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La estrella eclipsada de Macron

El ímpetu europeísta del presidente francés se ha visto frenado por las reticencias de la Alemania de Merkel a avanzar hacia una mayor integración. Sin embargo, el inquilino del Elíseo es visto como el nuevo líder europeo

  • Emmanuel Macron, en un acto en el Hotel de Ville en París. El presidente cumple un año en el poder con un 58% de ciudadanos descontentos con su gestión / Reuters
    Emmanuel Macron, en un acto en el Hotel de Ville en París. El presidente cumple un año en el poder con un 58% de ciudadanos descontentos con su gestión / Reuters
París.

Tiempo de lectura 4 min.

06 de mayo de 2018. 06:31h

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Asunción Serena.  París. 6/5/2018

La noche del 7 de mayo del 2017, en el patio del Museo del Louvre, por detrás de la Pirámide que en su día mandó construir el presidente socialista François Mitterrand, y mientras sonaban las notas del himno oficial de la Unión Europea, apareció de entre la penumbra la imagen del nuevo presidente de la República francesa, Emmanuel Macron. La cuidada escenificación de aquel momento dio las primeras pinceladas de lo que sería la era del nuevo jefe de Estado: un hombre sólo, determinado, y con una visión de Francia y del mundo que pasa por Europa.

Entre el público que se encontraba en aquel momento en el patio de Napoleón, la alegría era cierta, pero no embriagadora como la que sintieron aquellos que en 2012 celebraron en la Bastilla el triunfo de François Hollande, o la de los que en 2007 acudieron a la plaza de la Concordia para exultar junto a su campeón, Nicolas Sarkozy. Nadie conocía al personaje ni su proyecto, la única evidencia era que había cerrado la puerta a las ambiciones de la extrema derecha y de su líder con algo más del 66% de votos. «Yo estoy contento sobre todo porque Marine Le Pen no ha ganado», comentaba uno de los asistentes aquella noche.

Seis meses más tarde, la revista «Time» le consagraba como «el nuevo líder de Europa», aunque con la condición de que antes logre gobernar su país.

Su ardiente defensa del Acuerdo de París contra el cambio climático y su reciente visita de Estado a Washington, en la que trató de convencer a Trump para que evite una guerra comercial con la UE y para que no saque a EE UU del pacto nuclear con Irán han reforzado su imagen de gran líder europeo.

Este perfil lo ha seguido trabajando pronunciado grandes discursos sobre Europa, especialmente el de la Sorbona, el pasado mes de septiembre, en el que desgranó su hoja de ruta para la Unión Europea, que pensaba trazar junto a Angela Merkel. Aunque eso era sin contar con que el otro motor europeo iba a quedar en suspenso durante meses de negociaciones hasta la formación de un gobierno.

Unas semanas antes, en Atenas, Macron aseguró que no hay más que una alternativa para Europa, porque «seguir gobernándola como va, hacer como que no vemos lo que está ante nuestros ojos, supondrá asumir la responsabilidad de dejar que Europa muera».

Pero Berlín no aparece como el gran aliado que esperaba, y en el resto de capitales europeas, aunque es generalmente visto con buenos ojos, tampoco encuentra fervientes partidarios.

El presidente francés intenta convencer de que sólo construyendo Europa tendremos «los medios para protegernos», en el mundo numérico, del cambio climático, « frente a las potencias autoritarias que a veces nos tienen entre sus manos », como dijo sobre el Pnyx en Atenas, donde clamó toda una oda a la soberanía europea.

Si algo no se le puede reprochar es que se haya quedado cruzado de brazos. Y ahí está el acuerdo de la UE para modificar la directiva sobre trabajadores desplazados, o el lanzamiento del proceso de «consultas ciudadanas» sobre el futuro de Europa, para responder a la desconfianza que alimenta los movimientos euroescépticos y que ya se ha cobrado la pieza del Brexit.

Pero la oda a la soberanía europea tiene sus límites. La propuesta de Emmanuel Macron de elaborar listas transnacionales para las elecciones europeas de 2019, una especie de «Europa en Marcha», que rompa con la bipartición de la Eurocámara entre la derecha y la izquierda, reflejo de la estructura política de los distintos países, ha hecho aguas.

En materia de Defensa, frente a la indiferencia de Donald Trump hacia sus aliados occidentales, el presidente francés ambiciona una Europa con capacidad de acción autónoma frente a la OTAN y una cultura estratégica colectiva, «una fuerza común de intervención, un presupuesto de defensa común y una doctrina común para actuar». Pero Macron ha debido hacer frente de nuevo a la realidad.

El acuerdo de coalición entre el partido de Angela Merkel y los socialdemócratas no tiene en cuenta sus ambiciones, y los distintos puntos de vista han quedado reflejados en la crisis Siria: mientras Francia intervenía junto a Estados Unidos y Gran Bretaña sin mandato de la ONU, los alemanes se negaron a la participación de su Ejército en el delicado conflicto de Oriente Medio que ya dura siete años.

Pero la Defensa no es el principal punto de divergencia con el socio alemán, sino sus ambiciones para reformar la zona euro. La propuesta de crear un presupuesto propio para la zona euro con el fin de mutualizar los riesgos en caso de que haya una nueva crisis «no parece una buena idea», como dijo recientemente la número dos de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer. La Europa del norte es de la misma opinión.

El jueves, en Aquisgrán, Emmanuel Macron recibirá el premio Carlomagno, del nombre de quien fue considerado por sus contemporáneos como «padre de Europa». En cualquier caso, la Europa macroniana no ha visto todavía la luz.

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