La UE abre un año de «reflexión» para encarar el futuro sin Londres

Merkel se niega a reformar los tratados y a avanzar hacia la unión bancaria. Reino Unido deberá respetar la libre circulación de personas y «contribuir» para acceder al mercado único.

Merkel se niega a reformar los tratados y a avanzar hacia la unión bancaria. Reino Unido deberá respetar la libre circulación de personas y «contribuir» para acceder al mercado único.

La Unión Europea quedó sumida ayer en un nuevo periodo de reflexión sobre su futuro, tras el sonoro portazo por parte de Reino Unido. La imagen no podía ser más simbólica: por primera vez en la historia, los líderes europeos se reunían en Bruselas sin el representante británico, dispuestos a emprender un nuevo camino, todavía por desbrozar. Todo indica que, de momento, el análisis tomará el papel protagonista y que habrá que esperar para la acción. Al menos, hasta que el año que viene quede completamente despejado el horizonte sobre quién ocupará la cancillería germana y el Elíseo francés. Hasta que eso se produzca, los líderes europeos seguirán reuniéndose, ya sin Londres, para demostrar que la intención de seguir juntos sigue invariable, aunque las preguntas seas muchas y las respuestas, escasas. La próxima cita será en Bratislava (Eslovaquia), el 16 de septiembre.

La canciller alemana, Angela Merkel, fiel a sí misma, no está dispuesta a dar grandes saltos al vacío en momentos de zozobra, pero ha esbozado algunos de los puntos de partida de Berlín. No habrá reformas en los tratados ni tampoco ambiciosos pasos hacia la unión bancaria. Aquellos que esperen cambios de calado como la emisión de deuda conjunta por parte de la zona euro o avanzar en un sistema de garantía de depósitos europeo, iniciativa que Alemania ha estado retrasando en los últimos meses, pueden esperar sentados. En Bruselas comienza un debate que en realidad siempre ha estado latente: hasta qué punto avanzar en la integración, ofrecer la posibilidad de una unión más flexible o compatibilizar las dos cosas y componer un núcleo duro de países con una periferia menos implicada en el proyecto europeo, dentro del eterno debate sobre la Europa de las dos velocidades.

Merkel, quizá consciente de que los europeos no están interesados en las grandes ideas sino en una UE que responda a sus necesidades diarias, aseguró ayer tras la cumbre que lo importante no era decantarse en la disyuntiva «más o menos Europa», y se mostró partidaria de otro tipo de cambios como una política de Competencia más flexible que permita, ya sea a través del presupuesto europeo o por parte de los miembros, los subsidios para aquellos sectores más castigados. Un guiño claro a la clase trabajadora europea, apaleada por la deslocalización y la pérdida de peso de la industria en el Viejo Continente, y que achaca todos sus problemas a la mano de obra barata procedente de la inmigración. Esa misma clase trabajadora que ha escuchado los cantos de sirena del Brexit y ha votado a sus profetas en la creencia de que la libre circulación de trabajadores es la causa de todos sus males.

«Mucha gente expresa insatisfacción con el actual estado de las cosas, sea en el ámbito europeo o nacional», aseguran los líderes europeos en el comunicado consensuado ayer mientras muestran sus intenciones de que la reflexión dé paso a un periodo de reformas, aunque no se hable de plazo. «Los europeos esperan que lo hagamos mejor a la hora de proveer seguridad, prosperidad y esperanza en un futuro mejor», reza también el texto que pretende ser la simiente de reflexiones posteriores.

Con los atentados de Estambul como telón de fondo mientras los líderes estaban reunidos en una primera sesión y el recuerdo todavía cercano de los ataques en la capital comunitaria en el mes de marzo y la matanza de París en noviembre, la palabra «seguridad» es precisamente uno de los aspectos clave para François Hollande, que desde hace meses defiende la necesidad de avanzar hacia una mayor integración en las políticas de Defensa, a pesar de que la retirada del poderoso ejército británico y sus servicios secretos supone un serio revés para la Unión. Será una de sus mejores bazas tanto en Bruselas como en París, antes de unas elecciones en las que el Frente Nacional de Le Pen le amenaza como alternativa.

El motor franco-alemán no atraviesa sus mejores momentos y las relaciones no se espera que mejoren antes de unos comicios que se presentan complicados en los dos países. Es un secreto a voces en la capital comunitaria, y ya se han comenzado a percibir las primeras fisuras a la hora de encarar el Brexit. Mientras Merkel ha preferido aligerar la presión a Reino Unido sobre los plazos de notificación para comenzar el proceso, Hollande se ha mostrado más impaciente y duro con Cameron. Las palabras de ayer del presidente francés son también premonitorias. Ha comenzado una batalla sobre a quién beneficiará o perjudicará la salida de Reino Unido y qué fichas pueden empezar a colocarse en el nuevo orden establecido. Hollande ya dejó claro en la rueda de prensa posterior al encuentro a 27 que la City británica no podrá seguir beneficiándose de ciertos privilegios por su pertenencia al mercado único como las operaciones con euros en las cámaras de compensación. Todo indica que París luchará para convertirse en la nueva capital europea de las Finanzas.

En la declaración conjunta, los 27 expresan su deseo de tener a Londres como «un socio cercano», pero con la condición de que acepte la libre circulación de personas, una de las líneas rojas de Cameron. De poder solventarse el problema, podría abrirse la posibilidad de que Reino Unido se mantuviese en el mercado único, aunque éste «nunca será a la carta», especificó el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. Hollande insistió en que si el país quiere acceder como Noruega a este mercado tendrá que «contribuir» más que Oslo.