Los islamistas ahogan la Primavera Árabe

Varios manifestantes incendian un vehículo frente al Palacio de Dolmabahce, ayer, en Estambul
Varios manifestantes incendian un vehículo frente al Palacio de Dolmabahce, ayer, en Estambul

Siria se enfrenta a una «iraquización» del país; Líbano está en el filo de una guerra civil; en Egipto, la victoria de los islamistas no ha traído sino pesimismo respecto al presente y al futuro; y en Libia, la transición sigue haciéndose a golpe de Kalashnikov.

SIRIA, UN SANGRIENTO Y TEMIDO ROMPECABEZAS

El futuro de Siria pinta cada vez más negro. Con más de 90.000 muertos y un millón y medio de refugiados, la actual situación de guerra civil sólo puede traer una «iraquización» de Siria o una larga y cruenta guerra –como sucedió en los Balcanes–, con las potencias occidentales apoyando a uno y otro bando y permitiendo que el país se desangre.

La comunidad internacional está dando palos de ciego para encontrar una solución al conflicto. Hay que tener en cuenta los factores internos que hacen difícil el apoyo internacional a la oposición siria, aparte de los intereses del bloque Estados Unidos y Europa por un lado, y el de Rusia y China por otro. Tanto la Coalición Nacional Siria –principal órgano político opositor– como el Ejército Libre de Siria son una amalgama de grupos divididos con intereses propios y sin una agenda política común. A ello se añade el cada vez más evidente apoyo de milicias islamistas radicales y grupos yihadistas que están dando legitimidad al discurso del régimen, que atribuye la sublevación a grupos terroristas.Tras dos años y medio de revueltas en Siria que han conducido a una guerra civil, el pueblo kurdo –que hasta ahora había estado sometido al régimen, sin derecho a una identidad–, ha encontrado la oportunidad de conseguir su autonomía. Desde que se retiraron los soldados sirios de los territorios kurdos, el Partido de la Unión Democrática (PYD) ha tomado el control de las oficinas del Gobierno y las instalaciones militares en Afrin (región noroccidental kurda). En un intento de unificar las fuerzas kurdas se crearon los Comités de Defensa Popular, una milicia civil para «proteger» a los kurdos. Este vacío de poder central ha permitido a este pueblo formalizar el kurdo como lengua oficial, que se estudia en las escuelas.

La teoría de una Siria dividida entre comunidades suní, kurda y alauí toma cada día más fuerza. Esto es, precisamente, lo que está ocurriendo hoy en día en la provincia de Homs, en especial la ciudad fronteriza de Qusair, donde se enfrentan rebeldes suníes, apoyados por yihadistas salafistas y las tropas sirias, que cuentan con el respaldo militar de Hizbulá. El régimen está llevando a cabo una limpieza étnica, con el apoyo de su aliado chií de Líbano, para recuperar esta estratégica zona, en manos de los rebeldes, que junto con Tartus y Latakia son históricamente los feudos prorrégimen, y rediseñar el nuevo mapa de una Siria dividida.

La decisión del presidente Bachar al Asad de participar en la conferencia de paz de Ginebra podría verse como una posición de debilidad del sátrapa o como el último gesto desesperado de la comunidad internacional para alcanzar un acuerdo que ponga fin a una de las guerras más sangrientas de este siglo. Está claro que el gesto de Damasco viene por la presión de su aliado Rusia, patrocinador junto con Estados Unidos de esta cumbre de paz.

LÍBANO, LA REVOLUCIÓN DORMIDA

Al ser Líbano un régimen sectario, donde todas las confesiones religiosas tienen representación política y un reparto del poder más o menos equilibrado, no ha sentido la necesidad de rebelarse para exigir un cambio de sistema. Sin embargo, los libaneses han empezado a impacientarse por la inestabilidad política, que, junto con la llegada masiva de refugiados sirios, ha afectado seriamente a la economía y a la seguridad. Los enfrentamientos sectarios entre grupos antisirios y prosirios, que se están extendiendo por el país, podrían desembocar a una guerra civil en Líbano, que ya ha sufrido 25 años de cruenta guerra.

EGIPTO, LOS ISLAMISTAS DECEPCIONAN

Más de dos años después de la revolución, los egipcios son pesimistas respecto al presente y al futuro, y no les faltan motivos: la situación económica es dramática, el Gobierno ya no tiene fondos para subvencionar los bienes básicos, como la harina, y los combustibles escasean. En medio de la inestabilidad política, la seguridad en las calles se ha deteriorado notablemente y el turismo –que era uno de los pilares de la economía egipcia– no acaba de recuperarse desde la revuelta del 2011 y los siguientes estallidos cíclicos de violencia. Por todo ello, según la última encuesta del centro de investigación estadounidense Pew, los egipcios están ahora tan insatisfechos como lo estaban bajo la dictadura de Hosni Mubarak y, cada vez más, añoran aquella época.

