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Mohamed Erdogan: «Mi mujer y yo nos cambiamos el apellido. Yo a Erdogan y ella a Sumaye (la hija del presidente)»

Tiempo de lectura 4 min.

24 de junio de 2018. 03:06h

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Ethel Bonet.  24/6/2018

El sirio Mohamed Erdogan representa el sueño turco. A sus 47 años, este brillante empresario de Hama, naturalizado turco, podría convertirse en el primer refugiado en el Parlamento de Turquía.

Antes de obtener la nacionalidad hace siete años se apellidaba Sheikhoni. “Mi mujer y yo nos cambiamos el apellido. Yo a Erdogan y ella a Sumaye (la hija del presidente turco)”, explica por teléfono a LA RAZÓN, el candidato del Partido Justicia y Desarrollo (AKP) desde Bursa, al sur de Estambul, y antigua capital del imperio Otomano.

“Decidí presentarme a las elecciones porque así me lo pidió Erdogan, yo quiero servirle. Para mi él es el mejor político que ha habido y habrá en Turquía. Erdogan es el único que ayuda a los sirios”, señala vehemente.

Pero la carrera de éxito de este refugiado es meramente anecdótico. Turquía acoge a más de 4,5 millones de migrantes, de los que 3,7 son refugiados sirios y el resto migrantes indocumentados o solicitantes de asilo de Afganistán, Pakistán, Bangladesh, y países africanos. Como miembro no signatario de la Convención de Ginebra, que no reconoce el estatuto de refugiado, Turquía se ha convertido en una sala de espera permanente para los millones de migrantes y refugiados que aspiran a ser readmitidos en un tercer país. La interminable espera hace que muchos acaben tomando el camino más rápido y optan por jugarse la vida a bordo de una lancha para llegar a las costas griegas o deciden salir adelante con un trabajo mal remunerado en Turquía.

Todo esto, unido a la crisis económica, que desde hace años está hundiendo a la lira turca, convierte el país eurasiático en el paraíso de las mafias de tráfico de personas.

Desde el comienzo de la crisis siria en 2011, el gobierno turco “ha invertido 21.000 millones de Euros de su propio presupuesto en los refugiados, estableciendo un total de 21 campos de refugiados, para unos 230.000 sirios”, asegura Mehmet Halis Bilden, director de la Agencia de Gestión de Desastres y Emergencias de Turquía (AFAD).

Ahora, Turquía espera que su generosidad se vea recompensada. Erdogan se queja de que no ha recibido los fondos prometidos por la Unión Europea para frenar la migración a Europa.

De los seis mil millones de Euros todavía no se ha completado el primer pago de 3000 millones y la otra mitad está congelada, a la espera de que los 28 den el visto bueno.

La UE tampoco ha liberado los tan esperados visados para los ciudadanos turcos, por las medidas represivas que Ankara emprendió contra sus opositores tras la intentona golpista de julio de 2016.

“Erdogan juega a dos bandas con los refugiados. Por un lado, los enmarca como hermanos y hermanas musulmanes, con la esperanza de frenar la reacción xenófoba y aumentar los sentimientos de solidaridad religiosa. Por otro lado, utiliza a los sirios como moneda de cambio en las relaciones con la Unión Europea”, señala a LA RAZÓN Aykan Erdemir, ex parlamentario turco y miembro de la Fundación para las Democracias.

La mayoría de los sirios han optado por vivir fuera de los campamentos y aunque cada refugiado recibe una ayuda mensual de 200 euros de la ONU para sus gastos, no es suficiente para mantener a una familia por lo que trabajan ilegalmente. “Al carecer de un estatus legal están atrapados en el mercado laboral informal y enfrentan explotación política, económica y sexual”, advierte Erdemir.

Aunque las autoridades turcas están haciendo el esfuerzo de ingresar en las escuelas públicas a los niños sirios, más de la mitad del cerca del millón y medio de menores refugiados aún no están escolarizados. No obstante, son datos positivos, según UNICEF, ya que en 2017 un total de 610.000 niños y jóvenes recibieron educación frente a los 108.000 que estudiaban hace cuatro años.

El proyecto de Erdogan de “una nación grande y fuerte” se ha visto sacudido por el descenso de tasa de natalidad que alcanza el 2,01 hijos por mujer, la cifra más baja desde la Primera Guerra Mundial. Según Erdemir, “Turquía se está convirtiendo en un país que envejece, por lo que podría beneficiarse positivamente de la recepción de inmigrantes, implementando políticas integrales dirigidas a atraer migrantes calificados, pero al mismo tiempo debería atender las necesidades humanitarias de los solicitantes de asilo y sus derechos”.

En plena campaña, Erdogan anunció su intención de dar la nacionalidad a 300.000 sirios y a otros migrantes. “Me temo que este acuerdo será solo para unos pocos afortunados con recursos, mientras que la mayoría de los solicitantes de asilo terminará siendo la clase marginada”, lamenta el analista turco.

Ankara permitió la apertura de negocios a los sirios, pero los pequeños empresarios turcos se quejan de que no pueden competir con el creciente número de comercios no registrados como restaurantes, cafés, panaderías y vendedores ambulantes sirios. El sentimiento de que los refugiados viven mejor que los turcos porque no pagan tasas o tienen mayores ayudas sociales se está extendiendo peligrosamente y la oposición, especialmente los nacionalistas, utiliza este malestar para azuzar sentimientos xenófobos.

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