Política

Newtown, una pesadilla sin respuestas

Una mujer observa una valla con los nombres de los niños asesinados
Una mujer observa una valla con los nombres de los niños asesinados

Le falta el abrigo, aunque a juzgar por sus ojos parece que le da igual pasar frío y calor. En cambio, su hijo –un niño de poco más de dos años– va bien equipado contra el frío. Lleva botas, gorro, bufanda, guantes y abrigo. Esta mañana el termómetro marca un grado bajo cero en la cafetería de Sandy Hook, la misma que el pasado año se convirtió en una de las bases de operaciones de miles de periodistas enviados a este pequeño pueblo en el estado de Connecticut para dar cuenta de la segunda masacre más sangrienta de Estados Unidos.

Con la cara desencajada, este vecino de Newtown –de 28.000 habitantes– busca asiento en la cafetería para él y su hijo. «Prefiero no hablar de este tema», responde cuando le preguntamos por el primer aniversario de la tragedia. «Quizá sea mejor que se vaya», aconseja un hombre que desayuna con tres amigos. «Su hijo fue una de las víctimas», aclara.

Antes de marcharnos, el jefe de la cafetería se presenta en el establecimiento para hacer inventario. Mientras repasa las botellas de refrescos y zumos que faltan, uno de los empleados le pregunta: «¿Podemos hablar con unos periodistas? Es sólo Prensa extranjera». Pero su jefe le responde amablemente: «No, es mejor que no».

Sólo Allison Payne parece animada a caminar por las calles de Newtown tras una fuerte nevada. Hace frío y ni siquiera circulan coches. Los pocos que pasan por este pequeño y tranquilo pueblo pitan cuando ven a unos periodistas de televisión que graban una casa en la que se ve un corazón en la puerta con los nombres de los 20 niños asesinados en su colegio por el joven Adam Lanza el 14 de diciembre de 2012. Las víctimas tenían entre 6 y 7 años.

«Es mejor que no venga ningún periodista hoy. Hemos acordado entre los vecinos no hablar con nadie de la Prensa. La gente tiene estrés postraumático. Creo que ver un periodista les recuerda la tragedia. ¡Vinieron tantos! Es como con los cines de Colorado, la gente que estuvo allí ya no puede oler las palomitas. Ese olor les recuerda al tiroteo», dice en referencia a la matanza en un cine de Aurora (Colorado), en la que murieron 12 personas tras los disparos de un joven en 2012.

A pocos metros de allí, en la iglesia metodista de Newtown, se han colocado dos carteles que prohíben la entrada a los reporteros: «Periodistas No». El año pasado, cientos de cámaras de televisión camparon en los jardines de esta iglesia a la espera de los vecinos tras los servicios religiosos en memoria de los 20 niños y seis adultos que murieron asesinados por Adam Lanza.

Este joven de 20 años mató a la directora y la psicóloga del centro, y posteriormente entró en dos clases de primer curso y asesinó a dos maestras, dos ayudantes y a los 20 colegiales. Previamente, había logrado acabar con la vida de su madre, Nancy, en la casa en la que ambos vivían. Tras realizar 150 disparos en apenas cinco minutos con un fusil de asalto semiautomático, Lanza se suicidó cuando llegó la Policía.

La masacre abrió otro encendido debate en el país sobre la conveniencia de limitar el uso de las armas. Payne reconoce que «lo único que se ha conseguido ha sido extremar las posturas de los que están a favor y en contra de las armas».

Este año las cadenas de televisión no retransmitirán ninguna ceremonia en memoria de las víctimas. La CNN ha anunciado que no instalará sus cámaras en Newtown. Los medios de comunicación en Estados Unidos han decido abordar el aniversario de una forma comedida después de las críticas de la cobertura del año pasado. Estos días hay unas vallas que prohíben el paso al camino que lleva al centro escolar. Al fondo, un coche de Policía disuade a los curiosos y, sobre todo, a los periodistas que intentan acercarse.

El director de la Escuela de Medios y Asuntos Públicos de la Universidad George Washington, Frank Sesno, explica que «los periodistas deben respetar los deseos de las familias y del pueblo para que se queden al margen durante el aniversario. La cobertura de una tragedia es siempre difícil. Hay que cubrir lo que ocurre, pero también debemos saber cómo tratar a los seres humanos frágiles», apunta.

En un principio, no está previsto que el presidente Obama acuda hoy a Newtown. Muchos familiares han anunciado que saldrán del pueblo este fin de semana. Algunos, incluso, lo abandonaron después de lo sucedido.

Obama ya acudió a visitarles el año pasado y les prometió un endurecimiento de la ley para evitar tragedias provocadas por armas de fuego. Incluso creó un comité –encabezado por el vicepresidente Joe Biden–, que convocó a diferentes empresarios del sector, supermercados donde se venden rifles, la industria del cine y los videojuegos. Pero no ocurrió nada. Fueron los congresistas demócratas los que se negaron a poner en peligro sus asientos en el Congreso con una ley que estrechase el cerco a una de las industrias más poderosas del país. El año que viene se celebrarán las reñidas elecciones de mitad de legislatura, en las que se renueva un tercio del Senado y la Cámara de Representantes al completo. Ninguno quiere correr el más mínimo riesgo que le pueda hacer perder votantes en los estados del oeste. Atrás queda el sentir popular sobre la necesidad de endurecer las leyes de armas en Estados Unidos. Fracasó la ley federal en el Congreso para aumentar los controles en la adquisición de las mismas armas. Y de las 109 leyes que se aprobaron en los estados, sólo en 39 aumentaron las restricciones, pero en las otras 70 se suavizaron los requisitos. Apenas media docena de estados, todos bastiones demócratas, aprobaron leyes nuevas sobre el control de armas.

En cambio, Alan Gottlieb, fundador del grupo Segunda Enmienda, una organización a favor de las armas, reconoce que «hemos perdido terreno en estados azules (con el color que se identifica a los demócratas), pero hemos ganado en los rojos (color con el que se identifica a los republicanos)».

Pocos se atreven con el «lobby» de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), a pesar de que la ley que se planteó ni siquiera cuestionaba la Segunda Enmienda de la Constitución con el derecho a portar armas en Estados Unidos. Fue incluso imposible aumentar el control en la compra de armas para evitar que personas con problemas mentales, como Adam Lanza, tengan acceso a este tipo de armamento, más propio de un campo de batalla. Un año después, la enorme herida sigue abierta en Newtown. El pasado 26 de noviembre, la fiscalía del distrito presentó el informe sobre el tiroteo, en el que se reconoce que probablemente jamás se conocerán los motivos del autor. Según la investigación, de 48 páginas, Adam Lanza padecía síndrome de Asperger, una variante del autismo que le ocasionaba muchos problemas de interacción social, agravados en los últimos meses, en los que sólo se comunicaba con su madre por correo electrónico aunque vivían en la misma casa.

Para borrar la imagen del horror, la escuela fue demolida, y la Newtown Action Alliance –creada tras el tiroteo– ha organizado viajes cada tres meses a Washington para solicitar medidas de control de armas.