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Norte de África: convulsiones profundas

Los movimientos sociales en los países del Magreb se están volviendo más importantes y, en consecuencia, están ejerciendo una presión creciente sobre los distintos gobiernos. Sin embargo, sus movimientos son diferentes en cada país, lo que provoca que las situaciones no sean comparables.

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En Túnez, a pesar de los verdaderos avances democráticos, como las elecciones libres, y la participación de un gran número de candidatos presidenciales, no se han podido disipar los movimientos regresivos, islamistas en su mayoría, así como los vinculados al régimen del ex dictador tunecino Ben Ali.

En este sentido, las últimas elecciones legislativas pusieron al partido islamista Ennahda a la vanguardia, que, por lo tanto, debería constituir el Gobierno y tomar la cabeza del parlamento de acuerdo con la constitución tunecina. Los islamistas, gracias a sus raíces locales, son hoy un jugador clave.

Además, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se ha impuesto un profesor populista que dice ser independiente, pero que apoya en gran medida las teorías islamistas más radicales. Por lo tanto, dijo que estaba en contra del continuismo, pero votó por el último parlamento tunecino y aseguró que luchar en todos los niveles contra el sionismo es una prioridad. Su oponente, por su parte, acaba de salir de prisión por blanqueo de capitales. Según los primeros resultados, el ganador es Kais Said, un profesor de Derecho, que consiguió el 18,4% del voto en la primera vuelta y más del 70% –según sondeos– presentándose como un independiente en contra de la corrupción.

La constitución tunecina promulga un régimen parlamentario que deja poco poder al presidente. Los resultados presagian una coalición muy heterogénea, liderada por los islamistas. Tal Gobierno probablemente no podrá responder a la impaciencia popular con desafíos socioeconómicos. Sabemos que es un caldo de cultivo para los radicales.

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A pesar de la feroz represión, el régimen del ex presidente Ben Ali no ha desarraigado a los islamistas debido, precisamente, a las desigualdades sociales. El futuro de Túnez no es precisamente el de la estabilidad democrática, en ausencia de instituciones fuertes y presiones sociales.

En Argelia, el Ejército está frente al pueblo. Así, en este país, la situación es fundamentalmente diferente. De esta manera, desde la independencia, es el Ejército de resistencia el que domina el sistema político. En 1991 hubo una apertura democrática, pero para sorpresa de todos fueron los islamistas del FIS quienes ganaron. El Ejército detuvo el proceso democrático, seguido de diez años de guerra civil y cientos de miles de muertes.

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Tras ello, el sistema se cerró sobre sí mismo y no permitió la menor respiración democrática.

La cuestión de la renovación del mandato puso a los argelinos en la calle. El Ejército es la única institución en el país que funciona. Pero afronta reclamos antisistema.

Los islamistas no están a la vanguardia de «Hirak» (un término que califica las protestas), pero todavía están bien establecidos y podrían resurgir al final del proceso, como lo hicieron los Hermanos Musulmanes en Egipto después de la eliminación de Mubarak.

El conflicto actual parece difícil, porque la ausencia de una apertura democrática hace que el Ejército no tenga ningún interlocutor. También en este país los problemas sociales son importantes, la gestión ha sido catastrófica a pesar de la renta del petróleo. El resultado político solo puede ser efectivo si cumple con las expectativas del pueblo.

En Marruecos, se está comenzando a responder a las convulsiones sociales. Después del movimiento Rif que duró varios meses, el rey Mohamed VI despidió a algunos de los ministros más importantes porque habían retrasado los proyectos en la región. Desde que el rey pidió por primera vez un nuevo modelo de desarrollo y se anunció la creación de una comisión «ad hoc» para pensarlo, los partidos políticos no han hecho ninguna propuesta.

El verano pasado las cosas se aceleraron. El rey pidió un Gobierno austero y con capacidad para buscar más eficiencia.

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El nuevo Gabinete está compuesto por solo 23 miembros en lugar de 38.

En su discurso ante el parlamento, Mohammed VI señaló la responsabilidad de todos los miembros. El parlamento es responsable de la calidad de las leyes y el control de la acción del Gobierno, el sector privado y especialmente los bancos que deben participar en el esfuerzo nacional para combatir la precariedad social y juvenil.

Esta es la complejidad de las instituciones marroquíes. La monarquía, su existencia, su fuerza, hicieron posible integrar a los islamistas en el juego político e incluso dirigir el Ejecutivo, pero sin olvidar la existencia de otras fuerzas sin ninguna hegemonía. Es el papel de la monarquía ejecutiva, lo que ha permitido normalizar el PJD e integrarlo en la ecuación política.

Pero la constitución marroquí también consagra a otras instituciones, con poderes completamente independientes. Por lo tanto, depende de éstas estar en sintonía con el parlamento, desempeñando su papel de manera complementaria para que la regeneración sea completa. El rey ha cumplido su parte de responsabilidad constitucional; ¿harán lo mismo los otros actores de la sociedad?

Porque en Marruecos, como con sus vecinos, las desigualdades económicas, regionales, han seguido ampliándose. La baja tasa de crecimiento no ha ayudado a reducir el desempleo juvenil. Estas distorsiones solo pueden ser fuente de convulsiones y esto es lo que la institución monárquica quiere evitar.

Estas son situaciones muy diferentes, porque cada país tiene su propia historia, y lo que provoca que las instituciones se hayan desarrollado de manera distinta. Sin embargo, los problemas sociales son casi idénticos. Es por eso que la cuestión del apoyo masivo para el desarrollo de esta región por parte de Occidente es una emergencia. De la estabilidad del sur del Mediterráneo depende la del norte.