Política

La tensión se dispara en Gaza

El canciller Lieberman rompe la alianza con el Likud por la política de «contención» de Netanyahu. El Ejército hebreo moviliza a 1.500 reservistas mientras se intensifican los lanzamientos de cohetes al sur. Hamas clama venganza tras la muerte de seis miembros de su brazo armado en un bombardeo

Liberman, ayer, durante una sesión en el Parlamento, en Jerusalén
Liberman, ayer, durante una sesión en el Parlamento, en Jerusalén

En Israel casi nadie lo duda: ha comenzado la cuenta atrás para el Gobierno que encabeza el primer ministro Benjamin Netanyahu. La pregunta es cuánto tiempo llevará y cuál será el coste, si el Gobierno en su nuevo formato decide iniciar una invasión terrestre a la franja de Gaza. El anuncio del ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, si bien no sorprendió a nadie, causó incomodidad y molestia. El líder ultranacionalista anunció la ruptura de la alianza entre su partido, Israel Beitenu, con el Likud que lidera Netanyahu. Con este movimiento, Lieberman abre un proceso formal para dividir la bancada de la coalición gubernamental en el Parlamento.

El motivo, que expuso largamente en una conferencia de prensa, es la política «de contención» de Netanyahu para evitar una escalada militar con Hamas tras el asesinato de tres adolescentes judíos a manos de miembros de la organización islámica. Una política criticada por Lieberman abiertamente en todos los escenarios posibles, durante el último fin de semana. Netanyahu, no obstante, cuenta con el respaldo del ministro de Defensa, Moshé Yaalon, y del comandante en jefe del Ejército, Benny Ganz, que están a favor de una desescalada del conflicto y creen que la organización Hamas –que ayer reconoció haber disparado «decenas de proyectiles» contra el sur y el centro– lleva adelante este incesante ataque para provocar la reacción de Israel. La idea sería, según entienden los funcionarios hebreos, arrastrar al Ejército una vez más al campo de batalla en Gaza, para recibir después el apoyo del mundo árabe y de la comunidad internacional. Un respaldo que se traduciría en una inyección económica que Hamas tanto necesita y que no recibe desde la última guerra.

Pero el canciller Lieberman y su partido ultranacionalista, así como la denominada «ala dura» del Likud, no están de acuerdo y aseguran que Israel debe responder al disparo de misiles contra la población civil con una operación de gran alcance. Más allá de estas diferencias, el anuncio de Lieberman generó una casi inmediata ola de críticas. Hay consenso en que el momento que eligió el canciller para dar un paso que pone en serias dudas el equilibrio y la posibilidad de supervivencia del Gobierno es poco menos que nefasto. «Mientras la gente corre a los refugios y siguen los incidentes violentos en todo el país, lo que esperan es que sus dirigentes se dediquen de forma exclusiva a los asuntos de seguridad, y nada más», declaró a LA RAZÓN una fuente del Likud.

A todo ello se suma la detención de seis judíos extremistas, tres de los cuales confesaron la autoría del asesinato del niño palestino Mohamad Abu Jedeir, a quien secuestraron, golpearon y, tras rociar su cuerpo con combustible, lo quemaron cuando aún estaba vivo. Ayer trascendió que actuaron dos células distintas, y que los cargos que la Justicia israelí presentará contra ellos incluyen pertenencia a una organización terrorista, asociación ilícita, conspiración para cometer un crimen, secuestro extorsivo, homicidio de un menor, posesión de armas y municiones y delitos cometidos por móvil racial. Sin embargo, la sed de venganza y la violencia continúan ganando las calles en cada vez más ciudades del país, a pesar de los esfuerzos de algunos políticos y dirigentes árabes y judíos. A modo de ejemplo, en la norteña ciudad de Acre se puede ver una pancarta con la leyenda: «Nada mejor que secuestrar soldados», clamor de una de las tantas manifestaciones de las últimas horas. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se puso ayer en contacto telefónico con el padre del joven palestino asesinado la semana pasada para prometerle que «llevará a los autores de este crimen atroz ante la Justicia». También le transmitió la conmoción que ha causado este brutal asesinato entre todos los israelíes, según explicaron desde la ofinia del prensa del primer ministro.

El divorcio entre Netanyahu y Lieberman deja al partido Likud con 20 escaños en el Parlamento y a Israel Beitenu con 11. Hay quienes ya hablan de una inminente caída del Gobierno y un adelanto de las elecciones, e incluso quienes aventuran que Netanyahu podría seguir los pasos de Ariel Sharon, y formar su propio partido. Pero, por el momento, éstas no son más que especulaciones. Lo único concreto es que la situación de seguridad es sumamente delicada. El gabinete de emergencia ordenó al Ejército ampliar e intensificar el operativo militar en la franja de Gaza, y para ello serán convocados al menos 1.500 efectivos de la reserva, sin bien por el momento no se contempla una invasión por tierra. «Nuestro plan es estar preparados para el caso de que siga aumentando la violencia», aseguró a LA RAZÓN el portavoz del Ejército, el capitán Roni Kaplán. «Iremos avanzando según niveles del uso de la fuerza, en forma gradual». «Estamos decididos a terminar con los disparos constantes desde Gaza y devolverle la tranquilidad a la ciudadanía en la zona sur», agregó.

En este contexto, y sin su socio en el gobierno, el primer ministro ya no tiene libertad de acción y suficiente margen de maniobra para la toma de decisiones críticas en un periodo sumamente delicado. El canciller Lieberman parece decidido a recuperar la popularidad que perdió en el último tiempo diferenciándose de Netanyahu, oponiéndose a sus políticas.

Para el primer ministro, el dilema está claro: Sostener su política de contención a riesgo de parecer indiferente a los ojos de los habitantes del sur del país, hostigados por misiles y cohetes, o dejarse arrastrar hacia una nueva guerra. El problema es que una intervención militar puede ser bien recibida durante los primeros días, cuando los ciudadanos solidarizados con la crisis del sur sienten que sus dirigentes los defienden y protegen. Sin embargo, a medida que se difunden los informes de víctimas civiles y bajas en el Ejército, la decisión se vuelve en contra. Y quien deberá hacerse cargo de las consecuencias, ante sus detractores, sus electores y ante las familias de las víctimas, no es otro que Benjamin Netanyahu.

Un Gobierno de coalición partido en dos

- Tras la renuncia de Liberman a seguir formando grupo parlamentario con el Likud de Netanyahu, su Ejecutivo se tambalea. Integrado por cinco formaciones que van desde la extrema derecha hasta posturas más centristas, sus puntos de vista divergen sobre cómo reaccionar al ataque de Hamas: actuar con contención y detener a los asesinos o promover una intervención.

- Los centristas de la formación Yesh Atid, del periodista Yair Lapidy, y el Hatnua de Tzipi Livni, ministra de Justicia, defienden la prudencia para evitar una escalada de violencia. Por su parte, La Casa Judía del conservador nacionalista Naftali Bennett, ministro de Justicia, ya ha mostrado su apoyo a Liberman para desarrollar una fuerte operación de represión contra Hamas.