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La pérdida de un icono norteamericano

Tiempo de lectura 4 min.

02 de septiembre de 2018. 00:13h

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Alexandre Muns Rubiol- Profesor de la OBS Business School.  2/9/2018

Como hijo y nieto de sendos almirantes de cuatro estrellas, John McCain III se graduó en 1958 entre los últimos de su promoción de la academia naval de Annapolis, donde hoy será enterrado. McCain era apuesto y arrogante, y en su vigesimotercera misión de bombardeo sobre Vietnam del Norte en octubre de 1967 fue abatido y torturado en la cárcel denominada el «Hilton de Hanoi». Los norvietnamitas, conocedores que su padre estaba al mando de la marina en el Pacífico, ofrecieron repatriar a McCain buscando un golpe de propaganda. Pero McCain fue fiel al código de conducta según el cuál sería liberado cuando le llegara su turno. La represalia de los norvietnamitas consistió en más de cinco años de torturas brutales y encarcelamiento en solitario. Con el final de la guerra en 1973 regresó envejecido y cojeando, pero humilde y agradecido de seguir con vida. Sirvió dos mandatos en la Cámara de Representantes por su estado adoptivo de Arizona antes de ser elegido senador en 1986. Consiguió la reelección al Senado en cinco ocasiones, encadenando 33 años de servicio en una cámara cuyo actual líder demócrata (el senador Schumer) ha propuesto renombrar un edificio en su nombre. McCain era un multilateralista y defensor acérrimo de la relación transatlántica, de las instituciones internacionales creadas después de la Segunda Guerra Mundial y un luchador incansable por el respeto a los derechos humanos. Desde su presidencia de los comités de Defensa, Comercio y Relaciones Internacionales del Senado se alió con senadores demócratas para limitar los gastos en campañas electorales (ley McCain-Feingold de 2002), enfrentarse a las multinacionales del tabaco y asegurar que los veteranos de guerra reciben la asistencia que merecen. Trabajó con el senador demócrata John Kerry para facilitar a Bill Clinton el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Vietnam en 1995. Enfurecía a los conservadores del Partido Republicano por su independencia y empeño en trabajar con los demócratas, también en proyectos fallidos como la reforma del sistema de inmigración. Después de batir a George W. Bush en las primarias de New Hampshire del 2000 por 19 puntos, la maquinaria de su contrincante jugó sucio en Carolina del Sur, atribuyendo su hija adoptada Bridget a una relación extramarital inexistente. Derrotar a Barack Obama tras ocho años de presidencia republicana en plena crisis financiera en 2008 era una misión casi imposible. McCain quería a su amigo y senador demócrata Joe Lieberman como candidato a la vicepresidencia, pero sus asesores le convencieron que provocaría una crisis en la convención. Elogió de manera efusiva a Obama a tres semanas de perder las elecciones de 2008. Fue mentor de numerosos senadores, republicanos y demócratas. El trato de estadista que recibía en sus viajes internacionales nunca le quitó su sentido del humor y capacidad de autocrítica. Soportó sus heridas de Vietnam –no podía levantar los brazos por encima del nivel de los hombros– con ejemplar estoicismo y optimismo. Luchó valientemente contra un cáncer cerebral desde 2017 y reprendió repetidamente las acciones de Trump, cuyo intento de sustituir Obamacare tumbó con su voto. Antepuso el sentido del deber y patriotismo a preferencias personales. Aunque gruñón y con carácter, sirvió a su país durante sesenta años con pasión y perseverancia. Exhortaba siempre a dedicarse a causas mayores que las ambiciones personales. El mundo ha perdido a un estadista y EEUU a un auténtico héroe.

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