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La pobreza, un arma electoral en Argentina

La oposición peronista utiliza el aumento de la indigencia y la creciente carestía de la vida para atacar a Macri de cara a las presidenciales

  • Varias mujeres reparten comida durante una manifestación contra la política económica de Mauricio Macri en Buenos Aires el pasado jueves / Efe
    Varias mujeres reparten comida durante una manifestación contra la política económica de Mauricio Macri en Buenos Aires el pasado jueves / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

18 de agosto de 2019. 05:12h

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Ángel Sastre 18/8/2019

Ramiro tira de su carro por la Avenida Nueve de Julio en Buenos Aires, mientras cae el sol. Su mirada se pierde en el horizonte albiceleste donde el Obelisco se erige entre las nubes. Es un cartonero, una persona que recicla basura. «Ahora formamos parte de una cooperativa, nos dieron camisetas, prohibieron que los caballos cargasen por las calles, ya no hay burros ni bestias acarreando basura. Solo nosotros, lo hicieron más visible para los porteños de a pie, pero en realidad somos igual de pobres que en 2001, cuando la crisis del corralito», afirma resignado mientras sigue sudando.

Ramiro pertenece a esos 14 millones de pobres que integran Argentina. Datos que salpican la campaña cuando de nuevo el peronismo y la derecha se baten en duelo por abarcar el poder del gigante suramericano por el trono de la Casa Rosada.

La pobreza volvió a los niveles existentes cuando Mauricio Macri asumió la Presidencia –aunque los datos con Cristina Kirchner estaban maquillados, a pesar de los deseos del Gobierno de ir reduciendo el flagelo hasta llegar a la «pobreza cero». El INDEC informó que en el segundo semestre de 2018 el número de personas pobres creció hasta el 32%, frente al 25,7% del mismo período de 2017. En el primer semestre del año pasado había sido del 27,3%. El organismo de medición argentino tenía previsto informar de los nuevos datos después de las PASO, las elecciones internas que preceden a las presidenciales de octubre.

A pocos metros de Puerto Madero, una de las partes más acomodas de la «ciudad de la furia», se encuentra la Villa miseria 31, uno de los 1.600 asentamientos ilegales donde viven más de tres millones de personas. Allí Luisa vive en una caravana abandonada junto a sus seis hijos. Recibe de un plan del Gobierno 3.000 pesos al mes (60 euros). Además tiene un puesto de choripán en la entrada, da vueltas al chorizo y en ocasiones a la bondiola y la morcilla que empaña con chimichurri y salsa criolla. «Es el asado de los pobres», afirma. «Con todo no llegamos ni a 5.000 pesos al mes [80 euros]», nos cuenta.

Una familia de tal calibre no puede sostenerse en Argentina por menos de 50.000 pesos, según datos oficiales. Llegar a fin de mes es una cuestión de valentía, creatividad, y no pagar las elevadas facturas de luz y gas, que suben continuamente.

Las barriadas como la 31 crecen sin parar en la City formando un anillo de pobreza que recuerda a ciudades como Río de Janeiro, pero sin cerros ni playas. Tan solo un riachuelo contaminado que lleva hasta la Matanza, otro de los distritos más marginados de la provincia de Buenos Aires.

Allí hay un maltrecho puente de hierro que une las dos orillas. Se encuentra en ruinas. Los que osan cruzar hacen malabarismos entre los dos andamios que sobreviven, con sus pesadas cargas en la cabeza que trasladan a un autobús. Muchos son peruanos y bolivianos que emigraron a Lomas de Zamora, en las afueras de la urbe. Estamos en La Salada, el mayor mercado informal del Suramérica, que emerge como un laberinto formado por puestos de chapa, anclados en el barro. La lluvia los entierra aún más. Varias veces intentaron cerrar este «monstruo» de venta, pero demasiada gente subsiste gracias a él.

«Aquí las cosas, aunque muchas son de imitación, son mucho más baratas. Luego las vendemos en barrios como 11 [Buenos Aires] en puestos callejeros, pero no alcanza y la Policía nos requisa la mercancía», afirma Manuel, un paraguayo de avanzada edad que apenas puede con el saco de zapatillas que compró.

A su vez, la indigencia, es decir, las personas que no tienen ingresos suficientes para hacer frente a las necesidades alimenticias, trepó al 6,7%, frente al 4,8% del mismo período de 2017. De esta manera, había en diciembre pasado casi tres millones de personas por debajo de la línea de indigencia, 870.000 más que los que pasaban hambre en el segundo semestre del año anterior.

«Este fuerte incremento de la indigencia y de la pobreza se explica por el deterioro de las condiciones de vida de la población en el ultimo año como consecuencia de varios factores: caída del salario real, deterioro de las jubilaciones y demás prestaciones sociales, como asignaciones familiares, pérdida de empleos, crecimiento del trabajo autónomo en negro y de los empleos informales en un contexto de retracción de la actividad económica y caída de poder adquisitivo frente al aumento de la inflación, que este año podría acercarse al 40%», asegura Ariel Toribio, analista de la Universidad de la Matanza Todo esto tras unas primarias en las que la formula Alberto Fernández-Cristina Kirchner arrasó frente a Mauricio Macri como más de 15 puntos. Y, de hecho, la pobreza se ha convertido en una de las «armas arrojadizas» que utiliza CFK para flagelar al Gobierno de cara a las presidenciales. Aunque esta herencia, es también suya.

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