La raíz del mal

Los bruselenses recuerdan a las víctimas de los atentados con homenajes espontáneos en las calles

«Choque de civilizaciones» (la obra maestra de Samuel P. Huntington) es a menudo citada par explicar el cómo y el porqué de que la UE en particular y Occidente en general se hayan convertido en los objetivos del terrorismo, que ha declarado una guerra religiosa contra nuestros países y nuestra forma de vida. Pero ésta es una explicación muy simple de los ataques de Bruselas. Hay razones históricas, políticas y relacionadas con el tema de la seguridad que pueden ayudar a comprender mejor este atentado. Históricamente, Bélgica ha pagado el precio de tener una tradición colonial, abriendo sus fronteras a la inmigración, especialmente a la proveniente de sus antiguos dominios. El problema no surge de ahí, sino del fracaso de las políticas de integración, así como de la sociedad multicultural, diseñada para recibir este flujo de inmigrantes durante décadas. Molenbeek en Bruselas, Saint Denis en París y otras periferias europeas tienen en común el haberse transformado en guetos para inmigrantes alienados, en paro y sin perspectivas de integración. La evolución de nuestra sociedad, en perpetuo cambio y sin ningún valor que inspire a una generación de extranjeros marginalizados, crea el caldo de cultivo perfecto para la proliferación y la difusión del discurso extremista.

Esto nos lleva a otra de las grandes razones que contribuyen a explicar el atentado, la escena política. En lo que concierne al consociativismo, o democracia consensual, se ha hecho un ejemplo de Bélgica durante años. Esta forma de gobierno, que propone el reparto de poder entre las élites políticas para asegurar la estabilidad, suele implicar la presencia de profundas fracturas en la sociedad, (lingüísticas y religiosas en el caso de Bélgica), que la élite política trata de subsanar con un comportamiento colaborador. De ahí que los principales partidos acaben formando curiosas coaliciones de Gobierno. En los últimos veinte años, esta forma de entender la política se ha desvanecido. Bélgica ha entrado en una situación de punto muerto democrático, sin ser ni siquiera capaz de formar un Gobierno que dure un par de años. La comunidad neerlandesa y la francófona han requerido su propio espacio en instituciones y organismos territoriales, sin ser capaces de establecer una forma de comunicación y de coordinación. Está claro que esto ha abierto un espacio dentro de las comunidades para que grupos terroristas se muevan libremente.

Finalmente, está la cuestión de la seguridad. Los ataques han confirmado que la UE está en guerra. Esta guerra ha completado la evolución de los conflictos profesionales, en los que sólo intervenían militares, a los conflictos totales, en los que la sociedad civil se ve afectada por la violencia. En la guerra actual se ha convertido a la sociedad civil en el objetivo principal de la violencia.

Como dice Antoine Basbous, el director del Observatorio de los Países Árabes de París, Europa debería controlar mejor sus fronteras, actuar contra el tráfico de armas y fortalecer tanto a sus fuerzas policiales como a sus organismos de Inteligencia. Para ser eficaces, este esfuerzo tiene que ser coordinado. Uno de los puntos más débiles de la seguridad belga es la multiplicidad de sus estructuras del orden: todas tienen como deber patrullar y controlar qué pasa. Además, en una guerra de este tipo, Occidente debe luchar armándose con recursos de inteligencia y cooperación entre los socios de la UE, debido a su naturaleza asimétrica. Los terroristas están jugando con una ventaja comparativa. Su creencia extremista de morir por una causa noble les hace más peligrosos, especialmente cuando se enfrentan a sociedades civiles.

*Profesor de la Universidad Luiss de Roma