado. Y tercero han apoyado abiertamente a nuestros enemigos. Prestaron ayuda a los rusos en el Cáucaso; nuestra derrota allí se explica en gran parte por su traición. Por eso hemos tomado la decisión irrevocable de arrebatarles su poder antes del fin de la guerra. No toleraremos la presencia de ningún armenio en ningún lugar de Anatolia. Podrán establecerse en el desierto, pero en ningún otro sitio».

Y más tarde, «No hace falta dar argumentos, hemos liquidado ya la situación de tres cuartas partes de los armenios. El odio entre las dos razas es tan intenso que tenemos que acabar con ellos; si no, deberemos temer su venganza. No queremos ver armenios en Anatolia». Finalmente reitera su única oferta de supervivencia: «Pueden vivir en los desiertos, pero en ninguna otra parte».

Asombra tanto cinismo, pero aún más cínica y brutal es la nota que tiempo después envió el ministro al embajador: «Ruego solicite un informe a las compañías norteamericanas de seguros de vida, donde conste una relación de los armenios que han suscrito una póliza en su país. Casi todos han fallecido y también sus herederos con derecho a cobrar la suma asegurada. Ese dinero revierte en el Estado Turco». El ministro no tenía inconveniente en admitir que todos los deportados, cabezas de familia y descendientes, habían muerto, y reivindicaba las primas de los seguros de vida para el estado Otomano.

Por tanto, fue un genocidio organizado para limpiar étnicamente el noreste de Turquía, tanto para unificar religiosamente el país, eliminando a una minoría cristiana numéricamente importante –un 16%-18% de la población que, en total, no superaba los 15 millones de habitantes–, como para terminar con sus reivindicaciones nacionalistas y suprimir su peligro potencial dadas esas aspiraciones, activadas por la vecindad fronteriza de los armenios de Turquía y Persia.

Y fue un exterminio público: todos los vieron partir, muchos vieron sus míseras caravanas que por todos los caminos de Anatolia se dirigían hacia los desiertos árabes, muchos se quedaron con sus propiedades, muchos los asaltaron, robaron y asesinaron.

Y fue una matanza reconocida políticamente. Kemal Ataturk, admitía en 1919 que las víctimas armenias sumarían unas 800.000. Claro, que estas atrocidades no perturbaban a Kemal, que calificó las matanzas e incendio de Esmirna (Izmir), de 1922, donde perecieron cerca de cien mil cristianos griegos y armenios, como «un incidente desagradable».