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Los despojos de los imperios

El mapa europeo renovó sus fronteras, donde ya no cabía el viejo orden y se abría el camino a las hegemonías de EE UU y la URSS.

  • Los despojos de los imperios

Tiempo de lectura 8 min.

11 de noviembre de 2018. 03:17h

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Javier Veramendi B. - Desperta Ferro Ediciones .  11/11/2018

Al final de la Gran Guerra, Europa estaba exhausta. Tan solo por motivos militares, los beligerantes del viejo continente habían perdido siete millones y medio de habitantes, en su inmensa mayoría personas en edad productiva, que hubieran sido capaces, de vuelta en casa, de participar en el crecimiento de sus países, tanto a nivel poblacional como económico. A esta cifra hay que sumar los inválidos permanentes y los muertos a causa de la terrible pandemia de gripe que se extendió por el mundo entre 1918 y 1920, y que castigó con especial dureza a los territorios europeos más implicados en la guerra, sobre todo, a causa del hacinamiento en las unidades militares, el agotamiento producido por los combates y la falta de una higiene y una alimentación adecuadas. A las carencias productivas y económicas fruto de tantas muertes en el segmento de población más productivo laboralmente hablando hay que añadir otros problemas causados por la guerra: los sistemas de transporte marítimo y ferroviario de los países beligerantes estaban en ruinas, sus reservas de materias primas y divisas prácticamente agotadas, y su industria, brutalmente reconvertida a la producción militar o destruida, no solo no era capaz de volver a los niveles de producción de preguerra, sino que carecía de los medios humanos y financieros para ello. Era el contexto propicio para que la vieja Europa diera el relevo a dos nuevas potencias, que se convertirían en los poderes hegemónicos del siglo XX: Estados Unidos y la Unión Soviética. Estados Unidos fue la única nación que salió claramente beneficiada de la guerra. En el campo financiero había conseguido recuperar toda su deuda extranjera y prestar unos diez mil millones de dólares a los países beligerantes (de la Entente), y tenían en su poder casi el 50% de las reservas de oro mundiales; en lo que a industria se refiere, su producción de hulla había crecido de 513 a 685 millones de toneladas, y la de acero se había duplicado; y finalmente, entre otros indicadores, hay que recalcar que su flota mercante había crecido exponencialmente (de un 23% a un 85% de la británica), y el país se había convertido en un serio competidor de Europa en los mercados internacionales, especialmente en Sudamérica.

Los Catorce Puntos de Wilson

En este marco, el presidente Woodrow Wilson se marcó unos objetivos personales de política exterior sumamente ambiciosos, que definió en sus Catorce Puntos, descritos en un discurso emitido el 8 de enero de 1918 en el que desgranaba los objetivos bélicos que tenía para su país de cara a una eventual negociación de paz. Entre ellos se manifestaba el derecho de algunas nacionalidades a tener su propio Estado y la posibilidad de intervención de los pueblos colonizados en el gobierno colonial, y que todo el proceso de paz debía cuajar, finalmente, en la creación de una «asociación general de naciones» para «garantizar mutuamente la independencia política y la integridad territorial, tanto de los estados grandes como de los pequeños». Con el fin de lograr una paz duradera, Wilson teorizó incluso con la posibilidad de que su país se convirtiera en protector de la independencia y la integridad territorial de los estados miembros de aquella asociación. Sin embargo, durante las fases finales de la guerra sus conciudadanos empezaron a derivar de vuelta hacia su aislamiento anterior. La renovación del senado de finales de 1918 dejó a los demócratas de Wilson casi en paridad con los republicanos, y poco después el ex presidente Theodor Roosevelt negó la idoneidad del presidente norteamericano para impulsar el procedimiento de paz. Esta tendencia a abandonar la política internacional para evitar verse envueltos en los conflictos europeos acabó por manifestarse en la negativa estadounidense a firmar el Tratado de Versalles y a formar parte de la «asociación» propugnada por su presidente, que nacería ese 28 de junio de 1919 con el nombre de «Sociedad de Naciones». En el extremo opuesto de Europa, Rusia se enfrentaba a sus propios demonios. Devastada por la guerra e invadida en parte por Alemania y Austria-Hungría, el periodo revolucionario que había estallado en febrero de 1917 había llevado al gobierno bolchevique surgido de la Revolución de Octubre de ese mismo año a firmar, finalmente, la paz con las Potencias Centrales, antes de sumirse en una compleja guerra civil en la que se entremezclaron el deseo de algunas nacionalidades a tener su propio Estado con los intentos de los restos del imperio zarista por recuperar el control del país con el apoyo de diversas intervenciones extranjeras. Entre los territorios que buscaron, con más o menos éxito, desgajarse del futuro Estado soviético, podemos citar Finlandia, que lo conseguiría pero iba a mantener un tenso conflicto diplomático sobre Carelia oriental; los países bálticos, con los que Moscú firmaría un tratado de paz en 1920; Besarabia, que se incorporó a Rumanía en abril de 1918; y, sobre todo, Polonia. El conflicto polaco-soviético surgió de la desavenencia de ambos países con la llamada Línea Curzon, que debía servir de frontera entre ambos, y provocó una guerra que, finalmente, llevaría a los polacos a establecer su frontera a doscientos kilómetros al este de dicha línea, e incluso a ocupar la región de Vilna a sus vecinos lituanos. Con el fin de los conflictos indicados anteriormente, la Unión Soviética, que ya había renunciado oficialmente a la internacionalización de la revolución, se dispuso a implementar el programa de «nueva política económica» con el que esperaba reanudar sus relaciones comerciales con el exterior y, tal vez, salvar su propia economía interior. La pieza fundamental de este proceso fue una conferencia internacional propugnada el 28 de octubre de 1921 en la que, jugando con las diferencias entre los antiguos miembros de la Entente y Alemania, los soviéticos consiguieron firmar con esta última el Tratado de Rapallo el 16 de abril de 1922. Dos años más tarde, en 1924, y merced a una serie de negociaciones bilaterales, el Estado soviético conseguiría también ser reconocido por las demás grandes potencias. Desde entonces el país se centraría en su propio desarrollo interior para convertirse en una de las dos superpotencias que, junto a los Estados Unidos, surgiría de la Segunda Guerra Mundial para dar el relevo definitivo a Europa.