Cuando apenas se ha cumplido un año de su elección en las urnas, el presidente islamista Mohamed Mursi está más desacreditado que nunca y, aunque sigue gozando de cierto apoyo popular, la mala gestión del Gobierno está desgastando rápidamente a los Hermanos Musulmanes. Los revolucionarios acaban de crear un nuevo movimiento, llamado «Rebelión», que ya habría recogido más de siete millones de firmas para echar a Mursi del palacio presidencial y convocar nuevos comicios. Éste es probablemente el principal cambio que se ha dado en Egipto: el presidente ya no es intocable ni eterno. Frente a esta explosión, las autoridades siguen persiguiendo a periodistas y opositores, con las mismas leyes que elaboró el dictador, y en estos meses han aumentado los juicios por «insultar al presidente». Desde su llegada al poder, los Hermanos Musulmanes y sus socios más radicales –los salafistas– han buscado imponer una visión más religiosa y tradicional, a golpe de ley y por la fuerza en ocasiones, pero los egipcios siguen rebelándose y exigiendo una vida digna, que los islamistas les prometieron durante la campaña electoral y no han sabido ofrecerles aún.

LIBIA, UN ESTADO DÉBIL Y EN CONSTRUCCIÓN

La revolución libia, que degeneró rápidamente en una cruenta guerra, terminó hace más de un año y medio, pero la transición en el país sigue haciéndose a golpe de Kalashnikov. Los rebeldes que tomaron las armas para derrocar al coronel Gadafi no quieren someterse a las nuevas autoridades democráticas y todavía temen que éstas puedan «robarles» una libertad que costó muchas vidas y sacrificios.

El control y el desarme de las milicias armadas y su integración en las nuevas Fuerzas de Seguridad es el principal reto del Gobierno de Trípoli, que tiene muy poca fuerza y escasa influencia sobre el vasto territorio, más allá de las principales ciudades de la costa mediterránea.

Desde el final del conflicto en octubre de 2011, cada vez que la transición ha tomado un rumbo que no ha gustado a los ex rebeldes, éstos no han dudado en usar la fuerza para imponer su voluntad. En mayo, batallones de combatientes asediaron los principales ministerios en la capital, exigiendo la marcha de los altos cargos relacionados con la dictadura de Gadafi, incluido el primer ministro, Ali Zeidan. Estos grupos armados responden a intereses particulares, ideológicos, tribales y territoriales, en una lucha de poder compleja y encarnizada, que los ciudadanos libios ya han rechazado en numerosas ocasiones, defendiendo una naciente democracia que empezó a andar con las primeras elecciones de julio de 2012. A partir de entonces, Libia se dotó de un Parlamento, que a su vez eligió un Gobierno, y que redactará la nueva Constitución, pero aún no hay unas instituciones fuertes que satisfagan las necesidades cotidianas, como la Sanidad, la Educación o la Seguridad.

Por otra parte, la corrupción sigue siendo un mal endémico en un país muy rico en petróleo, que sueña con ser el nuevo Dubái del norte de África, pero sólo podrá serlo cuando haya estabilidad política y los recursos sean invertidos en el desarrollo del país y gestionados por el Gobierno de forma eficiente. La reconciliación nacional es otra tarea que tienen por delante todos los libios, ya que aún quedan muchas heridas abiertas después de la guerra civil, de la que el país se ha recuperado de forma sorprendentemente rápida, pero su recuerdo permanece en las mentes y en los cuerpos de miles de personas que aún necesitan de rehabilitación física y psicológica.

EL LAICISMO NO SE RINDE EN EL MAGREB

En Túnez, los islamistas pretenden ampliar sus cuotas de poder en un momento convulso en el que los trabajos para redactar la nueva Constitución reciben presiones de todos los sectores políticos, económicos y religiosos. La nueva Carta Magna puede marcar tendencia en la región, sobre todo en lo referente al tratamiento y el peso religioso. Hay una elevada preocupación porque unos 3.500 jóvenes tunecinos combaten en Siria en las filas de grupos yihadistas. El primero en estar alarmado es el Gobierno islamista de Enahda, consciente del peligro que representan los grupos más radicales que amenazan con combatir un Ejecutivo laico si ganara en las próximas elecciones.

Marruecos vive una interesante cohabitación después de las últimas elecciones celebradas tras las reformas políticas asumidas por el rey Mohamed VI con un primer ministro de corte islámico moderado, Abdelilah Benkirán, y el partido nacionalista Istiqlal, que ha realizado la maniobra política de amenazar con retirarse del Gobierno para ganar más peso. Entre tanto, la economía ha tenido que afrontar algunos retoques presupuestarios para evitar desajustes importantes en su crecimiento económico. Además, Marruecos ofrece notables oportunidades a las inversiones extranjeras.

La economía también goza de una salud razonable en Argelia, aunque tiene una excesiva dependencia del gas y del petróleo. La modernización emprendida por el presidente Abdelaziz Buteflika afronta ahora el desafío de su sucesión. El presidente argelino se encuentra hospitalizado en París tras sufrir un problema isquémico y, aunque el primer ministro, Abdelmalek Sellal, aseguró que se reponía de su enfermedad, su estado de salud se ha convertido en un secreto que ha provocado incluso el secuestro de dos periódicos argelinos que pretendían publicar que estaba en coma. La lucha por la sucesión se ha recrudecido porque los actores políticos argelinos consideran casi imposible la continuidad política de Buteflika, que aspiraba a la reelección en 2014.