Trump desata el fervor proteccionista al prometer más control de fronteras

El presidente de EE UU acudió al foro conservador CPAC para repetir su programa: la construcción del muro «antes de lo previsto», la expulsión de los «bad guys», el desmantelamiento de la reforma sanitaria o «borrar del mapa» al Estado Islámico. Y con ello logró el aplauso de su público. El dirigente republicano mantuvo su beligerancia contra los medios críticos

Clamor «trumpista». Donald Trump, ayer, durante el foro republicano de Meryland, donde fue fuertemente ovacionado
Clamor «trumpista». Donald Trump, ayer, durante el foro republicano de Meryland, donde fue fuertemente ovacionado

El presidente de EE UU acudió al foro conservador CPAC para repetir su programa: la construcción del muro «antes de lo previsto», la expulsión de los «bad guys», el desmantelamiento de la reforma sanitaria o «borrar del mapa» al Estado Islámico. Y con ello logró el aplauso de su público. El dirigente republicano mantuvo su beligerancia contra los medios críticos

A pesar de sus raíces comunes y de sus historias no pocas veces entrelazadas, norteamericanos y europeos utilizan las palabras de manera muy diferente. Para el norteamericano, un «liberal» equivale a lo que en España se denominaría un «progre». Por el contrario, un «conservative» (conservador) sería el equivalente al liberal clásico europeo. De ahí que la CPAC (Conservative Political Action Conference) constituya una conferencia política de lo que en Europa se consideraría pensamiento liberal. Sustentada por unas cien organizaciones, la CPAC mantiene desde inicios de los años setenta una reunión que, actualmente, dura cuatro días, a la que asisten millares de personas y que ha contado entre sus oradores a políticos como Ronald Reagan, Pat Buchanan, George W. Bush, Dick Cheney o Ron Paul y a periodistas como Rush Limbaugh, Glenn Beck o Ann Coulter. En términos generales, todos ellos comparten una visión de la política doméstica que pasa por los impuestos bajos, el control del déficit, la limitación –incluso constitucional– del gasto público y la desaparición de las subvenciones para «lobbies» sociales como los feministas, abortistas, gays o raciales. Esas circunstancias explican que en 2010, el premio Ronald Reagan que entrega la CPAC fuera otorgado al Tea Party.

Las diferencias entre los conservadores existen, pero se limitan, casi exclusivamente, a la política internacional. Si Ron Paul, por ejemplo, es partidario de reducir la presencia militar de EE UU en el globo y seguir una política directamente enraizada con la de los Padres fundadores –comercio con todos, guerra con nadie – Bush hijo o Cheney se han manifestado abiertamente intervencionistas.

Donald Trump ya se había dirigido por primera vez a la CPAC en 2011. En aquella ocasión, uno de sus apoyos directos fue Christopher R. Barron, un republicano homosexual contrario, sin embargo, a la regulación nacional del matrimonio entre personas del mismo sexo. Con todo, lo más relevante de aquella ocasión fue que significó el primer paso de Trump hacia la carrera presidencial. Este año, Trump fue precedido el jueves por su asesora Kellyanne Conway, su jefe de estrategia, Steve Bannon, su jefe de gabinete Reince Priebus y el vicepresidente Mike Pence.

Su comparecencia en la mañana del viernes difícilmente pudo ser más triunfal. Recibido con gritos de «¡Enciérrala! ¡Enciérrala!» en relación a Hillary Clinton, Trump afirmó con rotundidad que, por fin, los conservadores tenían «un presidente». Lo que vino a continuación fue una sucesión de afirmaciones que arrancaron oleadas de entusiastas aplausos. Trump afirmó que «los hombres y las mujeres olvidados de América no serán más olvidados» y, acto seguido, se comprometió a no «pedir disculpas jamás por proteger la tranquilidad y seguridad del pueblo americano».

En un intento por mostrar el dinamismo de su Gobierno, señaló que iba a «bajar masivamente los impuestos», a cambiar el Obamacare y a hacer que los americanos «dejaran el welfare» – la beneficencia pública – y regresaran a trabajar. Tras comprometerse a «borrar del mapa totalmente» al Estado Islámico, Trump arremetió contra los medios y, en especial, «The Washington Post» al que acusó de inventarse fuentes y tachó de «embustero» o la CNN a la que calificó de Clinton News Network (Red de noticias Clinton). El presidente insistió en que EE UU es una nación que pone y pondrá «a sus propios ciudadanos primero» y lamentó que hubiera defendido las fronteras de otras naciones mientras dejaba desprotegidas las propias, un aserto que provocó gritos de «¡Construye un muro!» y la respuesta presidencial de «no os preocupéis por ello». «Va a comenzar pronto, antes de lo previsto», aseguró el mandatario, sin ofrecer detalles sobre los tiempos ni el coste estimado, situado en los 21.600 millones de dólares. Eso sí, dejó claro una vez más que se encargará de la expulsión de todos los «bad boys» del país.

En ocasiones, se ha afirmado que la CPAC era para los conservadores americanos como una especie de Disneyworld. La realidad es que cuesta creer que los productos Disney puedan a día de hoy provocar unas emociones, un entusiasmo y una alegría tan rápidas y tan intensas como las sentidas por los asistentes a la CPAC mientras escuchaban el discurso del presidente Trump, el cual quiso reivindicarse ante su entregada audiencia como el presidente de Estados Unidos «y no del orbe».

Dardos contra el FBI

Antes de realizar su discurso, el mandatario arremetió a través de su cuenta de Twitter contra las agencias de Inteligencia por las filtraciones a los medios que han puesto en entredicho a su Administración y que provocaron la caída de su asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn. «El FBI es totalmente incapaz de detener a los filtradores de seguridad nacional que se han infiltrado en nuestro Gobierno desde hace mucho tiempo», denunció Trump. Según Trump, el FBI ni siquiera puede encontrar a los que filtran información desde dentro de la propia agencia. «La información clasificada que se está dando a los medios puede tener un efecto devastador en Estados Unidos», argumentó en otro comentarios desde la que ya se convertido en su plataforma oficial de comunicación. Esta semana se supo que el jefe de gabinete de la Casa Blanca, Reince Priebus, intentó este mes sin éxito que el FBI desacreditara públicamente informaciones sobre supuestos contactos de la campaña de Trump con Rusia.

Veto a los periodistas en la Casa Blanca

La guerra abierta que mantiene Trump contra los medios abrió ayer un nuevo capítulo después de que periodistas de «The New York Times», CNN, «Politico, «Los Angeles Times» y «Buzzfeed) no pudieran acceder a la Casa Blanca. Según denunciaron los reporteros de los cinco medios, fueron vetados en la sesión informativa programada en el Ala Oeste por el jefe de gabinete Sean Spicer. Se trata de una ruptura muy inusual de las relaciones entre la residencia presidencial y los corresponsales que cubren habitualmente la información de la Casa Blanca. Los informadores de la revista «Time» y la agencia Associated Press (AP) se negaron a acudir a la sesión en señal de protesta.