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La victoria demócrata en la Cámara de Representantes debilita la agenda de Trump

El Partido Demócrata logra mayoría absoluta en la Cámara Baja pero los republicanos afianzan su control en el Senado, clave para evitar un hipotético "impeachment"del presidente

Ciudadanos votan hoy durante las elecciones intermedias 2018, en San Francisco (Estados Unidos) / Efe
Ciudadanos votan hoy durante las elecciones intermedias 2018, en San Francisco (Estados Unidos) / Efelarazon

El Partido Republicano conservará su mayoría en el Senado de Estados Unidos, mientras que los demócratas se harán con la Cámara de Representantes

Una derrota agridulce, la de los republicanos en el Congreso, que vuelve a manos demócratas, y además de forma rotunda. Una agria victoria, la de unos demócratas que, por más que festejaran este triunfo, también soñaban con recuperar el Senado. En general, con el reparto de las Cámaras, puede decirse que ambos partidos tenían motivos para felicitarse. No hubo debacle republicana, cierto. Pero la recuperación del Congreso cambia severamente el panorama político. Tampoco la victoria demócrata permite hablar de ola.

En la carrera por los gobernadores, varios nombres propios, y el primero el del republicano Ron DeSantis, uno de los hérores de la noche. Derrotó al demócrata Andrew Gillum. Un severo varapalo para su partido, que quiso encontrar en Gillum al candidato que permitiera hacerse con un Estado largamente republicano. De paso, la enésima lección para los propios republicanos. DeSantis es un hombre cercano a Trump, y en su partido muchos desconfiaban de él. Entre tanto en Colorado el demócrata Jared Polis se convirtió en el primer gobernador abiertamente gay de la historia. Otra de las grandes historias de estas elecciones, poco destacada, fue la aprobación en Florida de la llamada Enmienda 4, que restaura el derecho a voto de más de 1,4 millones de ciudadanos de Florida con antecedentes penales.

«Tremendo éxito», tuiteó Trump. Hiperbólico, tal vez, pero comprensible. Contra los consejos de su propios asesores, y no digamos ya de la plana mayor del partido, hizo de estos comicios un plebiscito personal. Una apuesta a todo o nada. Un espectáculo más decantado hacia el carisma que hacia los problemas locales. El muro, el célebre e irreal muro, que jamás será levantado, actuó más como acicate o cebo. Y funcionó. De nuevo. Ciertamente la derrota en el Congreso, que vuelve a manos demócratas después de 8 años, dificulta sobremanera que Trump saque adelante algunas políticas decisivas. Al mismo tiempo la victoria en el Senado impede que progresen los ataques más duros contra la Casa Blanca.

Trump tendrá más complicado destituir al fiscal especial al mando de la investigación del Russiagate, Robert S. Mueller. Pero los demócratas tendrán que renunciar al loco sueño del impeachment. Espadas en alto, de nuevo, a la espera de la madre de todas las elecciones, dentro de 2 años. En el fondo, y por mucho que el Congreso alivíe los pesares demócratas, todo lo que sea presentarse ante el electorado como un presidente vapuleado por la casta, víctima de un legislativo en contra, podría favorecer a Trump en 2020.

De tal modo que el Partido Republicano conservará su mayoría en el Senado de Estados Unidos, mientras que los demócratas se harán con la Cámara de Representantes.

Los demócratas se han hecho con 220 escaños mientras que los republicanos obtienen 193. Hasta el momento, el Partido Demócrata ha obtenido 27, cuatro más de los necesarios para hacerse con la victoria en la Cámara Baja.

Los republicanos mantendrán el control del Senado, donde los demócratas tendrían que arrebatar dos escaños al Partido Republicano para hacerse con la mayoría. En los estados de Indiana, Virginia Occidental, Florida, Texas y Tennessee el escenario se ha tornado significativamente competitivo. Los republicanos cuentan con 51 escaños, mientras que los demócratas se han hecho con 45 -de un total de 100-.

Florida y Georgia acaparan el principal foco de atención.