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La extraña muerte del periodista que identificó a mercenarios rusos en Siria

Las autoridades rusas sostienen que Maksim Borodin se suicidó tirándose por la ventana de su apartamento pero sus allegados creen que se trata de un asesinato.

  • Maksim Borodin
    Maksim Borodin / Facebook

Tiempo de lectura 4 min.

17 de abril de 2018. 02:14h

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Antonio Mora.  16/4/2018

A las 5 de la mañana del pasado miércoles, el periodista ruso Maxim Borodin llamó a su amigo Viacheslav Bashkov alarmado porque «en el balcón de su apartamento había alguien armado» y varias personas «vestidas con camuflaje y máscaras estaban en la escalera» de su edificio. El hecho hubiese sido una anécdota más de no ser porque un día después Borodin, quien en marzo pasado reveló el escándalo sobre la muerte de mercenarios rusos en Siria, fue encontrado por sus vecinos seriamente herido tras haber caído de una de las ventanas de su apartamento ubicado en un quinto piso. Dos días después, el periodista de 32 años murió en el hospital.

Según la Policía de la región de Sverdlovsk «es poco probable que el incidente tenga una naturaleza criminal». El argumento detrás de esta afirmación es que la puerta principal del apartamento de Borodin se encontraba cerrada desde dentro y no había señales de que hubiese sido forzada. Sin embargo, las autoridades reconocieron que no había ninguna nota suicida.

Polina Rumyantseva, editora del diario «Nuevo Día», de Ekaterimburgo, para el que trabajaba Borodin, tampoco cree que el periodista se haya suicidado, según contó el domingo a Radio Free Europe / Radio Liberty.

Maxim Borodin escribía habitualmente sobre crímenes y corrupción. Sin embargo, su nombre se hizo conocido en Rusia desde marzo, cuando firmó una serie de reportajes sobre la muerte de un grupo de mercenarios rusos en Siria el 8 de febrero cuando intentaban hacerse con el control de un territorio ocupado por las Fuerzas Democráticas Sirias, un grupo opositor al Gobierno apoyado por Estados Unidos, cerca de Deir Ezzor. El ataque fue repelido por los aviones de Estados Unidos y según varias fuentes se saldó con la muerte de más de 200 mercenarios rusos.

La cifra exacta de bajas aún no ha sido confirmada pero de ser cierta se trataría del mayor enfrentamiento entre ciudadanos rusos y estadounidenses desde el fin de la Guerra Fría, sin contar el efecto que esto podría tener en la moral de las tropas rusas y en la narrativa que cuidadosamente ha venido construyendo el Kremlin sobre el poderío y profesionalismo de sus tropas involucradas en el conflicto sirio.

Esta noticia no cayó muy bien en el Gobierno ruso, que en principio no confirmó la muerte de sus ciudadanos y luego trató de restarle importancia al incidente alegando que se trataba de «decenas de contratistas privados heridos, algunos de los cuales murieron», sin relación alguna con el Gobierno y el Ejército ruso.

El Equipo de Inteligencia de Conflictos, una plataforma rusa de investigación, logró identificar a ocho de los mercenarios rusos muertos por el ataque estadounidense y la emisora Eco de Moscú otro, para un total de nueve. Todos eran empleados de la Compañía Militar Privada Wagner, fundada por un ex oficial del servicio de inteligencia exterior de Rusia (GRU), y supuestamente financiada por el oligarca Yevgeni Prigozhin.

Según una investigación realizada por el diario alemán «Der Spiegel», las relaciones entre los mercenarios rusos que se encuentran en Siria –unos 2.000– y el Kremlin se han ido deteriorando. Los combatientes denuncian que están siendo utilizados como «carne de cañón» a cambio de una «pobre compensación». Incluso desde los propios grupos nacionalistas rusos se han aireado críticas al presidente Vladimir Putin por no reconocer el sacrificio de estos hombres que «perdieron la vida de manera heroica mientras defendían a la madre Patria».

La incomodidad de los familiares y amigos de los mercenarios rusos muertos en Siria ha llegado a tal punto que el propio ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, sugirió que el Parlamento elabore leyes que protejan a los ciudadanos rusos que se encuentran en Siria trabajando para firmas privadas, alegando que otros países como EE UU habían hecho lo propio con los mercenarios de la polémica empresa Blackwater durante la guerra en Irak.

Y precisamente esto era lo que había venido cubriendo Maxim Borodin durante las últimas semanas. El mes pasado publicó un artículo en el que identificaba a tres de los mercenarios rusos muertos el 7 de febrero en Siria: dos provenían del pueblo de Asbest y otro de Kedrovoye, ubicados en la región de Sverdlovsk. También había investigado casos como el escándalo político en el que se vieron envuelto el oligarca ruso Oleg Deripaska y el viceprimer ministro ruso Sergei Prijodko tras la publicación de un vídeo obtenido por el bloguero opositor Alexei Navalny.

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