Política

Elecciones

La corrupción entra en la campaña brasileña

El ex ministro de Hacienda de Lula denuncia sobornos y «caja B» en el Gobierno del ex sindicalista.

El candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, ayer en Sao Paulo
El candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, ayer en Sao Paulolarazon

El ex ministro de Hacienda de Lula denuncia sobornos y «caja B» en el Gobierno del ex sindicalista.

¿ Alguien pensaba que la corrupción era cosa exclusiva de España?. ‎Si asomamos la cabeza por Brasil nos damos cuenta de que lo nuestro es una nadería comparado con lo que ocurre en el gigante latinoamericano, donde no sólo está en la cárcel el ex presidente Lula, sino otros 60 políticos y los principales dirigentes de las empresas más potentes de país, acusados de sobornar a más de 1.800 cargos públicos de 28 partidos en los 26 estados y 5.500 municipios de la Federación. La delación del ex ministro de Hacienda de Lula, Antonio Palocci, ha irrumpido en la campaña electoral brasileña como un misil en la línea de flotación del PT de Haddad, acusado de recibir sobornos, propinas, donaciones ilegales y de financiarse con dinero B.

La política brasileña se sumergió en el barro con los casos Petrobras y Odebrecht, y desde entonces no ha parado de aumentar la bola de cieno. Lo dice riéndose Ze Pereira, taxista amigo en la Paulista: Aquí no se elige presidente: “nos escolhemos entre um ladrao e otro ladrao”, expresión popular que resume lo que piensa la calle sobre la clase política del país.

Las cárceles de Brasil son bastante deficientes, pero la de Curitiba es de “lujo”, siempre entre comillas, diseñada en exclusiva para políticos y empresarios en apuros. En este momento está casi llena. Allí pernoctan Lula y otros 60 políticos, y junto a ellos la élite del empresariado brasileño, acusada de sobornar a cargos públicos de toda laya durante años. Entre los encarcelados, el ex ministro de Hacienda petista Antonio Palocci, cuya delación al juez Moro denunciando prácticas corruptas en su partido ha irrumpido en las primeras páginas de la prensa de Brasil a apenas cuatros días de las elecciones. Palocci dice que el 90 por ciento de las medidas parlamentarias aprobadas por Lula y Dilma obedecían a sobornos, que la mayoría de los donativos de empresas al PT eran para sobornar, y que el 3 por ciento de los contratos de Petrobras iban a parar a las arcas del PT.

Este “sospechoso” golpe de Moro al PT de Haddad en la recta final de la campaña, ha puesto otra vez de actualidad la complejidad de la telaraña de la corrupción en Brasil, que salpica a diputados, senadores, concejales, ministros y ex ministros, ex presidentes como Lula y hasta el actual presidente Temer, excluido de ser investigado por razón de aforamiento.

“Brasil no es más que un paraíso de corruptos”, ha llegado a decir la fiscal Fabiana Schneider. Pero. ¿ cuál es el espacio que ocupa la corrupción en los debates y programas electorales?. Ciertamente, marginal, pues la realidad es que ninguno de los grandes partidos está a salvo de ella. Ni el PT de Lula y Haddad, ni el PMBD de Temer, ni el PSDB de Alckmin. También afecta al laborista Ciro Gómez y a la ecologista Marina Silva, en la medida en que ambos proceden del PT. El único que parecía salvarse, Bolsonaro, acaba ahora de ser salpicado por su ex mujer, que le acusa de robar un cofre del banco y de falsear su declaración de ingresos.

Lula tiene seis procesos abiertos y está en la cárcel, bien es cierto que sin condena firme, por haber aceptado presuntamente propiedades inmobiliarias como regalo de terceros. Pero también lo están todos los principales dirigentes del estado de Río en los últimos 20 años, incluyendo los ex gobernadores Garotinho y Cabral, éste último acusado de enriquecerse con el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos.

Igual que Carlos Nuzman, presidente del Comité Olímpico Brasileño, y Eduardo Cunha, ex presidente del Parlamento y principal artífice de la destitución de la ex presidenta Dilma Rousseff, acusada de irregularidades fiscales, o el ministro Kassab, el diputado Bacelar y 1.800 parlamentarios y concejales de 28 partidos, a los que los hermanos Batista, propietarios del gigante cárnico JBS, reconocen que alimentaban con “alpiste”, sueldos mensuales, favores presentes y futuros, sobornos de todo tipo para financiar campañas, lograr concesiones administrativas o el amparo de los legisladores a sus intereses.

Los Batista grabaron a muchos de estos políticos mientras aceptaban los presuntos sobornos, entre ellos al presidente Temer, que por supuesto lo niega todo.

Algo parecido ocurrió con la denominada “delación del fin del mundo”, por la que 77 ejecutivos y el mismísimo Marcelo Odebrecht, propietario de la mayor empresa constructora de Latinoamérica, daban nombres de decenas de políticos beneficiados por el desvío de miles de millones de reales para comprar voluntades en todos los ámbitos del arco parlamentario brasileño, a izquierda, centro y derecha. Y junto a Odebrecht, la también constructora Camargo Correa, por distribuir licitaciones ilegales en ocho líneas de metro de diferentes estados de Brasil, y por supuesto Petrobras, la potentísima empresa pública de bandera que gestiona recursos petroleros del país, presuntamente vaciada para favorecer a partidos y llenar bolsillos. Ahora el delator Palocci dice que Petrobras daba el tres por ciento de sus contratos al PT, sin especificar dónde en realidad acababa finalmente el dinero.

De modo que la corrupción es tema de indignación y de mofa en la calle, aunque nadie quiere entrar en profundidad sobre ella en los debates electorales, dado que casi todos tienen algo que perder en su fango. Al derechista Bolsonaro le da igual y habla sobre ello en todas las entrevistas. Nunca gobernó y nada tiene que ocultar por el momento, salvo esta denuncia de hurto con la que le ha atizado su ex mujer en plena convalecencia por su acuchillamiento.