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El «paraíso» populista se desvanece

  • El líder de Syriza, Alexis Tsipras, celebrando su victoria en enero, en Atenas
    El líder de Syriza, Alexis Tsipras, celebrando su victoria en enero, en Atenas

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20 de septiembre de 2015. 01:23h

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20/9/2015

Siguiendo al profesor Cas Mudde, el populismo puede definirse como «una ideología que considera que la sociedad debería separarse en dos grupos que son a la vez homogéneos y antagónicos: el pueblo, que se define como puro, y las élites, definidas como corruptas. El populismo enfatiza que la política debería ser la expresión de la voluntad general del pueblo.» Pero las actitudes populistas, propias de discusión de bar, van mucho más lejos, y siempre dicen encontrarse en condiciones de «prometer soluciones fáciles y obvias a problemas complejos». No obstante, y como bien demuestra la realidad cotidiana, la gestión pública es mucho más complicada, y las promesas del cielo en la tierra pronto desaparecen. En el reciente y dramático caso griego hemos sido espectadores de una esperpéntica negociación entre socios que, se supone, deben respetarse mutuamente y buscar soluciones a los problemas comunes. Sin embargo, estos socios estaban más preocupados por sus electorados nacionales, con las consecuentes salidas de tono en contenido y continente a lo largo de los últimos meses. Europa no puede seguir esta deriva. La elección se encuentra en estos momentos entre seguir jugando a tener una Unión Europea desunida, en la que cada «rescate» aumente el descrédito internacional y la desafección entre socios y opiniones públicas, o articular los instrumentos necesarios para empoderar a unas instituciones comunitarias que han perdido un gran peso en favor de los Estados miembros desde el comienzo de la crisis. Es decir, hay que elegir entre volver a las soberanías nacionales, como claman los populistas, o construir una democracia supranacional, una verdadera unión política europea. El proyecto de integración ha superado los 60 años de edad.

Llegados a este punto, en el que las interconexiones e interdependencias entre los europeos son enormes, sería dramático dar marcha atrás en la construcción europea (en este sentido, un Grexit habría sido trágico). Y aquí, claramente, nos encontramos alineados nosotros. Debemos exigir, a todos los niveles, la necesidad de construir una Europa democrática «bottom-up», esto es, de abajo hacia arriba. Una Europa de los ciudadanos y no de los Estados, que se preocupe del mantenimiento del modelo social europeo, que dé respuestas conjuntas a la crisis de los refugiados, que sea capaz de enfrentarse a los retos del siglo XXI con una visión propia y no 28 distintas... todo eso y más necesitamos. La batalla es compleja, las resistencias estatales son muy fuertes. Estamos faltos de una narrativa ilusionante, una narrativa que sí tienen unos populistas que proclaman (sabiendo que no es verdad) que su llegada al poder significará el fin de los males y que todo será maravilloso en adelante. En países como Francia (con Marine Le Pen), Reino Unido (con Nigel Farage) o Finlandia (con Timo Soini), por citar algunos de los ejemplos más dolorosos (y por no mencionar a la Hungría de Orbán, que quizás sea el caso más grave), estos partidos tienen una capacidad de determinar la agenda que asusta. Con el discurso del miedo buscan atraerse electores y en cierta medida, lo consiguen. Avisan de una inmigración desbocada, proponen el cierre de fronteras, avivan un enfrentamiento continuo con los países deudores, a los que acusan de haber vivido por encima de sus posibilidades.

El único eje que comparten sus medidas «milagrosas» es el de culpar a los demás. En efecto, Europa (incluyendo aquí a todas las instituciones, también los Estados) ha fracasado en explicar a sus ciudadanos que hoy todo es más complejo, que vivimos inmersos en la globalización y que la vida no volverá a ser como antes. Esto no significa que tengamos que resignarnos, muy al contrario. Los europeístas debemos ser críticos con todo lo que hemos hecho mal, pero proponiendo una alternativa seria, una alternativa que revitalice los todavía vigentes valores de la Unión y que profundice en una integración en la que en el centro deben situarse los ciudadanos. Porque sólo así se ganará la partida a aquellos que no cesan de «prometer soluciones fáciles y obvias a problemas complejos».

*Salvador Llaudes es analista de temas europeos y trabaja actualmente como ayudante de investigación del Real Instituto Elcano y Paula Lamoso es politóloga especializada en proceso de integración e instituciones de la UE.

Firman este artículo junto al resto de integrantes de Con Copia a Europa @CCEuropa

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