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La guerra asimétrica

  • Militantes pro talibán, en la zona tribal de Mohmand, en la frontera entre Pakistán y Afganistán
    Militantes pro talibán, en la zona tribal de Mohmand, en la frontera entre Pakistán y Afganistán

Tiempo de lectura 4 min.

17 de diciembre de 2014. 02:09h

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E. Bonet / E. S. Sieteiglesias.  17/12/2014

Por primera vez en años, Pakistán propuso celebrar conversaciones serias cara a cara con los talibanes a finales de febrero. Tras seis meses, se esperaba que el primer ministro, Nawas Sharif, definiera la estrategia antiterrorista de su Gobierno. En 2013, los insurgentes habían perpetrado unos 2.000 ataques y acabado con la vida de 2.345 personas. El «premier» paquistaní dijo que era necesario acabar con esa situación. Pero, ¿cómo es posible restablecer la confianza con los talibanes, que han sembrado el terror y la muerte desde hace una década en Pakistán? La semana previa al anuncio de las conversaciones de paz, el Movimiento Talibán de Pakistán (TTP) se atribuyó la responsabilidad de los ataques contra los militares y civiles en Bannu, Rawalpindi y en otros lugares, lo que provocó una represalia por parte del Ejército con ataques aéreos contra sus bases en Waziristán del Norte. Las conversaciones se desarrollaron con intermediarios y nunca hubo un encuentro formal entre los insurgentes y el Gobierno. Tampoco una posición negociadora clara por parte de Islamabad. Se habló de una primera medida que podría ser un alto el fuego. La exigencia de los talibanes, previa a cualquier conversación, era la implantación de la estricta interpretación de la ley islámica, ya sea mediante la paz o la guerra. Como ha ocurrido en situaciones anteriores en que se ha intentado llegar al diálogo, las conversaciones acabaron en fracaso. Un atentado en un popular mercado a las afueras de Islamabad que acabó con la vida de una treintena de personas marcó el fin de la tregua entre el Gobierno y los talibanes. El TTP rompió con las incipientes negociaciones y suspendió el alto de el fuego decretado hacía 40 días. Todo este proceso, por supuesto, estuvo bajo la atenta mirada de EE UU, que ha presionado desde hace años a Pakistán para que el Ejército lanzase una ofensiva a gran escala en Waziristán del Norte, donde actúan el TTP y grupos como la red Haqqani, que están activos en Afganistán. Tras el fracaso de las conversaciones, las fuerzas paquistaníes comenzaron en junio una campaña de bombardeos y operaciones terrestres contra enclaves de los insurgentes en las regiones de Waziristán y Kyhber que han causado más de 1.100 muertos. Los talibanes han dejado claro cuáles son sus intenciones: elegir la guerra. Su primera respuesta: asesinar a sangre fría a 132 niños.

Pakistán no es el único país que sufre la violencia contra los escolares. En ocasiones, los menores y civiles son víctimas de los mal llamados daños colaterales, pero en otras, los extremistas los ponen en su punto de mira directamente. En la vecina Afganistán, los talibanes suelen atacar a los jóvenes que estudian. Milicianos que entran a amedrentar a profesores y alumnos para que los chicos dejen el colegio y se inscriban en una madrasa (escuela islámica) o ataques directos contra las niñas que osan escolarizarse. Alrededor de 200 menores son envenenadas al año por los talibanes, que usan gas o contaminan el agua de su centro escolar. Todo vale con tal de que las mujeres no estudien y sus padres no se atrevan a llevarlas al colegio. También Boko Haram en Nigeria ha declarado la guerra a la educación. Según explicó HRW a LA RAZÓN, «el ritmo, la intensidad y letalidad de estos ataques se han incrementado drásticamente desde la mitad de 2013».

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