Tragedia

Un fuerte terremoto se ceba con el Marruecos más frágil y olvidado

El terremoto con epicentro en la región de Marrakech dejó casi 3.000 muertos y a decenas de miles de personas sin hogar

Vista de una calle próxima al Palacio Badia de Marrakech invadida de escombros.
Vista de una calle próxima al Palacio Badia de Marrakech invadida de escombros.María TraspaderneAgencia EFE

Cuando, pasadas las diez de la noche del 8 de septiembre pasado, las redes sociales comenzaban a hacerse eco de un temblor de tierra que se había dejado sentir, sobre todo, en las viejas construcciones de la medina histórica de la ciudad de Marrakech, una ciudad rebosante de vida y visitantes llegados de todo el mundo, nadie podía imaginar que Marruecos estaba a punto de vivir uno de los días más trágicos de su historia contemporánea.

La violenta sacudida con epicentro en el pequeño municipio de Ighil, localizado a algo más de 70 kilómetros de Marrakech en las faldas de la cordillera del Alto Altas, se iba a cobrar, con el paso de los días, la vida de casi 3.000 personas y a causar heridas a más de 5.000 más. Además, el virulento temblor de tierra dejó sin hogar a de decenas de miles más sin hogar. Con una magnitud de 6,8, el mayor terremoto registrado en la historia de Marruecos –aunque de menor intensidad, el que tuvo epicentro en la ciudad costera de Agadir el 29 de febrero de 1960 se llevaría por delante la vida de entre 12.000 y 15.000 personas— se dejó notar también en el sur de España, Portugal y Argelia.

El devastador temblor de tierra puso en evidencia las carencias en materia de infraestructuras y servicios básicos, empezando por la precariedad arquitectónica de las construcciones –muchas de ellas hechas a base de adobe— en las pequeñas, dispersas e incomunicadas poblaciones de montaña. No pocas de estas aldeas del Altas quedaron reducidas literalmente a escombros. En el otro lado de la moneda, logró despertar una auténtica ola de solidaridad nacional e internacional. La tragedia puso, en fin, en el mapa al Marruecos más remoto y olvidado.

Además, el temblor de tierra con epicentro en la provincia de Al Hauz subrayó la solidaridad mostrada por el pueblo español y sus autoridades hacia sus vecinos del sur. No en vano, España fue uno de los cuatro países de los que el Gobierno marroquí aceptó ayuda en las peores horas posteriores al temblor de tierra. El apoyo español a los servicios de búsqueda y rescate marroquíes estuvo encabezado por la Unidad Militar de Emergencia (UME) –que levantó su campo de operaciones en el municipio de Amizmiz—, pero fue secundado por buen número de organizaciones y asociaciones procedentes de todos los rincones de España.

La solidaridad española no pasó desapercibida para el rey de Marruecos, Mohamed VI, que agradeció directamente al mando militar sus esfuerzos expresando “gran orgullo y aprecio”.

En la recta final del año, el frío –la zona sufre temperaturas muy por debajo de los cero grados durante varios meses— y la escasez de medios –miles de personas siguen viviendo en construcciones precarias o tiendas de campaña— golpean de manera severa a las poblaciones de la zona, que exigen a la administración celeridad a la hora de ayudar y temen que lo ocurrido vaya cayendo inexorablemente en el olvido. El Gobierno de Marruecos, que comenzó en noviembre a entregar la ayuda directa a los afectados, se manifiesta satisfecho con su gestión.

El reto para Marruecos, en definitiva, es ingente: evitar que una situación parecida se vuelva a repetir y afrontar la situación de vulnerabilidad en la que viven cientos de miles de sus ciudadanos, lo que pasa, en primer lugar, por dignificar la vida cotidiana de los habitantes del a menudo precario y semiabandonado mundo rural. La tragedia del 8 de septiembre fue la más cruda llamada de atención