Los despojos de los imperios

La emancipación de la colonias

Entretanto, y más allá de los acontecimientos políticos, es posible que la mayor influencia tanto de la Unión Soviética como de los Estados Unidos en el mundo de posguerra fuera de carácter ideológico. Justo en el momento en que Reino Unido y Francia dependían de sus colonias para la reconstrucción de sus economías, los Catorce Puntos de Wilson y el comunismo sirvieron de base ideológica a diversos movimientos de emancipación. En la India, el Congreso Nacional iba a fundamentar, junto a la hambruna provocada por la mala cosecha de 1918 y la personalidad de Gandhi, una huelga general que llevaría a la masacre de Amritsar (379 muertos y unos 1200 heridos) pero que lograría ciertas reformas; en Egipto el Partido Nacional de Zaglul Pachá exigiría la independencia inmediata y, tras largas negociaciones, obtendría el fin del protectorado en 1922; y en Sudáfrica, los diferencias entre ingleses y boers llevaría al partido nacionalista de estos últimos a reivindicar la independencia de Transvaal y Orange en base a los puntos de Wilson. También en Túnez se alegaron los principios de Wilson para obtener la independencia, en esta ocasión los protagonistas fueron el recién fundado partido Destour y el Gobierno francés, aunque ninguna de las parte decidió recurrir a la fuerza, a diferencia de lo que sucedería en Marruecos, donde, durante la guerra del Rif, que sería causa de amargos sinsabores antes de la derrota final de los rifeños, el líder rifeño Abd el Krim llegaría a promulgar una república independiente. Por su parte, las ideas comunistas obtendrían asiento en las colonias holandesas de Indonesia, donde se fundaría el Partido Comunista de las Indias Holandesas, que se afiliaría a la Tercera Internacional; y en China, donde algunos intelectuales se adhirieron también a la ideología comunista como medio de oposición al capitalismo de los países europeos.

LA FRUSTRACIÓN DE JAPÓN

Japón entró en la Primera Guerra Mundial poco después de estallar la misma, cuando Reino Unido solicitó su asistencia contra los corsarios alemanes que operaban en el Pacífico. Pero fue una breve actuación por la que puede decirse que Japón fue uno de los grandes beneficiados en el Tratado de Versalles, ya que conservaría las posiciones conquistadas a los alemanes, lo que sumado al pacto firmado con China en 1915, la convertía en la potencia predominante en Extremo Oriente. Algo que EE UU no podía permitir, así que conseguiría que, en 1921, Gran Bretaña no renovara por otros diez años su alianza con los orientales e impondría la celebración de una conferencia en Washington de la que saldrían tres tratados muy dañinos para los nipones, entre otras cuestiones. Al final, solo le quedaron unos privilegios ampliados en Manchuria meridional, la renovación de su presencia en Port Arthur y la posesión en calidad de mandato de los archipiélagos conquistados a Alemania en el Pacífico, lo que su estamento militar consideró una bofetada y forzó la dimisión del gabinete que había firmado los acuerdos de Washington. En el futuro, sería el germen de otra guerra cruel.

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