India se rebela contra las violaciones

Jóvenes indias se manifiestan contra la inacción del Gobierno ante las violaciones
Jóvenes indias se manifiestan contra la inacción del Gobierno ante las violaciones

India lleva una mes debatiendo sobre la violencia sexual contra sus mujeres. Los medios de comunicación hablan de ello, los familiares de las víctimas piden justicia con rabia y se suceden manifestaciones en las principales ciudades del país. Muchas voces, como la de la famosa activista Aruna Roy, insisten en que no se ha producido un aumento repentino de los estupros, drama que lleva años siendo inusitadamente frecuente. Lo que sucede, por el contrario, es que la sociedad está tomando conciencia de ello. Noticias que hace meses no habrían alcanzado ni para un breve aparecen estos días en todos los telediarios del país.

Ayer, por ejemplo, se informaba de una joven cuyo cadáver fue encontrado colgado de un árbol en el paupérrimo estado de Bihar, en el noreste del país. La mujer, de 32 años, se apeó (por circunstancias desconocidas) de un tren en el que viajaba y, minutos después, fue arrastrada de los pelos hasta un huerto de mangos por un grupo de borrachos que la violaron a turnos y la ahorcaron.

Aunque algunos políticos nacionalistas hablen de "epidemia de estupros"y lo achaquen a la occidentalización, la urbanización, la apertura económica de India y unas crecientes contradicciones sociales en las que conviven muchas mentalidades, lo cierto es que es en las zonas rurales donde se producen la mayor parte de los ataques, concretamente el 75 por ciento. De hecho, una de las formas tradicionales de hacer justicia en la sociedad india es obligar a que el violador se case con su víctima.

Las cosas, por fortuna, están transformándose, como casi todo en un país que poco a poco, y en medio de muchas tensiones, va dejando atrás su sistema de castas y su organización social feudal. En 1973 sólo 3.000 mujeres se atrevieron a denunciar una violación. En 2011 eran ya 24.000, aunque todavía en tres de cada cuatro casos no hay condena para los culpables.

El detonante que ha hecho que la sociedad india manifieste su repulsa contra la violencia de género ha sido la escalofriante historia de una estudiante de fisioterapia de 23 años a quien un grupo de adolescentes violaron salvajemente a mediados de diciembre en un autobús en la capital, Nueva Delhi. La muchacha, exponente de la creciente clase media que sale adelante con mucho esfuerzo, regresaba del cine con un amigo. El conductor del vehículo y cuatro secuaces, borrachos, golpearon al chico, inmovilizaron a la chica, la violaron por turnos durante casi una hora y acabaron introduciéndole una barra de hierro por la vagina hasta que le sacaron parte de los intestinos. Finalmente intentaron rematarla atropellándola con el autobús. La muchacha, medio muerta, consiguió arrastrarse antes de ser aplastada por las ruedas, pero murió en el hospital días después, tras haber detallado a la Policía los hechos con una frialdad pasmosa.

La brutalidad de la historia y el perfil de la muchacha (una chica sobresaliente en los estudios, que trabajaba para mantenerse y a quien ahora la prensa llama "hija de India") ha escandalizado al país entero, que clama venganza contra los violadores. Sus asesinos representan la otra cara del país, la que se está quedando en la cuneta en medio del desarrollo económico. La biografía del "jefe"de la banda, un chaval de 17 años a quienes sus amigos llaman "Bhura"(marrón), es ilustrativa y parecida a la de tantos millones de pobres.

Incapaces de mantenerlo, sus padres lo mandaron a trabajar a los 11 años a Nueva Delhi. Primero en un restaurante y después en un negocio de reciclaje, donde pasaba 15 horas al día por 35 euros al mes, sin librar. Lavar autobuses fue su última ocupación y fue precisamente con sus compañeros con quienes planeó emborracharse y violar a una de esas niñas monas de clase media que visten bien y huelen mejor. Mientras la violaban, la víctima tuvo que escuchar como la insultaban por atreverse a salir acompañada de un amigo a las nueva de la noche. "Muere perra", le gritaban, mientras introducían el metal en sus entrañas.